La escritora y editora Camila Charry Noriega ha publicado cinco libros de poesía, es una de las editoras de la Biblioteca de Escritoras Colombianas y también coeditora de La trenza, un fanzine que aborda la poesía y el ensayo escritos por mujeres en nuestro país. Con este libro la autora se asoma a la vida interior, esa que dialoga con el afuera desde una mirada aguda y crítica, amorosa y fantasmal.
En “Mi perra y yo subimos por el ascensor” (FCE) Camila Charry nos cuenta que “en el apartamento de al lado pasan cosas feas” porque el vecino solo saca a sus perros cada diecisiete horas. Afuera la vida se repite ciegamente y las retroexcavadoras no se detienen, para dar paso a enormes edificios y una vida de ladrillos. Afuera hay hombres haciendo guerras, que envían a otros a morir en su nombre. Afuera hay pollos siendo transportados para ser desmembrados y comidos. Por fortuna existe el poema que es oráculo, artefacto para salir de lo real, palabras que aman la vida y buscan contener el fin del mundo.
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En un par de poemas usted hace referencia a la incorrección gramatical, las cacofonías, las palabras prohibidas, el exceso de rimas y anáforas, etcétera, y eso se lee casi como una declaración de principios sobre el lenguaje que desborda la norma y el poema que no se ajusta a las convenciones.
En ese poema me burlo de mí misma. Yo les digo en clase a los estudiantes: “Por favor, no usen la palabra ‘corazón’ en los poemas, no usen ‘alma’ ni ‘espíritu’ y traten de no rimar; es que rimar es algo que sale instantáneo, un proceso que no pasa por el pensamiento riguroso”. Ellos ponen esas cacofonías y creen que así es como se hace lo poético y que el lenguaje se sostiene en un andamiaje que nos dice que este es el significado y este es el significante. Ahí no hay línea de duda, no hay cómo escapar, y yo creo que lo que hay que hacer es escapar. Cuando nos escapamos ejercemos una violencia sobre el lenguaje y ahí es donde de verdad pasa algo: cuando sacamos el lenguaje de lo puramente transaccional y lo hacemos decir de verdad lo que hay detrás; entonces la fácil es rimar.
Sobre esos asuntos que pasan por su mirada crítica están el consumo de la carne animal —“instituciones que dañan el metabolismo”, el “pollo fabricado o tristemente transportado”—, las guerras, la urbanización acelerada. ¿Cómo logra alejarse del panfleto o de la moraleja?
Yo creo que eso está atado a todo lo otro que va pasando en el libro, entonces mientras que hay unos seres que habitan una casa, tienen unas rutinas, oyen música, trabajan y van al mercado, pues la vida está sucediendo. Por ejemplo, cuando decimos que la retroexcavadora está otra vez abriendo huecos, eso ocurre porque todos los pensamientos de lo que vamos viendo se van cruzando en el andamiaje poético, en la construcción, en la composición del poema. Y como la idea no es cantaletear a nadie, sino simplemente decir lo que estoy pensando, así como estoy pensando en el proceso mismo de construir un poema y en las rutinas, qué es el afuera y qué es el adentro, qué es el poema y qué no lo es, pues también voy lanzando lo que voy pensando.
Usted dice que hay que escribir para tratar de retener algo, y habla de la imposibilidad de decir las cosas con palabras. ¿Cómo logra, a pesar de esa insuficiencia, manifestar el mundo a través del lenguaje?
Yo creo que la insuficiencia del lenguaje existe porque tenemos mucho miedo a morirnos, a que las personas que queremos desaparezcan, a que otra perra se muera, y entonces sentimos que el lenguaje no es suficiente para poder nombrar una angustia que es puramente existencial. Frente a eso, ¿cómo retenemos la vida?, ¿cómo retenemos este ahora? Nos toca tratar, hacer volteretas con el lenguaje para ver cómo se fundan por lo menos algunas cosas, aunque uno sabe que todas van a desaparecer. Yo juego un poco a eso también; cuando estoy tratando de fijar una forma, esta se va transformando en el libro, lo cual tampoco logro y por eso hablo de fracasar, porque todo el tiempo lo que se hace con el lenguaje es fracasar. Pero, pensando en Beckett, hay que fracasar cada vez mejor. Al final, ¿cómo nombra uno el miedo a que desaparezca lo que uno ama?; es que no hay palabras para eso. Lo único que queda es la poesía como un reflejo distorsionado que trata, pero nunca da cuenta completamente de esa cosa fantasmal que hay en el lenguaje, y eso es lo que rescata la poesía.
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Otros asuntos son la exigencia y las expectativas del mercado editorial, que espera una poesía original y vanguardista que rompa con todo, y a la vez sostiene el mito de los señores poetas que escribían bajo una estructura tradicional clásica. ¿Cómo se juega con esa idea de lo que debe ser la poesía?
Eso es bien complicado. En el poema donde menciono eso, casi todo está atravesado por la vida real, pero visto desde la ficción. Ocurre que yo estaba escribiendo un libro donde pensaba sobre la violencia en Colombia y alguien me dijo: ¿Vas a seguir escribiendo eso siempre?¡Tienes que ser más vanguardista! Y yo: “¿Qué significa eso?, ¿qué es ser una poeta vanguardista y rompedora de las formas?”. Entonces dije: “Voy a hacer lo que yo quiera; no tengo por qué darle cuentas a nadie de lo que escribo o no escribo, ni estoy escribiendo para complacer. La poesía puede ser todo, menos servil”. Yo creo que lo que se espera todavía es que las mujeres no hablemos, o que hablemos lo menos posible, y yo creo que si en el poema, en la literatura, cuando escribimos no nos zafamos un poquito de eso, no lo vamos a hacer nunca, pese a que todos los días toca luchar por la libertad.
Es reivindicar otros modos de hacer poesía...
Es un momento de respiro, pero también una oportunidad para decir: Esto es lo que pienso, esto es lo que creo y lo voy a hacer a través de estas formas que seguramente no les van a gustar, cuestionando todo el tiempo ese ojo vigilante que nos ha dicho a las mujeres: “Eso no es un poema”. ¿Quién me va a decir a mí que eso no es un poema? Un poema es lo que yo quiero que sea; para eso hay unas potencias en el lenguaje funcionando y unas maneras de pensar que son las que hacen que sea un poema, les guste o no. A los señores que han sido tan críticos al respecto, y que también con ese ojo vigilante han hecho que dejemos de escribir, que no escribamos de verdad desde donde queremos y que no escribamos sobre los temas que consideramos importantes, pues les toca lidiar con eso y ver qué van a hacer.
Usted afirma que lo doméstico también es político. ¿Cómo trabaja esa idea desde la poesía?
Lo doméstico es político y es estético; son las tres cosas al mismo tiempo, y siempre que tomamos una decisión frente a algo hay una subjetividad, por supuesto, pero también hay una manera de mirar la realidad políticamente. Por ejemplo, eso del vecino que no saca a pasear a sus perros es real, y frente a eso hay que tomar unas decisiones, asumir una postura. Todo el tiempo hay que tomar posturas y siempre es mejor tomar la de quienes defienden la vida. Ahí está lo político, que podríamos reducirlo a unas interacciones que ocurren en un edificio, pero resulta que ahí hay un montón de personas que también están pensando en que tienen unos derechos y unos deberes, entonces lo político atraviesa todo. Por eso la poesía son esos pequeños gritos, desahogos, formas de pedir ayuda, pero también tiene que ver con el proceso de pensamiento. Uno puede estar pensando en construir un poema que hable sobre unas cosas, pero la vida está interviniendo todo el tiempo.
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