La esquina delirante XIII (Microrrelatos)

Con la presente entrega, les hacemos una invitación los delirantes de mente y corazón oscuros, para que participen en la serie de microrrelatos de horror que publicaremos en Octubre. Envíen sus historias, de máximo 666 caracteres, sin incluir los espacios, a

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Autores varios
25 de septiembre de 2019 - 09:18 p. m.
Ilustración: Laura Sofía Solórzano Cárdenas
Ilustración: Laura Sofía Solórzano Cárdenas
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Aprendiz de poeta 

En esta aula de clase desaparece el tablero lleno de cifras y palabras extrañas, mi voz de aprendiz de poeta hace desaparecer las ventanas y los muros llenos de mapas viejos y cuadros de próceres cuyo rostro no recuerdo, (preferiría más bien fotos de los desaparecidos más recientes de la vereda), borro sin esfuerzo el techo de la escuela y hay nubes y pájaros cantando en nuestros hombros, los profesores suben volando al cielo sentados sobre sus taburetes sin dejar de dictar las últimas lecciones con los ojos cerrados, el rector pierde su peluquín en esta ventisca agradable amiga de la lluvia, flotan los gatos que con sus patas nadan en el aire como para abrazarnos a nosotros los alumnos y las vacas cruzan como aviones por encima nuestro veloces como jets mugiendo desesperadas, dentro de grandes goterones suspendidos a pocos metros del pasto croan las ranas y los insectos giran a su alrededor felices de no ser capturados para el almuerzo, y el tiempo con su cabello engominado y su traje de satélites fugaces ha desaparecido para que nunca más existan los relojes ni los horarios de clases para que nunca más dejemos de seguir soñando.

Alexánder Buitrago Bolívar

Para leer otra entrega de la esquina delirante, ingrese acá: La Esquina Delirante VII (Microrrelatos)

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El truco era muy simple

Después de tres o cuatro minutos de estar observando, le indiqué a Jenny que el truco en realidad era muy simple. Solo tienes que permanecer atenta al momento en que el hombre cambie de mano el as y recoja el nuevo palo. Luego, cuando ya pensábamos en otras cosas y nos levantamos de la mesa del café para ir al cine, ella había perdido su reloj y yo no lograba encontrar la maldita billetera. El truco realmente era muy bueno.

Darío Sarago

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Septimazo

«¡Qué asco, un indigente más!». Aguanto la respiración mientras él pasa por mi lado. Volteo a mirar para cerciorarme que se aleja. —¡Cuidado, la alcantarilla! —grita alguien cerca. El dolor, la oscuridad y el agua fría putrefacta me rodea. Arriba una voz ronca dice: —Fresca monita que yo la saco de este roto.

Marcela Alfonso

Si está interesado en leer otros cuentos de La esquina delirante, ingrese acá: La Esquina Delirante V (Microrrelatos)

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El grito

Sólo cuando recordó que llevaba varios días sin pronunciar palabra, tuvo certeza de su soledad; así que decidió lanzar un grito que la espantara de una vez por todas. Un grito que llenara la vieja casa y la calle y la ciudad entera. Un grito que le llevara al mundo su voz contenida desde hace tanto tiempo y que le hiciera sentir que su presencia, aunque inútil, aún hacía contestar a las piedras con el eco de sus palabras. Sin embargo, nadie lo escuchó. Ni los niños que corrían por el patio, ni la mujer que movía trastos en la cocina. Ni siquiera las paredes que hace quince años fueron testigos del disparo.

Carlos Pardo Viña

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Réquiem

La vociferante multitud enfiló por el centro de la plaza. Desde mi privilegiada ubicación reconocí el inconfundible perfume de las flores recién cortadas, el estrépito de los perros callejeros, husmeando en las sobras del mercado; el aroma de las frutas frescas flotando en el aire matinal; las voces de los pregoneros sofocados por el calor de aquel radiante día veraniego. Había cesado ya el estruendo de los fuegos artificiales, lanzados por los más exaltados, que lograron despertarme del profundo sueño en que me hallaba sumido. Así que no tuve más remedio que quedarme allí, expectante, atento a cualquier comentario que surgiera del apretado grupo de invitados y curiosos que cada vez parecía crecer más. En ese instante casi sentí envida de todos ellos. Pero no fue sino hasta que llegamos al camposanto y escuché la algarabía de los recién llegados, mezclada con el fingido llanto de mis parientes, que parecían prepararse para una alegre velada familiar con la música que atronaba los altavoces de los autos, y el bullicio de los niños que gritaban en el patio, y el ambiente festivo que rondaba por todo el pueblo en ese domingo de duelo, que lamenté, de todo corazón, estar muerto.

Daniel Castillo

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Para enviar sus historias, recuerden que el máximo de palabras es de 666. laesquinadelirante@gmail.com

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