“I am in a world of shit, yes. But I am alive. And I’m not afraid”, Private Joker, Full Metal Jacket.
El soldado Peñate, que acababa de jurar bandera hacía apenas un par de meses, recibió el peso muerto del sargento sobre su tórax, también agujereado hace tan solo algunos minutos por las esquirlas de una granada. Peñate suspiró hondo, en medio de un gorgoteo de sangre, y se resignó a morir. Horas más tarde, con la calma pasmosa de siempre, Altamar, veterano fotógrafo de El Tribuno, levantó ladrillos y pedazos de concreto hasta descubrir completamente los dos cuerpos, mucho antes de que apareciera la Defensa Civil con su algarabía anaranjada.
Su ojo de águila le había advertido que algo brillante refulgía bajo los escombros de la que había sido la única estación de policía de Tiquisio, en el sur de Bolívar, luego de un nuevo ataque de la guerrilla. Y no se equivocaba, era un diente de oro del sargento Cuadrado, que yacía, con la boca muy abierta, recostado sobre el soldado. Este último, quizá a causa del dolor, se había arqueado de forma que parecía abrazar o haber querido proteger a su superior en el umbral de la muerte.
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Los dos, con las caras entre ensangrentadas y cubiertas de polvo y yeso, parecían un par de masacrados y tropicales muñecos kabuki. Altamar llevaba la guayabera verde empapada de sudor y hasta su eterno sombrero de pescador también mostraba gruesas amebas de transpiración. Hacía, al menos, 40 grados a la sombra, y había caminado una media hora desde donde lo esperaba la lancha de la Infantería de Marina.
Era imperativo sacarle jugo a esa travesía por los entresijos heridos de la patria, y esta escena de dos uniformados representando una suerte de perversa Pietá mancillada por la guerra, bien podría justificar toda la faena. Retrocedió un par de metros y les disparó varias ráfagas de fotografías con su vieja Nikon. No obstante, no estaba satisfecho. Algo andaba mal. Si habría de ser esta la instantánea que le diera, al fin, la portada del periódico y un premio Rey de España, tendría que trabajarla mucho más.
Claro, se le ocurrió, ¡había descubierto demasiado los cadáveres! Necesitaba enmarcarlos de nuevo en la paleta original de colores de la violencia colombiana: ocres, amarillos, marrones, granates barbarie, verdes oliva, verdes pálidos… Así que, con la misma calma, se agachó y comenzó a lanzar de vuelta, sobre los dos cuerpos, pedazos de concreto, ladrillos partidos, palos y todo lo que tuvo a mano. Hasta que con uno de ellos le acertó en la frente al soldado, abriéndole una herida, de la que comenzó a brotar un grueso hilo de sangre.
Perfecto. Mucho mejor con sangre fresca, pensó el viejo zorro de la reportería gráfica. Otra andanada de clicks. Altamar estaba en su elemento. Cuando terminó, repasó mentalmente los ángulos y encuadres que acababa de usar y sonrió satisfecho. Era hora de salir de la ratonera aquella y buscar la taberna del pueblo, para procurarse una cerveza bien fría. Cuando comenzaba a hacer equilibrios por entre los escombros, de vuelta a la calma chicha e infernal del caserío aquel, un gemido y una tos apagada lo detuvieron en seco.
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Por instinto, se giró con la cámara lista para disparar. Desde el suelo, el soldado Peñate lo observaba con una rara mezcla de ternura y perplejidad, de pronto imaginándolo un ángel de la guarda obeso y sudoroso. Altamar, sin perder un solo segundo, accionó el percutor de su Nikon una vez más.