El concepto de larva alude a un cuerpo en desarrollo, incompleto podría decirse. ¿Cómo se asemeja esta idea a los cuentos de este libro?
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Esta idea del desarrollo, de algo que está en potencia, estuvo desde el principio. Pero sobre todo me gustaba mucho pensar en la larva como algo que puede estar por debajo de las cosas. Oculta de la vista general. Imaginaba algo que vivía dentro de otro cuerpo. Desde una larva dentro de un árbol, creciendo y alimentándose de esa madera y de esa savia, hasta una larva en el cuerpo de un animal o incluso de un ser humano. Me parecía que esa imagen representaba muy bien mi forma de ver el libro y el corazón de esos cuentos. La de algo que está por debajo y que importa mucho, aunque tal vez nunca lo veamos.
Es similar a lo que decía Ricardo Piglia: un buen cuento siempre tiene dos historias, y una de ellas normalmente está oculta. Eso se ve sobre todo en “Mi piojito lindo”. ¿Cómo escribió ese cuento?
Ese cuento tiene a un narrador que no sabe toda la historia, entonces cuenta lo que sabe, y lo que no sabe lo inventa o a veces simplemente lo omite. Por eso es un cuento que está lleno de huecos, pero que tienen a su alrededor algún material que el lector podría usar para llenarlos. Desde el principio hay un misterio que tiene que ver con unas luces, el padre, la Virgen y una promesa. Ese misterio atraviesa todo el cuento y hace que la historia avance. Sin embargo, nunca se termina de nombrar. Se convierte en algo que está fuera del alcance del lector y que tiene que ser desenterrado. Esa cercanía de lo misterioso, de lo no dicho, me parece muy emocionante.
En ese sentido, ¿cómo es su proceso de escritura? ¿Cómo elige qué cosas contar y qué cosas mantener en secreto?
Para mí, la escritura se parece más a un proceso de descubrimiento que de invención. Volviendo a lo que hablábamos sobre las dos historias: siento que ese secreto aparece a pedacitos, porque tampoco lo sé todo desde el comienzo. Por ejemplo, en el primer cuento, el del niño que tiene piojos y en el que aparecen estas luces en el cielo en un momento, esos eran los dos grandes temas que me interesaban. Ahí, aunque sabía que la historia iba a ser un monólogo de ese niño en su vida cotidiana, también había algo que estaba latente y que no se terminaba de revelar, ni siquiera para mí. Sabía que estaba pasando otra cosa y jugar con eso que no sé del todo, con ese misterio que no está completamente revelado, es parte del proceso. A veces sí me doy cuenta de qué es, pero lo dejo ahí en ese mundo subterráneo, sin dejarlo salir. Otras veces hay pequeñas fugas en el texto, pero creo que siempre prefiero no decirlo todo, porque ese juego me resulta muy estimulante.
Según eso, hay mucha más experimentación que certeza en su proceso de escritura. ¿Cuántas versiones de este libro hubo antes de que se publicara finalmente?
Sí. Aunque suene un poco tonto, creo que se escribe escribiendo: se empieza por algo muy mínimo y, a partir de ahí, crece el relato. Pero solo lo hace cuando hay algo que se está moviendo en esas palabras que uno escribió, en esas redes que se empiezan a tender con otras ideas, con recuerdos y con imágenes. Este libro funcionó un poco así. De un cuento se desprendían imágenes para el segundo, y por eso están muy vinculados entre sí: forman parte de un mismo universo. En ese sentido, hubo dos versiones del libro. La primera tenía los cuentos un poco más desordenados, mientras que la segunda, con el orden ya definido, me permitió hacer ciertos cruces de personajes, de imágenes y de lugares.
Para mí, hay visos de realismo mágico en algunos de sus cuentos. ¿Cree que su literatura encaja en este concepto?
Estoy más familiarizada con el término de lo fantástico. Más bien diría que estos cuentos parten de una realidad que puede ser muy mimética: es la casa en la que podría haber vivido, son los amigos que podría haber tenido. No hay nada extraordinario en ese sentido, hasta que eso que se sentía natural y cotidiano empieza a fragmentarse. A veces por la irrupción de algo como un caballo fantasma, a veces por la mención muy sutil de una promesa que se le hizo a una Virgen. Son pequeños elementos que cuando aparecen van deshaciendo esa realidad, ese territorio del cuento. Y al final, la frontera entre lo fantástico, lo no fantástico o un realismo más clásico, empieza a borrarse.
Que es la literatura, al final de cuentas. Las fronteras de un género a otro no son infranqueables…
Exacto. A mí me gusta transitar ese límite. Creo que todos los cuentos de este libro están en un borde de alguna forma, pero no pensándolo como si estuvieran más cerca de un lado que de otro, sino justamente sobre ese borde. Si hubiese una línea, los cuentos estarían sobre ella y, al estar ahí, la línea deja de verse; entonces ese límite, de alguna manera, deja de existir. Creo que eso pasa en varios cuentos. Y siempre hay un ir y venir entre distintas materias: lo que está vivo y lo que está muerto, lo que puede hablar y lo que no puede hablar, lo que puede pensar y lo que no puede pensar, lo que puede tomar decisiones y lo que no, lo posible y lo imposible. Eso hace que todos los bordes terminen difuminándose.
En la mayoría de los cuentos de “Larvas” el clímax ocurre hacia el final. ¿Cómo se escribe un buen cierre?
Hay algo de los finales que me gusta mucho: tomar la decisión de hasta dónde voy a contar la historia. No se trata de hasta dónde transcurre la historia, sino de hasta dónde decido contarla. Son dos cosas distintas. Entonces, elegir el momento en el que se termina de narrar lo que está pasando es, para mí, una de mis partes favoritas cuando trabajo con cuentos. Aparte, suelo trabajar los finales como algo muy sonoro. Releo mucho ese último párrafo; quizás es el que más releo de cada cuento. Lo leo en voz alta y busco que suene bien, que haya ahí una especie de musicalidad. Creo que un buen final no es el que resuelve todo, sino el que hace sentir que la narración llegó a su final y que no es algo que quedó a medio camino. Por eso creo que esa mirada extra sobre cómo se cuenta y hasta dónde se cuenta es muy importante para mí.
Creo que donde más se ve esa musicalidad es en “No acampar ni abordar”. ¿Cómo escribió ese final?
Ese fue uno de los finales en los que sentía que no tenía que escribir realmente el final. En esos últimos párrafos, cuando ellas ya están ahí, en ese lecho del río, hay algo que ya está dado. Entonces, el final lo que tiene que hacer es cerrar la narración, no la historia. La historia, en cierto sentido, ya se terminó —o al menos hasta ese punto ya se sabe qué va a pasar—. Para mí, el texto fluye como una trenza: todo está amarrado. Entonces lo que queda por hacer al final es simplemente un lindo nudo.
Finalmente, ¿qué la impulsa a escribir?
Creo que, sobre todo en estos cuentos, lo que me impulsó fue el deseo. Mientras estaba escribiendo “Larvas” siempre tenía muchas ganas de llegar a mi casa para volver a estar en contacto con ese universo, con esos personajes y con esas imágenes. Había un deseo muy fuerte de contar algo, que no sabía muy bien qué era exactamente, pero que quería descubrir. Creo que esas ganas, ese afán de encontrar algo, es el que siempre está en el fondo de mi escritura. Cuando algo no me entusiasma o no me importa, me resulta muy difícil escribir. Entonces, diría que eso es lo que me impulsa a escribir: el deseo.