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Sus días pasan entre las páginas de los libros. Investigar, leer, crear, editar, costear, cotejar, revisar, aprobar, entre muchos verbos más, son la antesala para poder disfrutar de un producto que muchas veces, a través de sus páginas, determinan nuestras formas de concebir la vida. Hace más de quince años se dedica al oficio de editora. Durante un buen tiempo fue un ejercicio que alternó con la publicidad, en la que trabajó casi 10 años. Ha sido responsable de decenas de publicaciones de autores, como Gloria Cecilia Díaz, Jairo Buitrago, Afonso Cruz, Francisco José Viegas, Marina Colasanti, Nicolás Buenaventura, Celso Román e Irene Vasco, así como de ilustradores, como Israel Barrón, Roger Mello, Andrés Rodríguez, Roger Ycaza, Rafael Yockteng y Carlos Manuel Díaz, entre otros.
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De manera paralela y no menos constante, escribe. Este año cumple veinte años de la publicación del primero de más de quince títulos, con los que le ha dado protagonismo a historias profundas en las que habla con gran relevancia de la cotidianidad. El primero que vio la luz fue Un lugar para ti (2001) y desde entonces ha perfilado su obra para lectores desde 5 hasta los 13 años y ha declarado en contadas entrevistas que su narrativa jamás podría partir de la fantasía. Luisa Noguera Arrieta considera que no hay que subestimar su capacidad de comprender, su gusto, su inteligencia y su poder de elección acerca de lo que leen; también cree que no hay fórmulas mágicas para captar la atención de un lector y que, por consiguiente, no hay temas vedados para ellos. Por eso en su narrativa, con un lenguaje claro y sugerente, ha descrito temas trascendentales, como la pobreza, la enfermedad, el abandono, la frustración y la muerte.
Debo agarrarme de un punto real para escribir una historia
Luisa busca con sus obras que los niños se enamoren de los libros, sin que sea un acto aleccionador u obligatorio, aunque todas las obras tengan una enseñanza. Según la autora, entre más velada sea, mucho más enriquecedora será para ellos. Cuando escribe visita sus recuerdos de infancia, los propios o los de sus nueve sobrinos, que muchas veces tuvo a su cuidado, o a los relatos de la niñez de su hija Laura y las de los niños con los que ella solía jugar. De niña contó con la complicidad de sus hermanos, que también eran un poco papás. Con ellos recorrió sus primeras páginas. Desde entonces, atesora predilección por los cuentos de hadas, en particular de los rusos; también evoca la irreverencia y burla de un personaje como Till Eulenspiegel, o las veces en las que imaginó protagonizar la trama de Ondina y el lago encantado; o aquel preciado ejemplar de El pollito aventurero que su hermana llevó al colegio y nunca regresó a casa.
Su abuelo, uno de sus personajes
Cuando tenía ocho años vivió con su abuelo médico, nacido en la Costa y quien a corta edad enfermó y empezó a ver alterada su noción del tiempo: no reconocía los espacios y ni concebía como casa el lugar que le aguardaba. A veces solo tomaba su ruana y se iba por ahí. Luisa y sus hermanos lo cuidaban y luego sonreían ante la fragilidad de recuperar el recuerdo de que ese lugar donde habitaban era su hogar y sonreían ante su expresión de “Ah, verdad que yo vivo acá”. Luisa tenía ocho años cuando él tenía ochenta. Ese personaje que más adelante protagonizaría uno de sus libros más leídos, Yo te cuido, era su par en el goce de las aventuras de El Llanero Solitario o Los Tres Chiflados, mientras ella hacía piojitos. Todavía parece que estuviera sentado en la sala de su casa…
¿Libros para niños?
Cuando leemos un libro para niños, siendo adultos, lo hacemos con ese lente cándido de la niñez. Nos volvemos a conmover. Buscamos eso que buscábamos en la infancia. Casi con esa mirada original, muchas veces permeada por el exceso de rutina. Así crezcamos, no hemos abandonado esas emociones, así las tengamos que vestir con otros nombres o llevarlas para momentos íntimos porque estamos obligados a “ser adultos”, pero esa sensación de niño interior no se pierde.
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La lagartija, una nueva entrega
Laura Gartija no tiene una familia convencional. Vive con su mamá, sus hermanas, sus dos papás, uno que habita un marco de madera y otro que es el señor Garzón. En el colegio la vida no es sencilla. No entiende muy bien por qué sus compañeros la ven como un ser extraño e incluso la señalan por su amor por los bichos. Aunque no lo entiende, elige no abrumarse y busca la compañía de aquello que le hace bien: el recuerdo de su padre, algunos de sus diarios de campo, o aquel sendero lleno de césped donde está su amiga lagartija. A partir de cuestionamientos y desencuentros, Lala se acerca a ella misma, defiende su autenticidad por encima de la aceptación de otro grupo de personas. La atmósfera de las ilustraciones tienen ese trazo identitario del artista mexicano Israel Barrón, que página a página sumergen al lector en la intimidad de Lala y en ver su mundo y sus nostalgias casi desde sus ojos.
Esta historia habla del derecho a ser quien se es. Muchas veces le decimos a alguien, o alguien nos dice, qué hacer o cómo comportarnos, sin tener en cuenta que los rasgos propios de la personalidad son valiosos y no necesitan cambiarse. Tenemos derecho a ser tímidos, a tener pocos amigos, a no sobresalir, a ser silenciosos, y si así somos felices, entonces no está mal, es nuestra manera de ser.
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La identidad se construye poco a poco con la influencia de quienes nos rodean, la familia, los amigos, el colegio, pero siempre hay un componente interno, el más importante, que a veces se reprime porque no responde a lo que para los demás es “lo correcto”. Y es precisamente el aceptar “estar bien siendo quien somos, como somos y como nos expresamos” uno de los grandes puntos de inflexión en su nueva obra.
El modelo de vida ideal no existe y si existiera, siempre correría el riesgo de que las cosas cambiaran. Esta historia nos lleva a comprender que la felicidad es un asunto subjetivo y que cada cual, en su medida, con lo que es y con lo que tiene, construye y se va a acercando a aquello que cree que hace falta. Noguera también se refiere a las familias, a ese núcleo de la sociedad que puede conformarse de maneras diferentes a la tradicional y en la que subyacen los mismos principios de afecto y de respeto. “Hay temas que para un niño pueden ser complicados, solo la naturalidad con la que se aborden le hará más fácil el camino”, manifiesta.
“Yo imaginé el malestar de Lala, la protagonista de La Lagartija, comparándolo con las ocasiones en que algo nos hace sentir fuera de lugar y necesitamos una validación, algo que nos reafirme, que nos recuerde que estamos en el lugar correcto. Los duelos son transiciones difíciles y más aún cuando no se entienden. En este caso la niña ni siquiera vivió la pérdida de su papá, no la puede recordar, pero esta se hace evidente con la presencia del señor Garzón y con el recuerdo que su mamá sembró”, concluye la autora.
La lagartija es un espejo y es una puerta por la que la protagonista se asoma y encuentra los puntos que la anclan, los que validan su personalidad y le ayudan a entender su herencia, aquello que la conecta. Este capítulo en la vida de Lala Gartija finaliza haciéndonos una invitación a cambiar, a poder decidir cambiar de rumbos o de trayectos sin que esto signifique debilidad. “Creo que no hay finales, el camino no se acaba, siempre estamos en tránsito de una etapa a otra y solo somos débiles y vulnerables cuando no nos movemos”.