6 Aug 2018 - 7:56 p. m.

La Sinfonía N.° 7 del Sitio de Leningrado

Algunas de las grandes luchas y transformaciones de los últimos siglos han estado acompañadas por canciones o sinfonías que han unido a los pueblos o a los ejércitos. Presentamos las historias de 13 de ellas.

FERNANDO ARAÚJO VÉLEZ

Y luego empezaron a contarse las horripilantes historias de los 900 días del Sitio de Leningrado, cuando tres ejércitos nazis rodearon la ciudad y después ingresaron en ella, y hubo muertes, barbarie, vejaciones y en fin: la guerra. Y el Ejército Rojo se defendió, y con él se defendieron los hombres, las mujeres y los niños, que incluso regaron de explosivos los sótanos de la ciudad para que todo estallara si no lograban vencer al enemigo. El tiempo pasó. Los alemanes avanzaron. Hitler exigió la victoria. , costara lo que costara. Stalin, sus generales y el pueblo se defendieron. Resistieron. Llegaron el otoño y el invierno. El hambre, las enfermedades. Hasta los cadáveres se vendían de contrabando, porque algo había que comer. Los enemigos de antes pasaron a ser amigos, aliados, y la patria dejó de estar en discusión. No importaba Stalin, no importaban los soviets, no importaban el pasado ni lo pasado. La patria eran todos, y era el futuro. La patria eran el vecino y el hijo del vecino. 

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Y eran los poetas y los músicos, los filósofos, los que habían denunciado las arbitrariedades de Stalin y su gente, el terror, y los que los habían perpetrado. La patria era Anna Ajmátova, enemiga del sistema, perseguida por el sistema, pero amada por el pueblo. Por eso con los nazis encima, leyó por la radio una proclama recordando lo que había sido y lo que significaba Leningrado, que antes había sido San Petersburgo. Y habló de Pushkin y de Dostoievski, y dijo, “Nuestros descendientes honrarán a cada madre que vivió durante la guerra, pero sus miradas se detendrán en la imagen de la mujer de Leningrado en el techo de su casa durante el bombardeo aéreo, con un bichero y unas tenazas para el fuego, protegiendo la ciudad del incendio; en la muchacha voluntaria de Leningrado que ayuda a los heridos entre las ruinas todavía humeantes de un edificio (…). No, una ciudad que he engendrado mujeres como éstas no puede ser conquistada”.    

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La patria era y fue Dmitri Shostakovich, quien acudió al llamado urgente y desesperado de Stalin, pese a que Stalin ocho años antes había denigrado de él y lo había condenado al ostracismo, pues la música que compuso para una versión de Lady Macbeth no había sido suficientemente “patriota”. Es decir, suficientemente estalinista. Entre bombas, metrallas y gritos, Shostakovich creó su Sinfonía N.° 7, y la ensayó con músicos sacados de los sótanos de la ciudad, o retirados, o ebrios para no morir en sano juicio, y la estrenó con ellos en septiembre del 42, temblando él también, a la espera de que las notas de su obra, retransmitidas por la radio nacional soviética en parlantes que los soldados habían puesto en las calles, unieran al pueblo. La patria era y fue el arte, esencia de los rusos desde los tiempos de los tiempos, y fue volver a esa esencia para trascender las ideologías y derrotar a los nazis, aunque tuvieran que pasar 900 días y más de un millón de muertos.

 

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