Publicidad

La edad de los secretos (Cuentos de sábado en la tarde)

–¿Sabes qué es un secreto? –me preguntó de repente en un tono que dejaba de ser infantil. No pude responder.

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Juan Felipe Dueñas B.
23 de octubre de 2021 - 07:48 p. m.
"La luz que entraba desde un gran ventanal lavaba su figura y difuminaba los bordes de un cuerpo fantasmal".
"La luz que entraba desde un gran ventanal lavaba su figura y difuminaba los bordes de un cuerpo fantasmal".
Foto: Pixabay
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Ese día, estábamos en el jardín exterior de la casa de sus papás, jugando a las escondidas.

Después de contar los quince segundos reglamentarios, ella me encontró detrás de una zarza alta, que recuerdo caía cansada sobre un muro de piedra color arena. Era nuestro juego desde hacía dos o tres años. Ese medio día, Bogotá estaba soleada y tenía unos colores brillantes atípicos a su condición andina. Ambos teníamos la misma edad y cumplíamos el mismo mes (a veces nos celebraban el cumpleaños en una sola fiesta). En ese tiempo debíamos tener entre siete u ocho años; éramos vecinos desde que nos mudamos con mi familia a esa ciudad y a ese barrio. Desde entonces, nos encantaba escondernos. Primero, lo hacíamos de nuestros padres, y después, uno del otro. Ese día, cuando me encontró, yo estaba acurrucado al lado del zarzal seco y debajo de uno que otro copetón común. Aún hoy los recuerdo trinar. Ambos teníamos el uniforme del colegio. Ella estaba frente a mí, de pie y con los brazos cruzados. Vi como con sus dos manos agarraba la falda de cuadros azules y rojos y, en un movimiento suave y decidido, la alzó. Después, se bajó unos pantis color crema con algunos dibujos de frutas tropicales. Sonreí con timidez. Su piel debajo era blanquísima y me sorprendió conocer tan de cerca lo que nos hacía tan distintos. Hubo silencio. Luego, apareció casi sin querer la risa escondida que ella siempre dejaba salir al final de cada juego vespertino.

–Esto, es un secreto – dijo con seguridad antes de responder el llamado para almorzar. Se fue sonriente como si nada hubiera pasado. La vi alejarse mientras yo seguía sentado detrás de una zarza y con el peso terrible de cargar en silencio los arrebatos de la infancia.

Le invitamos a leer: Ty Cobb: La leyenda del villano del béisbol (I)

Cada diciembre o junio sucedía lo mismo. Empezaban las vacaciones y nuestro inocente ritual se abría paso detrás de los árboles, los carros o de alguna puerta externa de su casa. La falda arriba. Mis ojos memorizando formas y colores, y ambos en silencio despidiendo la mañana. Un día de junio o diciembre, mientras retomábamos esa rutina silenciosa, Don Alfredo, hombre poco sonriente y de maneras bruscas, nos descubrió detrás de su enorme zarzal. Salí corriendo, asustado y avergonzado de algo, que intuía ya, no parecía correcto. Me refugié en la indiferencia de mi casa. Su padre nos había descubierto.

Desde ese día solo nos veíamos cuando la ruta de transporte de nuestros colegios coincidía. En vacaciones ya no jugábamos. Ya no nos escondíamos. Su padre nunca le dijo nada a los míos y parecía seguir siendo el mismo señor adusto, brusco y sin alegría en la mirada. Nos había prohibido ser amigos.

Detrás de la infancia quedaban los juegos desprevenidos que no necesitan del tiempo, la ligereza de las palabras, las risas desprovistas de ego y la inocencia de un cuerpo y unos ojos contándose, cada mañana de junio o diciembre, un secreto perpetuo. Crecimos, seguíamos en el mismo barrio, pero la adolescencia trajo consigo sus propias reglas que, para mí, resultaron más crueles de lo necesario. Nos distanció, además de su padre, la belleza. Mis dientes se torcieron, mi mirada, miope y corta se convirtió en una inútil representación borrosa de la realidad y el asma se intensificó a medida que mi afición por los deportes aumentaba. Por el contrario, ella tenía una delgadez sana propia de las patinadoras, una mirada despierta y una piel clara que se pintaba con sutileza después de sus idas al mar. Usaba la misma falda de cuadros azules y rojos que vestía corta como en los años de la infancia. Era una mujer hermosa. Blanquísima. Alta. Yo la veía y solo podía imaginarnos juntos, detrás de las zarzas tupidas mientras ella, por última vez, me contaba nuestro secreto. Imaginaba sus movimiento lentos y suaves, sin los afanes propios del tiempo adulto.

Le puede interesar: El sueño más salvaje (Cuentos de sábado en la tarde)

Intenté volver a ella. Cuando la veía bajar del bus, me quedaba mirándola fijamente para buscar una conexión visual imposible de ignorar. Pero yo para ella era invisible. Le pedía a mi padre que visitara a Don Alfredo y le pidiera prestada alguna herramienta casera. No eran los mejores amigos y mi papá no simpatizaba con él desde hacía un buen tiempo atrás. Además, si no era con ayuda de terceros, yo desconfiaba de mí lo suficiente como para poder acercarme de una manera más directa y recordarle a ella que estábamos atados para siempre. Pocas veces nos encontrábamos en el barrio y cuando lo hacíamos, parecíamos un mal recuerdo. No nos hablábamos. No nos reconocíamos en los años ulteriores a la escondidas.

Una mañana, de junio o diciembre, la vi sentada en el jardín de su casa. Estaba sola y vestida de uniforme: falda corta a cuadros, medias blancas, unos zapatos formales color azul noche y una camisa blanca de manga corta. Me bajé del bus y me quedé mirándola. Ella me devolvió el gesto. Sonreímos. Mis dientes dispares y mis gafas gruesas calibre 35 no parecieron alejarla. La saludé sin muchas expectativas, pero ella se levantó y caminó hacia mí. Me contó que había olvidado las llaves de la casa en el casillero de su colegio. Estaba sola. Yo también. Mis padres habían salido de viaje y mis dos hermanos se quedaron en la jornada de la tarde para sus prácticas deportivas. Le dije que podía usar el teléfono de la casa, que llamara a Don Alfredo para que lo pusiera al tanto y la recogiera. Entramos después de un agradecimiento postizo y muy formal. Mi casa era de dos plantas. Grande. Espaciosa. La guie hasta la sala y le mostré desde dónde podía llamar. Yo esperé sentado en el sofá donde solía pensarla. Ella se demoró poco en la llamada. Colgó.

–Mi padre ya viene, que lo espere afuera, en el jardín –Espetó sin mucha emoción.

No respondí.

Le sugerimos: Bajo la palmera (Cuentos de sábado en la tarde)

–Gracias –agregó mientras se acercaba a mí.

Ella estaba de pie y con los brazos cruzados. Al verla, recordé su mirada de niña. La luz que entraba desde un gran ventanal lavaba su figura y difuminaba los bordes de un cuerpo fantasmal. Dio un paso al frente. Se detuvo. Me quitó las gafas y se alejo varios pasos hacia atrás. Con sus dos manos alzó muy despacio la falda a cuadros. Su piel era blanquísima. Casi transparente. Luego se bajó un bóxer deportivo color negro. Sonreímos. Yo no podía ver mucho, y ella lo sabía. Por eso, decidí cerrar los ojos e imaginar. Era hermosa.

–Gracias –repitió con dulzura antes de subirse el bóxer y dejar la falda en su sitio.

Segundos después la vi alejarse para siempre de mi casa, y de mi vida. Pocos meses después se fue con su familia a vivir al exterior. Nada de ella quedó en mí, solo un secreto.

Por Juan Felipe Dueñas B.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.