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Periodismo narrativo o literatura de la vida real (II)

Presentamos la segunda entrega de este ensayo que explora dos corrientes del periodismo narrativo y cómo las abordaron algunos de sus exponentes.

Eduardo Márceles Daconte*

15 de abril de 2026 - 07:00 a. m.
Gabriel García Márquez fue uno de los exponentes en Colombia del periodismo narrativo.
Foto: EL ESPECTADOR
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Los periodistas después de Capote comenzaron por descartar el artículo, crónica o reportaje tradicional en primera persona ya que esta práctica limita el relato a un solo punto de vista y tornaron a involucrar diversos puntos de vista, empezando muchas veces con un diálogo o una descripción en tercera persona y pasando en el transcurso del escrito a la primera persona o al narrador colectivo, imitando en ocasiones el estilo coloquial del entrevistado e involucrando el ambiente en el cual se desarrolla la escena para dar un marco referencial. También introducen el monólogo interior enfatizando los signos de puntuación o exclamación y exagerando la emotividad del suceso con profusión de interjecciones. Asimismo, se introducen palabras sin sentido, onomatopéyicas, pleonasmos y se altera la tipografía convencional echando mano a signos desusados, letras en cursiva, subrayados, mayúsculas y, en fin, todo cuanto pueda servir para llamar la atención del lector requerido por otros estímulos.

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Por supuesto, al tiempo que estos escritores-periodistas incursionaban en una estructura innovadora para trasmitir sus conceptos, sus ideas y sus hallazgos, es evidente que la investigación del tema o del sujeto exigía más tiempo y mayor dedicación. Porque tal actitud demanda conocer no solo las circunstancias objetivas sino también las emociones, intereses y opiniones del sujeto sobre quien se escribe, para así incorporar estos aspectos a la narración sin pecar del subjetivismo que “inventa” la noticia. Se convive muchas veces con la persona o en la comunidad durante largos períodos para captarla en su dimensión humana totalizadora como pudiera hacer un antropólogo o un sociólogo en trance de escudriñar un fenómeno social. Recordemos el magistral caso del investigador Oscar Lewis en algunos de sus libros como “Los hijos de Sánchez” o “La Vida”, estudios científicos, narrados a guisa de novela, de situaciones socioeconómicas en sectores marginados de México o Puerto Rico.

Lo que empezó tímidamente como crónicas en revistas y periódicos, se consolidó rápidamente con Truman Capote en “A sangre fría” y se propagó a un amplio círculo de periodistas que se suscribieron a esta tendencia. La realidad de los años sesenta era tan apasionante y diversa que muy pronto entraron en escena Jimmy Breslin, Tom Wolfe, Gay Talese, Irving Wallace, James Baldwin, Rex Reed, Joseph McGinnis, para solo citar los más conocidos, y el más prolífico y sensacional de todos ellos: Norman Mailer, quien debutó con “Los ejércitos de la noche” en 1968, un libro que narra en forma minuciosa una manifestación en Washington contra la guerra en Vietnam y la represión de la que fue objeto, utilizando de igual modo todos los recursos de la novela: escenas lineales y retrocesos en el tiempo (flash-back), diálogos, ambientación, monólogo interior, diferentes puntos de vista (es decir, el narrador, los manifestantes, la policía e incluso los curiosos), e introduciéndose él mismo como personaje para dar una visión totalizadora del conflicto.

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A partir del modelo de Capote, Mailer escribió “La canción del verdugo”, un monumental trabajo de más de mil páginas sobre la vida y peripecias de un criminal con el subtítulo: Una novela de la vida real. Para este fin, Mailer obtuvo las cintas magnetofónicas que registraban extensas entrevistas con Gary Gilmore, un convicto de asesinato múltiple en el estado de Utah, ejecutado en enero de 1977. Por supuesto, Mailer tuvo en este caso la participación de un hombre de extraordinaria inteligencia y recursos narrativos, quien contó, hasta con detalles insignificantes, sus acciones y emociones durante nueve meses de su vida, desde cuando salió en libertad condicional hasta que cometió sus crímenes y su posterior encarcelamiento y ejecución. Mailer viajó por los lugares donde estuvo el asesino y entrevistó a todas aquellas personas que de un modo u otro estuvieron cerca y conocieron a Gilmore. Una investigación asombrosa que finalmente se tradujo en un libro vibrante que desnuda la triste situación de inadaptación social de un ex convicto.

En Colombia, los exponentes del periodismo narrativo se encuentran trabajando tanto en diarios y revistas como en narrativa literaria dentro de estos parámetros con una producción sin excesos que ha tomado del género muchas veces el manierismo más que el espíritu investigativo, imitando de un modo superficial —en algunos casos— la forma, sin profundizar demasiado en sus postulados realmente revolucionarios. Tal fue el caso de Germán Santamaría en El Tiempo con amenas crónicas sobre diferentes situaciones que asimilaban esta modalidad. También en las crónicas de Juan Gossaín publicadas en El Heraldo de Barranquilla y en su novela “La mala hierba”, cuyo núcleo es una crónica periodística, basada en hechos reales aunque transformados alrededor de una trama novelada. De igual modo, el escritor caleño Arturo Alape incursionó en el género con sus libros de crónica política como “Un día de septiembre (la descarnada historia del paro cívico de 1978)” o el volumen fruto de su investigación sobre los sucesos del 9 de abril de 1948 que culminaron en el famoso Bogotazo.

La inclusión de canciones dentro del relato (como en “¡Azúcar!, mi biografía" de Celia Cruz) nos lleva a otro ejemplo en la novela de David Sánchez Juliao titulada “Pero sigo siendo el rey”, donde ─de un modo diferente─ se toman las rancheras populares para contar su supuesta historia secreta, es decir, de la manera como Sánchez Juliao, con un alarde de imaginación, intuye o supone que sucedieron las cosas, condimentada con sabrosas referencias humorísticas y en donde ocasionalmente se encuentra uno, más que leyendo, cantando una prosa con implicaciones poéticas de esencia popular. Es oportuno mencionar, así mismo, que Gabriel García Márquez en su novela “Crónica de una muerte anunciada” está inmerso en esta modalidad literaria, en la cual un estilo periodístico depurado encuentra una horma apropiada en la historia de un crimen cometido en un pueblo de Colombia, también en su “Relato de un náufrago”, las inquietantes aventuras de un marino perdido en el océano Atlántico, y más aun en su genial investigación “Noticia de un secuestro” cuya estructura novelada relata las incidencias de un suceso de la vida real.

Sin duda merecen destacarse también los trabajos de Germán Castro Caycedo, quien posee un excepcional talento para recrear, dentro de un estilo narrativo ágil, las aventuras y vicisitudes de personajes reales en condiciones adversas que perecen o superan sus conflictos en medio de las más insólitas circunstancias. Sus relatos son una síntesis entre la novela y la crónica, tomando como base minuciosas entrevistas a los protagonistas, combinadas con una investigación sistemática en periódicos, archivos refundidos y fuentes secundarias para organizar un conjunto de elementos narrativos que asombran por su vigor narrativo.

Así son, entre otros, dos de sus libros: “Perdido en el Amazonas”, donde narra las peripecias de colonos que intentan sobrevivir en una situación de desamparo estatal con un trasfondo de peligrosas incursiones entre tribus indígenas y el follaje espeso de la jungla amazónica, y “Mi alma se la dejo al diablo”, un testimonio auténtico derivado de documentos oficiales, diarios personales y entrevistas con los personajes de un drama que se lee como una novela de suspenso. La historia se desarrolla a orillas del río Yarí en las proximidades de la ex colonia penal de Araracuara, y devela las operaciones en minería clandestina de iniciativa extranjera en un campamento inhóspito. Sin olvidar las crónicas del periodista Alberto Salcedo Ramos, un maestro del género, cuya obra más recordada es “El oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé” (2005).

En conclusión, podemos deducir que del periodismo narrativo se desprenden dos corrientes diferentes aunque emparentadas entre sí. La primera enfoca la investigación dentro de parámetros narrativos que se inclinan en su mayoría por hechos sensacionales como son la guerra, los asesinatos múltiples o una campaña presidencial, cuyo origen se remonta a la década del sesenta en Estados Unidos. En la segunda, y por la misma época, la investigación adquiere un carácter eminentemente sociopolítico que escudriña nuestra realidad a través de circunstancias y protagonistas que forjan la historia cotidiana en textos de fluida descripción ontológica, conocida en América Latina como Literatura-Testimonio, aunque este apelativo se presta a confusión pues no se trata de testimoniar la experiencia de una manera literal sino de recrearla con matices poéticos y narrativos para hacerla más atractiva al lector.

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Es necesario reconocer que esta modalidad se encuentra en pleno desarrollo, con practicantes a diferentes niveles de interpretación, que se nutren de sus vivencias y pesquisas para luego verterlas en una crónica o novela de no ficción. Hoy en día es difícil deslindar géneros ya que existe una interrelación de disciplinas que hacen que un ensayo se escriba como cuento o un cuento como ensayo (Borges ha incursionado en este campo con indudable acierto), y en fin, muchas combinaciones que enriquecen cada día la literatura y el periodismo de nuestro tiempo.

*Es escritor, periodista e investigador cultural, autor de una docena de libros entre novela, cuentos, biografías, crónicas y reseñas críticas de artes visuales, teatro y literatura que publica en el diario El Espectador de Colombia y en revistas culturales de Estados Unidos.

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Por Eduardo Márceles Daconte*

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