Yalitza Aparicio pertenece a la cultura mixteca. Los orígenes de esta civilización corresponden al período Preclásico Medio (2.500 a. C. – 200 d. C.). La presencia de esta comunidad, como la de muchos de nuestros antepasados, fue abolida por la llegada de los españoles.
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En la cultura y visión cosmogónica de los mixtecas se halla Dzahui, el dios de la lluvia. Esta deidad fue por mucho tiempo la divinidad patrona de la civilización mixteca. Como en muchas de las esculturas de la época prehispánica, a Dzahui lo identificaban y lo representaban con las piedras y su particular forma de gotas de agua.
De ese elemento natural asociado a la pureza fue llevada Yalitza Aparicio, de ese elemento se ha nutrido constantemente Alfonso Cuarón para sus películas. Las metáforas y los mensajes van creando un universo en el que cada contacto o vínculo del ser humano con el agua retratan un instante cumbre en el que la historia asume un giro en la narración. Los nacimientos, peripecias y epifanías brotan de los reflejos y las gotas que empapan a los personajes de Roma de dolor, angustia y desahogo.
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Aparicio se graduó de la Escuela Normal Lázaro Cárdenas, de Putla, Oaxaca, gracias a los esfuerzos de su madre, Margarita. Esa mujer que la acompañó al casting de la película dirigida por Cuarón, porque temían que fuera un engaño que la llevaría a caer en la trata de blancas. Ese acompañamiento y lealtad que surge desde la gestación es el mismo acompañamiento y coraje que Yalitza ha demostrado con sus hermanos y que tuvo que reflejar con naturalidad en Roma. Su instinto de protección y liderazgo en una familia que rompe los estereotipos de la sociedad patriarcal fueron rasgos distintivos que le dieron a Yalitza un papel fidedigno y casi que calcado de la vida de Cleo, la nana de la familia Cuarón. Las actuaciones de una mujer que nunca antes había posado para el lente de una cámara y que jamás había trabajado su memoria para aprenderse un libreto fueron, también, un tributo a su mamá por su esfuerzo y su legado. Y es tal vez, a partir de ahí, que empieza a configurarse todo un universo narrado por la voz de la mujer. Un designio del porvenir fue germinando en las tierras de Tlaxiaco, ciudad ubicada al noroeste de Oaxaca y perteneciente a la región mixteca.
Yalitza Aparicio desconocía por completo su destino como actriz. Se visualizó siempre como poeta o pintora. Reconocía su vena artística y también la dejaba fluir aquellas mañanas en las que también impartía clases de danza a sus alumnos de preescolar. Sin embargo, por un impulso y un atrevimiento de su hermana Edith, Yalitza Aparicio terminó en un casting que fue anunciado en la Casa de la Cultura local de su municipio. En un giro imprevisible, Edith fue quien terminó acompañando a Yalitza, pues la apariencia física y el comportamiento de la segunda terminaron por despertar en Cuarón una imagen muy semejante a Cleo, la mujer en la que se inspiró para contar una historia atravesada por los recuerdos, por la imagen binaria del blanco y negro que siempre sopla un aire de pasado y de misterio.
Atrás quedaron los algodones de azúcar y las caminatas en el centro de Tlaxiaco. Yalitza Aparicio ahora turnaba sus días en las locaciones en las que se grabó Roma. A un lado se quedaron esperando los libros de poesía y las cartillas con las que dictaba clases. En sus mesas de noche se quedaban los libretos que no siempre eran los mismos para todos, pues una de las apuestas de Cuarón era lograr que sus actores vivieran las grabaciones con absoluta naturalidad y espontaneidad. Así, muchas veces lo sucedido en escenas específicas era inesperado para ella o para Nancy García, amiga de Yalitza que decidió acompañarla a la segunda etapa del casting y también terminó en la cinta interpretando a Adela.
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Hace unos años Aparicio jamás llegó a imaginarse que terminaría encarnando el papel de Liboria Rodríguez y narrando desde un personaje poco convencional el contexto histórico y social de México en la década de 1960. Ahora su imagen humilde, curiosa y carismática se ve en los carteles en los que afirma ponerse nerviosa. Su mirada expectante y tímida ya ha sido vista en países como Estados Unidos, Inglaterra y Canadá, recibiendo distinciones y aplausos por un trabajo traducido en proeza y en leyenda, pues no solo es el formato, la imagen, el relato que construyó Cuarón alrededor de sus reminiscencias; es, también, el logro de haber asumido un mundo desconocido y afrontado con valentía el protagonismo de una película que se escribió para hacer historia.