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Amores covidianos
Había una tranquilidad alarmante. Con un par de roces ocasionales podían epidérmicamente transmitirse la infección. Debían mantenerse a dos metros de distancia, incluso en la casa, pero estaban mucho tiempo juntos, en el mismo lugar, y esto no era factible. Solo podían acariciarse con los pies, las piernas o espalda con espalda, está claro que esas partes del cuerpo no son un foco de contagio. El beso boca a boca fue reemplazado por uno a distancia, se estampaban los labios en la almohadilla del celular y el otro o la otra, recibía el tacto de sus labios que se reproducían en los sensores de su dispositivo, calibrando la intensidad, textura y el aroma de las bocas, como si fuera un suave suspiro. En la noche, antes de dormir, una curva se dibujaba en la superficie de las mascarillas transparentes, las luces se apagaban y entonces caían en automatic mode en su pequeño cielo.
Carlos Horacio Jiménez Barrero
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Sin zapatos y otras pérdidas
Levy corre por el empedrado de la vía férrea, jala con fuerza el brazo de su hermana que llora desconsolada. Su padre persigue con angustia el tren que avanza lentamente. Su madre carga al bebé y no puede seguir el paso de su esposo. Levy levanta a la pequeña y al apurar la carrera pierde uno de sus zapatos. Su papá regresa jadeante y toma en brazos a la inconsolable niña, mientras intentan alcanzar el vagón donde otros escapistas ofrecen sus manos abiertas. Levy se adelanta, pero en la desesperada corrida pierde el otro zapato. Se siente más ligero, más rápido, se aferra a las manos extendidas. Observa que entre en el humo y la niebla las figuras familiares se alejan en la noche. Levy sabe que ha perdido más que sus zapatos.
Ricardo Moreno Prieto
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Aljibe
Los niños jugaban por el patio espantando gallinas. Un intenso olor a mierda fresca les privó de la respiración. Se taparon la nariz con el cuello de la camiseta. Entraron desconcertados a la casa de palma.
A la abuela María, que pasaba el día sentada en el mecedor, la sacaron al corredor. Los hombres buscaron por los rincones cualquier excremento fuera de los excusados o fiambre de roedor. No encontraron nada. Una ventolera esparció el olor por todo el pueblo. Las gallinas cacarearon sobresaltadas, las cotorras gritaron: “¡Auxilio, auxilio!”.
El cura salpicó con gotas de agua bendita las casas del pueblo. Se concentró un gentío en la plaza que miraban al cielo y la suela de sus zapatos.
─¡Belcebú! ¡Belcebú! ─gritó el cura.
La abuela tenía sed. Idalia lanzó el botijo en el aljibe. Cuando lo sacó el agua era de color marrón y olía mal. La tiró al suelo. En la tarde colgaron hamacas en el zaguán y mosquiteros desde el techo. Por la madrugada llovió. Cuando despertaron fueron hasta el aljibe ─estaba seco─. Las paredes del depósito estaban agrietadas.
Pese a todo lo que sucedió, se sintieron felices porque la lluvia se llevó a otro pueblo el mal olor…
Verónica Bolaños
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La espera
Parado bajo el alféizar aguarda por su mujer, sin hacerle demasiado caso a la lluvia persistente. Allí está ella, al otro lado de la calle, con su paraguas rosa y sus botas para la lluvia salpicadas de corazones. La ve abalanzarse para cruzar, elevarse por los aires después de recibir el impacto del automóvil y caer inerte en el pavimento. Paralizado, solo piensa que el incidente lo acaba de librar de una conversación postergada e incómoda. Ya no le dirá que no soporta su aliento mañanero, que le repugnan los besos detrás de las orejas y que no está dispuesto a comer, ni una sola vez más, su famosa pasta primavera. La sensación de unos labios húmedos que le rozan la mejilla interrumpe sus pensamientos. –¡Qué horror!, casi no logro cruzar la calle; con esta lluvia la gente se vuelve loca. ¿Llevas mucho esperando?-.
Laura Cala
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