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“La leyenda de Sleepy Hollow”: la verdad suele ser más romántica que la ficción (Reseña)

“La leyenda de Sleepy Hollow y otros relatos espectrales”, del escritor estadounidense Washington Irving, fue presentada en una nueva edición por la Editorial Panamericana. Presentamos una reseña del libro.

Mauricio Palomo Riaño

15 de mayo de 2026 - 09:52 p. m.
El relato corto de terror "La leyenda de Sleepy Hollow" fue escrito por Washington Irving en 1820.
Foto: Cortesía Panamericana
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Leer a Irving es adentrarnos en universos misteriosos y oscuros de los cuales no salimos ilesos. Al internarnos siempre palpita la zozobra. La erudición del norteamericano nos pone a dialogar con la antigüedad hasta lograr vincularla con nuestro presente.

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Panamericana Editorial publicó una nueva edición de esta obra literaria del romántico norteamericano Washington Irving, que viene, además, con las ilustraciones de Iván Pérez, que hacen que tinta e imagen congenien en medio de hojas negras. Aquí no solo nos enfrentamos a la tinta y su poder de imaginación, sino también al paisaje en esta edición de tapa dura.

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¿Sabían de dónde procede el día miércoles? Es el día de Odín. ¿Sabían que el crepúsculo es la franja del día propicia para los amantes? ¿Sabían quién es Emanuel Swedenborg? Balzac lo llamaba “El Buda de los países nórdicos” ¿Sabían que Ichei es una voz que significa transformación, una pequeña siesta de varios años? ¿Sabían que es un deseo común entre maridos agobiados tomar cerveza de la jarra de Van Winkle y jugar a los bolos con la tripulación de Hudson? ¿Sabían que los hombres y las potencias que han empezado jugando a la guerra han asumido el riesgo de terminar perdiéndola? En sus cuentos de terror, Irving es interdisciplinar; el norteamericano es un interesado en la historia y la cultura europeas. La voz narrativa de Irving es muy hermana de la de Poe, su contemporáneo y compatriota. Los hombres y mujeres de ciertos lugares y culturas, en ocasiones, crean algunos de los mejores libros. Sus historias fascinantes, su vida y su experiencia también son páginas de temas mágicos; aquí reina el gótico, sí, pero también la vida y la historia del mundo y de los hombres, quizá por eso es tan fascinante acercarse a la obra de Irving.

Cuidado con los que aparentan la mansedumbre en estos cuentos; las voces narrativas aquí concentradas son excelentes contadoras de sucesos de terror, al igual que sus personajes. Si se le suman los oxímoron de Irving y la galería de figuras retóricas adicionales al interior de la prosa, lo que hacen es, desde temas formales, engrandecer las historias del norteamericano. Símiles, metáforas, personificaciones e hipérboles hacen de sus textos universos descriptivos que deambulan entre sus páginas.

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Destaco las descripciones espaciales que hace el autor estadounidense. Suele confundirme porque es sobrio, un contador de relatos oscuros y profundos, mantiene el ritmo y genera expectativa, pero no es un narrador poético como los de su época; no aflora un fragmento que destaque en su prosa más allá de sus excepcionales tramas. Buenas historias, sí, pero nada de fragmentos líricos. Abundan los renglones tristes y románticos. Sus personajes, aun estando muertos, siguen amando a las causantes de sus fallecimientos, y algunos de ellos vienen muertos a conocerlas, vaya poder el del amor.

Pueblos de demoras, etimologías tremendas, triunfos del amor, pero sobre todo de la lealtad para con nuestros muertos, explicación, humor, tranquilidad, aletargamiento, la mujer como poseedora de encantos que desarman y asesinan, magia natural, historias bien terminadas, castillos, paisajes naturales, fortalezas, iglesias, reinos, etc., son algunos de los elementos del texto.

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Hay un leitmotiv en Irving: los aparecidos. En sus cuentos es la figura del terror que más se erige y el amor, el amor siempre teniendo cabida en estas narraciones, apareciendo de fondo, pero constituyéndose en la medida que se avanza en la lectura en lo más importante dentro del andamiaje de sus relatos, no por nada es uno de los máximos exponentes del romanticismo norteamericano.

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La famosa leyenda del jinete sin cabeza, fundada y refundada en muchos contextos, es presentada con nicho Irvingniano incuestionable. La descripción del autor en el desarrollo de lo que es en sí la leyenda, su origen y el cómo se produce, junto con la de su protagonista Ichabod Crane, resalta en el relato. Además, la exaltación de la labor docente desde su personaje principal, los registros del lenguaje, los narradores de este relato que juegan con nuestra imaginación al omitir información de lo ocurrido, pero dejándonos su inferencia; la narración de un caballo soñador no puede ser más que literaria. Sientes como lector que vas atravesando el camino; te sientes como Ichabod. Irving lo logra al ser enteramente descriptivo.

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Su narrativa alcanza a engañarnos porque Irving parece ir más allá de la literatura misma; tiene una potencia hipnótica para narrar. Sus descripciones son lóbregas y violentas; producen tensión, como cuando sabes que todo es irreal, pero estás en la escena como si todo fuera verdad; eso es leer a este autor.

La tradición oral aflora en la literatura del escritor estadounidense. Irving sabe llamar la atención de sus lectores en la medida en que va narrando; conoce todos los trucos del oficio y uno no puede sentir más que precioso ese habitar entre supersticiones y leyendas. Jugar con la realidad debería ser siempre nuestra afición.

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Leer a Irving es adentrarnos en universos misteriosos y oscuros de los cuales no salimos ilesos. Al internarnos siempre palpita la zozobra. La erudición del norteamericano nos pone a dialogar con la antigüedad hasta lograr vincularla con nuestro presente. Ichabod no ha aparecido; aún lo seguimos buscando en cada hondonada o en cada descenso geográfico de cualquiera de nuestros paisajes nocturnos. Habitemos para siempre la superstición, uno de los mejores universos.

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Por Mauricio Palomo Riaño

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