La Reinventada
Liberó sus senos, lanzó el brasier lo más alto que pudo y un chubasco de dinero bañó su cuerpo. Rebeca, extasiada, se quitó su tanga roja. Su cuerpo desnudo le hizo el amor al rostro de García Márquez, en el billete de cincuenta mil; a Virginia Gutiérrez, en el de diez mil, y hasta a Carlos Lleras, en el de cien mil. Entre jadeos revueltos de placer, Rebeca sintió una emisión de luz que transformó su cuerpo en una estrella orgásmica. Transpirada de sudor y cansancio abrió los ojos para ver a su público, ubicado en las terrazas del conjunto Mónaco Real. Desde el tercer piso, hasta el veinteavo, se veían hombres y algunas mujeres observándola. Juan recogió los billetes del piso con sus guantes de nitrilo y los guardó en una bolsa negra. Se escuchó la sirena de la policía. Juan cubrió a su socia con el abrigo de cachemira y le entregó un tapabocas que ella se puso. Subieron juntos al carro y se marcharon. En las terrazas unos y otros se miraron de reojo. Con el rostro oculto entre sus manos cada uno entró a su apartamento a darle de comer a su miedo.
Yazmín Botero Vicuña
Lecturas asesinas
Había un tipo que fue arrojado por el entusiasmo sincero de las palabras, sus enredos y sus ficciones, y de un momento a otro decidió que ya no le bastaba con que éstas reflejaran su vida, pues ya quería que fuera su vida la que dictara la organización secuencial de los lemas, dándole un sentido al azar de los vocablos, y se convenció tanto que se atrevió hasta los océanos del estoicismo para luchar con tiburones y peces espada, y hasta verdes colinas para cazar elefantes, y hasta trincheras de lodo y lágrimas para moldear su ideal romántico, y mucho más allá, pero llegó el día en que uno de sus elogios solitarios de amor inasible generó un duelo de honor en los campos elíseos, y justo mientras se daba vuelta para apuntar al blanco se le fue la escopeta de las manos y se estrelló al suelo, resbaló hacia el sofá y chocó con la librería, miró hacia el cielo y le sopló chispas de fuego en la cara, volándole buena parte de los sesos, y los libros asustados cerraron todas sus páginas, y su historia no pudo sino pararse ahí.
Giacomo Perna (desde Italia)
He llegado tarde o pronto a la fiesta
Otros años me visto con elegancia, me echo el perfume que dura meses, y poco a poco, veo a la alondra acercarse, a los hombres dedicándome palabras de afecto junto a sus novias, los niños cogiéndome entre sus manos, y este año el sol, cuando me ha despertado, me dijo: La humanidad no vendrá a recibirte porque temen por sus vidas. Están asolados por una pandemia, y cuando abrí los ojos del todo, las calles estaban gélidas a pesar de que yo siempre las toco con mi magia. He venido muy tarde o muy pronto a la fiesta-dijo la primavera con una voz doliente y que sonaba a profunda soledad. Una trompeta la respondió con su canto místico y sublime desde la lejanía, y ambos se estremecieron por el hombre y su tragedia.
Celia Ortiz Lombana
Las ganas de abrazar
Oprimí el botón "+" para que estuviera más próximo a mi pecho, las luces se encendieron intermitentemente y se niveló un tanto a la altura de mis hombros. Escuché el sonido de su motor, desplazándose lentamente; los sensores de movimiento interpretaban adecuadamente la función. Mejoré entonces la luz de inclinación y abracé fuertemente al robot de dos brazos, lo sentí blando como relleno de espuma y tela, y un ligero calor me cobijó. Entonces solté mis brazos y me sentí tan lejos de mi padre ya muerto.
Horacio Jiménez B.
Contradicción
Después de intentar diversas formas de suicidio, la conoció por mera casualidad y decidió ser inmortal.
Márcia Batista Ramos (Brasil)
Ángel de la guarda
La sombra de mis pasos era perseguida por un gato de cola fracturada. Con varios gruñidos insistía en escabullirse por entre mis piernas. Provocaba miradas de amor en los caminantes que le contemplaban, todo por la abnegación de su maullido que me exigía parar. Llegó a fastidiarme y me sobraron deseos de patearlo pero me aturdía su mirada porque no expresaba ternura sino advertencia. Nunca pisé su cola, lo juro, la distracción nublaba mis sentidos en ese momento: el impacto del camión bastó para despejarme. Un minuto después sólo seguía caminando y hasta los pasos se me antojaron más ligeros. Puedo asegurar que este angelito gatuno no deja de salvarme, aquí sigue a mi lado, supongo que mantiene la misma intención aún después de todo. Usted, juez del cielo, no debería negarme el descanso, sólo mire a mi felino para que sea persuadido.
Sebastián Chavarro Parra
Sociedad de Pandemia
Durante los últimos cinco meses, a las horas del silencio, salgo a la esquina de mi casa a fumar un cigarrillo para lidiar, según yo, con la ansiedad que me provoca la pandemia. Un perro me acompañó las últimas tres noches. La primera noche, mientras recogía mis hombros para sobreponerme al frío, escuché unas garras contra el asfalto que se acercaban lentamente. Me senté en la acera para ponerme a su altura y dejé que me olfateara. Después de una larga contemplación mutua, Perro se acostó sobre mis pies. La segunda noche, con el ánimo de volverlo a ver, alisté un filete. No había terminado el primer cigarrillo cuando escuché un trote. Perro devoró su carne y mientras su mirada me reclamaba el tamaño de la porción, yo le decía que quería ser su amigo. Ayer, a parte del festín, alisté una cobija y mi libro favorito. Le pregunté si podía llamarlo Rufo. A lo que Rufo no contestó.
Juliana Duque
El paraíso
Cinco años después de la muerte de Eva, Jerónimo decidió, a los 85 años, arreglar la herencia con sus hijos e irse a vivir al Paraíso, lugar geriátrico, donde pasaría sus últimos días liberado de ataduras materiales, pero en compañía de otros. El Paraíso era una casona amplia con grandes piezas, un patio lleno de buganvilias de distintos colores: púrpuras, rojas, rosadas, y naranjas que enmarcaban los arcos de medio punto, donde los ancianos pasaban la mayor parte del tiempo; un solar cultivado de naranjas, mandarinos, guayabas y una palma de mararay (aiphanes horrida), que esparcía sus frutos tachonando el piso de pequeños puntos rojos. Cierto día Jerónimo observó a una mujer de caminar lento, en dirección contraria a la suya, que recorría uno de los corredores. Pensó en un viejo amor. Los dos se acercaron al compás de los años; Jerónimo fijó la mirada en ella, un extraño sentimiento lo acompañó, se acercó, ¿Cómo se llama? Ruth… Caminaron hasta la veranera púrpura para esquivar el inclemente sol. La conversación era pausada y lenta. ¿Cuál es tu apellido? Blau… su hermana es Eva Blau… sí… con ella no me veo hace más de treinta años… Ella murió hace cinco.
Irma Lucía Acevedo C.
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