22 May 2021 - 2:27 p. m.

La Esquina Delirante LXXIV (Microrrelatos)

Este espacio es una dentellada a la monotonía, mediante el ejercicio impulsivo y descarado de la palabra escrita.

Autores varios

Sueño

Compró ese colchón de agua que siempre había anhelado; un lujo que valió la pena esperar para quedarse dormido mientras evocaba la tibieza del mar de Coveñas, sin embargo, no podía conciliar el sueño. No sentía ese calorcito arrullador que imaginó al adquirirlo.

Entonces pidió una cobija térmica que vio en Amazon y que le entregaron en dos días. Así podría regular la temperatura a su gusto.

Funcionó.

Soñó que saboreaba un delicioso sudado de cañón de cerdo.

“Nunca me había tocado un muerto cocinado al baño María”, comentó el forense cuando levantaron su cadáver.

Francisco J. Arias Burgos.

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Lluvia

Leonor se despertó con la bullanga de los micos incestuosos. Se sentó en la mecedora y miró la máquina de coser. Leonor tenía en la punta de la nariz una hendidura. Su hermana Idalia era chaparrita y de nariz ñata. Las hermanas compartían la expresión reservada en sus rostros.

El cielo oscureció y varios rayos lo iluminaron con sus finas raíces. Sonó un trueno.

─ Va a llover, hoy no coseré ─dijo Leonor.

Las ramas de los árboles se agitaron. Idalia oraba el rosario.

Cuando reventó la lluvia, Leonor se aproximó a la ventana.

─ ¿Qué miras?

─ La lluvia. Me da miedo.

Leonor vio cómo el agua arrastraba boñiga de animales, palomas sin pescuezo, sarcófagos rotos…

─ Siéntate, te va a partir un rayo.

─ Espera, ya voy.

─ ¡Carajo, no sé qué miras!

Leonor se sentó. Idalia se asomó a la ventana y vio a un negro de pelo rizado, desnudo, que le lanzaba besos.

─ ¿Qué miras?

─ Nada. Qué voy a mirar.

─ Siéntate, te puede abrir un rayo.

─ No molestes, miro la lluvia.

Cuando escampó, las hermanas se apoyaron en los barrotes de la ventana y se miraron misteriosamente. Podían sentir su aliento medicinal.

Desde ese día, cuando llovía, se disputaron para asomarse a la ventana.

Verónica Bolaños.

Rebeldía

Mientras caminaba hacia el debut de su obra, sintió nuevamente el peligro de ser descubierto. Para completar, inesperadamente se encontró de frente con los policías que chequeaban la autorización para circular, aunque minutos después respiró aliviado mientras tomaba posesión del escondite aún con la sensación de ser observado. Fue ingresando, extraordinariamente puntual, un ejército de mascarillas azules, la mayoría en parejas. Cuando calculó la presencia de unos 200, se levantó en la tarima improvisada, agradeció brevemente a todos los participantes y a una señal suya se inició el encuentro. Una gritería ensordecedora acompañó el despliegue de luces, la proyección de imágenes en las pantallas gigantes y el sonido de potentes parlantes. Todos los asistentes se despojaron de sus caretas, las lanzaron al aire como si se graduaran con honores, se abrazaron con amigos y desconocidos, se besaron, se tomaron de las manos, bailaron al compás de la música, se fundieron en un solo cuerpo, olvidando por completo virus, contagios, distanciamientos, cuarentenas. Sentían la necesidad de vivir el hoy, el momento, la realidad que les construyeron, que les enseñaron, que les pidieron reproducir. Mañana volverían a usar el disfraz azul, a distanciarse, a intercambiar besos y emoticones.

Juan Hernández.

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Eufemismo

Mi hijo, Abelardo, no logró continuar el bachillerato; una ráfaga de pobreza nos invadió. Tuvo que salir a conseguir trabajo, opción bastante difícil en nuestra geografía montañosa, muy apta para la ganadería. Así quedó desempleado y vagabundo en las calles de Sinson, pueblo casi fantasma.

Abelardo salió de casa para asistir a misa, como cada domingo, e implorar a Dios por un “empleito” cualquiera. A las seis de la mañana del lunes siguiente lo encontraron estrenando uniforme militar en el rastrojo de doña Carmen. Fue dado como muerto en combate un joven que no sabía empuñar un cuchillo. Todos supimos que fue asesinado por militares que aparecían de vez en cuando para simular que atacaban a las guerrillas.

Ramiro Restrepo U.

Zoom

Nubes amarillas. Ardor en la garganta. En la videollamada estamos discutiendo con el cliente sobre usar el fondo azul clarito o el azul oscuro en la campaña de publicidad. Casi no puedo respirar. Me lloran los ojos. “El azul clarito, pero con “goticas” de agua para que se vea más refrescante, positivo y optimista”, dice el cliente. Le pongo trapos a la ventana, pero el gas todavía se mete. Tengo el micrófono apagado para que no se escuchen los gritos ni los disparos. El cliente opina que el modelo debe sonreír más para que se sienta más positivo y optimista. Todos asentimos. El cliente también opina que quitemos el término “nunca” porque es una palabra negativa. La tos es insoportable. Finalmente escogen mi propuesta, aunque con muchos cambios. Estoy muy feliz.

Juan Manuel Montes.

***Bienvenidos todos los microrrelatos a laesquinadelirante@gmail.com, máximo 200 palabras. Síganos en Instagram #laesquinadelirante***

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