30 Sep 2020 - 8:11 p. m.

Juventud y política en Colombia

Las recientes masacres de jóvenes en el país permiten reflexionar sobre la famosa teoría de las generaciones que creó el filósofo español José Ortega y Gasset a comienzos del siglo pasado. En este artículo, exploramos algunas de sus ideas en el complicado contexto ideológico y político colombiano.

Damián Pachón Soto

En su libro El tema de nuestro tiempo de 1923, Ortega señaló que la “generación” era el “concepto más importante de la historia”, de tal manera que, si en el marxismo el proletariado era el sujeto histórico, en la filosofía vital de Ortega la generación era el motor del cambio social. En este texto expuso, igualmente, la idea según la cual cada generación está atravesada por dos dimensiones: “una de las cuales consiste en recibir lo vivido- ideas, valoraciones, instituciones…; la otra, dejar fluir su propia espontaneidad”. Es decir, cada generación es una lucha entre el pasado, con su peso muerto pero condicionante, y el movimiento o devenir que se desliza sobre el presente hacia un porvenir distinto.

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Pues bien, ya en su libro En torno a Galileo, producto de unas conferencias dictadas en 1933, volvió sobre el tema. Allí la generación se refiere a personas coetáneas, que tienen más o menos una misma edad, pero, ante todo, que tienen un contacto vital. La edad es, en realidad, una franja de edad, no es algo aritmético, sino un determinado tono vital, un modo de vida, un estilo, una sensibilidad especial y determinada ante el mundo. Ahora, cada generación consta de 15 años. Por eso, en el “hoy”, en un determinado tiempo presente, “coexisten articuladas varias generaciones”, en conflicto, en polémica, pero, lo que es más problemático, se solapan, se empalman, unas con otras. Las generaciones tienen entre sí, pues, un conflicto y una interpretación determinada de la vida, de las circunstancias. Y con todo, son minorías selectas entre ellas, las que crean nuevas ideas, y jalonan a las mayorías mostrencas, no cualificadas, hacia mundos nuevos, pues “el hombre es un fabricante nato de universos”.

Más allá de las críticas que ha suscitado este modelo, especialmente por su operatividad para la investigación histórica, me interesa resaltar dos cosas. La primera, la valoración que Ortega hace de los jóvenes en este texto; la segunda, la lectura que realiza sobre las personas maduras, quienes se encuentran entre los treinta y los sesenta años. Veamos.

Ortega piensa que la juventud tiene poca incidencia histórica; que esta etapa es propiamente la del egoísmo, pues el hombre joven “vive para sí. No crea cosas, no se preocupa de lo colectivo”. Y si lo hace, lo hace más bien con miras a llamar la atención. Su heroísmo no es auténtico, pues “le falta aún la necesidad sustancial de entregarse a la obra, de dedicarse, de poner su vida en serio y hasta la raíz a algo trascendente de él, aunque sea sólo a la humilde obra de sostener con la de uno la vida de una familia”. En cuanto al segundo aspecto, el pensador español pensaba que “la realidad histórica está, pues, en cada momento constituida por la vida de los hombres entre treinta y sesenta años”. Esto es así, entonces, porque ni los niños, ni los jóvenes, ni los ancianos (mayores de sesenta) aportan nada a los cambios históricos. De suerte que, si se desea estudiar una época, habrá que centrarse en el intervalo de la madurez, el cual está constituido, a su vez, por dos generaciones: la que va entre los treinta y los cuarenta y cinco años; y la que está entre los cuarenta y cinco y los sesenta años. Ahí está la clave para el análisis de una determinada dinámica histórica.

Al respecto sostiene en En torno a Galileo: “de treinta a cuarenta y cinco años corre la etapa en que normalmente un hombre encuentra todas sus nuevas ideas; por lo menos las matrices de su original ideología. Después de los cuarenta y cinco años viene sólo el desarrollo pleno de las inspiraciones habidas entre los treinta y los cuarenta y cinco […] Lo propio acontece en política: de los treinta a los cuarenta y cinco, el hombre combate en pro de ciertos ideales públicos, nuevas leyes, nuevas instituciones. Y luchan contra los que están en el poder, que suelen ser individuos de cuarenta y cinco a sesenta años”.

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Esta lectura es, desde luego, anacrónica y conservadora. En el caso de los jóvenes, Ortega pasó por alto el movimiento de Córdoba, en Argentina, en 1918, inspirado por el libro Ariel de José Enrique Rodó, el cual hace parte de las luchas a favor de la modernización y democratización de la universidad, y que ha alimentado otras semejantes en el siglo XX en América Latina. También leyó de reojo el movimiento estudiantil de la Federación Universitaria Española (FUE) de su época, que tanto defendió la república, y en la cual participaron parte de sus alumnos, entre ellos, María Zambrano, que con la juventud de su época se veían como obreros del tiempo a favor de una España nueva, que dejara atrás la vieja monarquía. Esa generación fue, en parte, acribillada por el fascismo que se apoderó de España hasta 1975, con la muerte de Francisco Franco. Por otra parte, Ortega no pudo conocer- pues murió en 1955- la efervescencia juvenil de mayo de 1968 que, deslindándose de las prácticas políticas hegemónicas obreras y partidarias, abanderó un movimiento hito en la historia del siglo XX y que sigue inspirando a la juventud de hoy. Hay que recordar, como dice Eric Hobsbawn en su libro Historia del siglo XX, que fue en los años sesenta, con la revolución cultural, donde emerge la juventud como sujeto político activo en el espacio social.

Por otro lado, es claro que los adelantos técnicos, el avance de la medicina, ciertas políticas públicas y sociales, etc., han cambiado el rol pasivo que Ortega asignaba a los ancianos, y no todos ellos pueden considerarse meros sobrevivientes en la historia. Hoy, con las políticas para el adulto mayor, que buscan una vejez activa, gran parte de esta población desempeña roles sociales importantes, si bien hay una tendencia social a aislar cada vez más a los abuelos, a enviarlos a ancianatos a padecer lo que Norbert Elías ha llamado “la soledad de los moribundos”. En esos sitios ven hundir los últimos crepúsculos de la vida.

Sin embargo, y pese a las aclaraciones hechas, la pregunta de Ortega por el papel de las generaciones en el cambio social, en el devenir histórico, permanece vigente. Mirada la realidad colombiana, es claro, con Ortega, que parece haber una tensión de fondo, un conflicto que corresponde a la lucha y a las superposiciones de las generaciones y sus respectivas interpretaciones del mundo y de la vida. La generación mayor de cincuenta años que padeció el auge de las guerrillas, los convulsos y anómicos años ochenta, los mismos que vivieron las pescas milagrosas y las tomas guerrilleras de las FARC-EP, los desplazamientos, los secuestros, las extorsiones, etc., está menos dispuesta a pasar la página del conflicto y lo que una negociación de paz implica (indultos, amnistías, excarcelaciones, participación en política de los desmovilizados). Como es bien sabido, muchas de las víctimas de las guerrillas fueron las que votaron por lo que Jorge Orlando Melo llama “la reacción uribista” en el año 2002, y fueron más proclives a legitimar ideológicamente al paramilitarismo, según un estudio del politólogo Edwin Cruz (Discurso y legitimación del paramilitarismo en Colombia: tras las huellas del proyecto hegemónico). En la actualidad, como mostró la revista Semana -con base en un estudio del Centro Nacional de Consultoría -en su artículo ¿Quiénes son los duquistas?, los mismos que apoyan a Duque son los mismos que apoyan al expresidente Álvaro Uribe. Entre ellos, el 66% de las personas sobrepasan los 56 años, es decir, son personas maduras…en la terminología de Ortega, ya casi ancianos.

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Si bien las personas hoy son más activas que lo que suponía Ortega, esa mayor actividad no implica per se un cambio ideológico, una mayor apertura a nuevas ideas o una actitud más resiliente ante sus heridas. Es posible que, como sostenía el pensador español, quienes se mantienen en esa franja de edad, se instalen en un mundo construido, y sean menos propensos, por ende, a los cambios. Como ha dicho Norberto Bobbio en su libro De Senectute (que recuerda el libro homónimo de Ciceron): “[En la vejez] las ideas salen más lentamente de la cabeza. Y las que salen siempre son las mismas… resulta cada vez más difícil introducir hechos e ideas nuevas”. Por eso, esta generación defiende el mundo vigente, y al tener el futuro casi clausurado, se aferra al pasado, y lo hace porque es el único mundo que conoce, el cual una nueva generación más dinámica, enérgica, lucha por cambiar; generación que irrumpe porque tiene otra sensibilidad histórica. Esa nueva generación en Colombia son los jóvenes, conjunto de personas que nacieron después de los años noventa, y que, por lo mismo, no padecieron tanto el rigor de la violencia guerrillera, y fueron más sensibles frente a la barbarie paramilitar que les apareció más cercana. Esta generación, de hecho, vio desvanecer, gracias al Acuerdo de Santa fe de Ralito (2003), el paramilitarismo (si bien con la sospecha de que muchos paramilitares luego se agruparon en las llamadas Bacrim), y vivieron el complejo, pero esperanzador proceso de negociación del acuerdo de la Habana entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC-EP, con la correlativa disminución de la intensidad del conflicto entre los años 2012-2018. Sin duda, en los años en que se adelantó el proceso, se respiró otro aire en Colombia, disminuyeron las víctimas del conflicto, los soldados heridos en combate, etc., …por lo menos así lo percibió parte de la población.

Este análisis, que sin duda no dejará contento a todo el mundo, ilustra la tensión que se vive en el país entre diversos sectores y diversas narrativas: son los conflictos latentes que, según Ortega, subyacen a la coexistencia de las generaciones. Desde mi perspectiva, hay un pasado que se niega a morir, como si los muertos no dejaran vivir a los vivos, y hay lo que Ortega llamaba una “nueva sensibilidad histórica”, a su pesar, en los jóvenes. Esta nueva sensibilidad está más a la altura de los tiempos. Es la generación que mejor comprende el feminismo, las demandas de la comunidad LGTBI, que entiende problemas como la violencia de género, más cercana a un ambientalismo radical, sensible a la desigualdad social, crítica de los privilegios, de la corrupción, que apoya los movimientos populares contra-sistema. Es una generación que se opone a la guerra, al militarismo, al abuso policial. Es una generación que entiende mejor que la generación vetusta el problema que representan las herencias coloniales como el racismo y el clasismo… es la generación que ha venido observando la paulatina erosión de la democracia y el aumento del fascismo en los distintos sistemas políticos, y que por esa misma razón está menos dispuesta a renunciar a sus libertades. Es una generación menos corroída por el odio y el resentimiento. Eso es lo que no entiende la generación mayor que apoya una política del pasado. Por último, la generación de los jóvenes es, y hay que decirlo, tal vez la generación que termine siendo víctima de la historia sacrificial que se empeña en desangrar a sus hijos, antes que permitir el advenimiento de una nueva aurora para sus nietos.

En Colombia coexisten actualmente -para decirlo con Ortega- “épocas de senectud y épocas de juventud”. Será el antagonismo social y la disputa por el sentido político de lo público, en ciertos márgenes de canalización, recreación y renegociación de los desacuerdos, lo que nos permita dejar atrás el mecanismo de la violencia y lo que la pensadora española María Zambrano llamaba “la historia sacrificial”.

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