El Magazín Cultural

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27 Aug 2022 - 9:31 p. m.

La historia de un final (Cuentos de sábado en la tarde)

Los días que siguieron a la decisión de entregar el departamento en el que estaban viviendo y terminar su vida juntos fueron, sin lugar a duda, los más difíciles de vivir de su relación.

Manuel J. Leal Gutiérrez

"Cuando estuvieron los dos vehículos a la espera de sus ocupantes, abrieron sus brazos y se unieron en un abrazo muy fuerte, para luego mirarse, con la mirada más triste que jamás hubiesen intercambiado, y confirmar que todo, absolutamente todo, hasta el amor verdadero, también tiene su final".
"Cuando estuvieron los dos vehículos a la espera de sus ocupantes, abrieron sus brazos y se unieron en un abrazo muy fuerte, para luego mirarse, con la mirada más triste que jamás hubiesen intercambiado, y confirmar que todo, absolutamente todo, hasta el amor verdadero, también tiene su final".
Foto: Craig Adderley/ Pexels

Ninguno de los dos era capaz de mirar a los ojos al otro y las conversaciones se resumían a preguntas concretas y respuestas con monosílabos. En Lucía era evidente el cansancio de las últimas peleas y la resignación de sentir que había perdido, no una batalla, sino la guerra contra ese amor por el que tanto luchó. Por su parte, para Marcelo era imposible no sentir tristeza por el desenlace de los acontecimientos y rabia porque, como buen hincha de un equipo chico, entendía que siempre habría momentos muy complicados, donde el panorama iba a ser completamente negro, pero que abandonar a lo que se ama, no era una opción que él hubiera contemplado y la aceptaba con amargura.

Unas semanas después, cuando entendieron que ese ambiente sería insostenible durante el mes y medio que faltaba para cumplir el contrato de arrendamiento, y, sobre todo, injusto con la historia que ellos habían creado, decidieron bajar la guardia e hicieron, de la forma más amistosa posible, el proceso de repartición de las cosas que habían acumulado durante los cuatro años que estuvieron juntos. ¿Te llevas la nevera y yo la lavadora? ¿Qué tal si me quedo con el mueble de la biblioteca y tú te llevas el escritorio y el archivo? fueron las preguntas clásicas entre ellos hasta que cada cosa pasó de tener dos dueños a uno solo.

Las noches que siguieron a la repartición, se dedicaron en conjunto a embalar los electrodomésticos e ir llenando en cajas, más que sus objetos, sus recuerdos. Allí iban tomando lugar el libro de Historia oficial del amor, que él le había regalado apenas se fueron a vivir juntos, y que siempre tenían a la vista para decirse: vamos a ser los precursores de una historia de amor como la del libro; los moldes de aluminio con los que habían iniciado su hobby de la repostería, al que dedicaban sagradamente los sábados en la mañana y la lámpara de la mesa de noche que con su luz amarillenta iluminó y fue cómplice de tantas noches de pasión. La tristeza, la rabia y la desilusión del inicio se habían transformado en nostalgia, en sonrisas forzadas cuando cruzaban sus miradas, en esas sonrisas que buscan ocultar el dolor, pero que, sin embargo, lo hacen más evidente.

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Poco a poco su hogar se fue quedando sin alma, entre semana sacaban un tiempo para ir llevando las cosas a la casa que ella había decidido arrendar cerca de su oficina, y los fines de semana a la parcela de los abuelos de Marcelo, a las afueras de la ciudad, donde él había decidido que pasaría una temporada, teniendo las ventajas de su trabajo remoto.

La noche previa a la entrega del departamento, la última noche que compartirían juntos, decidieron pedir pasta al Bravissimo Ristorante, que acompañaron con un par de botellas de vino que habían guardado para la ocasión. La sala prácticamente vacía los llenó de melancolía, cenaron en silencio, pero el gesto de sus caras gritaba sin la menor duda: Esto no puede ser cierto.

Luego de la cena, y a medida que el vino hacia más amena la situación, empezaron a conversar, a rememorar esos primeros días en que estaban cumpliendo el sueño de ser un par de jóvenes que se unían para batallar contra el mundo juntos, la felicidad de comprar la primera cafetera, de ir por todos los almacenes buscando el sofá y las sábanas que combinaran con el color de las paredes. Y así continuaba la conversación hasta que, en un momento, Marcelo dejó de responder, y Lucía, que todo el tiempo había estado mirando su copa, como para recordar mejor, volteó a verlo y lo encontró con la mirada clavada al suelo, tensionando su cara con todas sus fuerzas, para evitar que las lágrimas, que rebosaban sus ojos, cayeran por toda su cara. Lucía, que siempre había demostrado ser mucho más fuerte que él, le ofreció un par de servilletas que habían llegado con el domicilio y permaneció en silencio, pues no encontraba las palabras que pudieran ayudar a Marcelo y sobre todo que, al pronunciarlas, no hicieran que ella se convirtiera en la persona a punto de llorar.

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Para salir de esa incómoda situación, ella decidió poner algo de música en su celular, Marcelo correspondió con una mirada cómplice, como agradeciendo el gesto. La música sonó un rato, apaciguando poco a poco las emociones que se habían apoderado de ellos, pero que ambos sabían que ya era muy tarde para darles cabida. Unas cuantas canciones después, cuando fue evidente que el ritmo de la conversación no volvería a fluir, y que el ambiente tampoco daba para una noche de karaoke como las de antaño, se despidieron y cada uno fue a la habitación que había tomado desde el día de la decisión. En esas habitaciones solo se encontraban los colchones que no valían la pena trastear, y aunque habían pasado ya muchas noches así, esta vez la soledad se sintió más fuerte e hizo que la noche fuera una pesadilla sin tener que cerrar los ojos.

A la mañana siguiente, el aroma del café se tomó por última vez todo el departamento, ni en el peor momento de su vida, Marcelo había roto su ritual de estar a las 6:30 de la mañana frente al molino y la cafetera. Preparó su café cargado, un cappuccino para Lucia, y terminaron de acomodar las pocas cosas que quedaban en un par de cajas; finalmente sacaron a la basura lo que, al igual que su relación, no tendría una segunda oportunidad en sus vidas. El encargado de la arrendadora llegó muy puntual, a las ocho de la mañana, y con total desconocimiento por lo que estaban pasando entre ellos dos, inspeccionó todo el departamento, llenó los documentos de finalización del contrato, tomó posesión del lugar y los acompañó hasta la puerta para despedirlos.

Tomaron las pocas pertenencias que aún les quedaban, pidieron dos taxis, y mientras esperaban, se miraban, se hacían gestos, pero ninguno era capaz de pronunciar palabra alguna. Llegó un taxi, le pidieron que por favor esperara un momento mientras llegaba el otro, y allí, cuando estuvieron los dos vehículos a la espera de sus ocupantes, abrieron sus brazos y se unieron en un abrazo muy fuerte, para luego mirarse, con la mirada más triste que jamás hubiesen intercambiado, y confirmar que todo, absolutamente todo, hasta el amor verdadero, también tiene su final.

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