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Andrés López: “En la calle sigo siendo el mismo que se para en el escenario”

El actor presentará las últimas tres fechas de “La pelota de letras” en el teatro Cafam, entre el 30 de enero y el 1° de febrero. En este chat habló sobre la comedia, los nervios en escena y la versión original de la obra.

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Santiago Gómez Cubillos
30 de enero de 2026 - 02:00 p. m.
La primera función de “La pelota de letras” se realizó en febrero de 2004.
La primera función de “La pelota de letras” se realizó en febrero de 2004.
Foto: Gustavo Martínez Pardo
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Después de más de dos décadas en el escenario, ¿todavía siente nervios antes de cada presentación?

Siempre hay nervios antes de la acción. Esa frase la dijo Fontanarrosa en un cómic de Boogie el Aceitoso, cuando el personaje recordaba que, incluso antes de subir al helicóptero rumbo a Vietnam, sentía nervios. A mí eso me marcó mucho, porque es exactamente así: uno está a la expectativa de todo. Se pueden planear muchas cosas, pero siempre hay contingencias, siempre pasan cosas nuevas. Nunca un show es igual a otro, ni un público igual a otro, y uno tiene que estar dispuesto a todas las posibilidades: desde que no se rían o no te entiendan hasta un éxito rotundo, con la sala llena.

Yo me hago cargo de lo que escribí, dije y expresé, pero se siente como mandar un mensaje en una botella. Es como ser un náufrago que la lanza al mar para ver a quién le llega, como en la canción “Message in a Bottle” de The Police. Además, muchas veces uno viene de un vuelo larguísimo, de madrugar, o llega al final de la noche con todo lo que ha pasado durante el día. Empezar una obra es durísimo: los primeros segundos son brutales.

Se lo pregunto porque con esa frase arranca “La pelota de letras”. ¿No han bajado ni un poco esos nervios?

No. Si uno se calma o se confía, pierde. Esta es una actividad muy intensa. Llevo 35 años parándome en los escenarios y siempre hay algo que puede pasar, así que uno no puede entrar confiado. Siempre existe esa posibilidad de que algo ocurra.

¿Cómo encuentra la comedia en la vida cotidiana?

Todo es susceptible de verse con los ojos de la comedia. La risa es una terapia fundamental que rompe la realidad en sus bases mínimas. Suelo decir que la comedia es como un acelerador de partículas: toma dos partículas y las choca con tanta intensidad, que permite ver los pequeños corpúsculos que contiene el universo de la comedia. Así es la realidad. Para buscar comedia, por ejemplo, hablo con la gente. La comedia vive en cada cosa: en la calle, en los restaurantes, en las familias. Me encanta el tema familiar, la pareja, la pareja que se gusta, los planes que hace la gente. Me interesan mucho las diferentes regiones, cómo cambian las vivencias de una región a otra, de un país a otro. Me gusta expresarme más allá de los límites lingüísticos: usar el cuerpo, la expresión, la onomatopeya, los sonidos. Todo eso me apasiona porque, en el fondo, se trata de romper la realidad en sus partículas mínimas.

¿Diría que es la misma persona arriba y abajo del escenario?

Claro. Esa es la referencia de lo que tiene que ser el actor. Soy tal cual soy. Hay una frase de Agustín Jiménez, un comediante español y gran amigo mío, que dice: “Interprete al personaje que sea, el que lo debe hacer es mi mejor yo”. Eso es lo que ocurre conmigo. En la calle sigo siendo el mismo que se para en el escenario. Siempre hay una búsqueda de que ese personaje que está frente al público sea igual al de la realidad, y eso no tiene ningún problema. Al contrario, es un acercamiento para conocerse y ser uno mismo.

¿Ha vuelto a ver la versión original de “La pelota de letras”?

Sí, a veces veo fragmentos. Trato de ver cómo ha evolucionado. Nunca hay dos “Pelotas de letras” iguales. El DVD que se grabó en 2005 es la fotografía de un momento específico de “La pelota de letras”. Siempre quise que hubiera cosas nuevas para decir, porque las generaciones van creciendo. He catalogado muchas generaciones; hasta ahora van como seis o siete. Cuando cayó el último edificio de las Torres Gemelas del World Trade Center, que fue como a las cinco de la tarde, ahí dije que empezó a nacer una gente nueva. Y hasta ahora no he visto un quiebre generacional claro, algo que diga que marque un antes y un después.

Pues, hubo una pandemia…

No, eso todavía no. A mí me parece que, en el fondo, sigue siendo lo mismo. Yo catalogo a las nuevas generaciones como generaciones jabón: uno afirma algo de ellos y enseguida saltan para otro lado. No se les puede fijar fácilmente una definición. Eso ya hacía parte de la descripción que yo daba de las nuevas generaciones desde la generación Y. Los cambios realmente radiantes, esos que permiten decir “esta generación es así”, yo no los he visto. Creo que la generación actual va a durar hasta más allá del 2050 o 2055. Siento que va a ser una generación de largo alcance, dividida como en tres frentes. Los AA son los W del siglo XXI, y eso se repite. Eso lo predijo un filósofo e historiador alemán del siglo XIX y comienzos del XX, Oswald Spengler, quien hablaba de los bucles de la historia, de cómo la historia rima y tiene un comportamiento orgánico. Pienso que la pandemia no fue tan intensa en el sentido de que nos hubiera cambiado el modo de vivir o de ser. Los comportamientos de la última generación, la AA, se podían involucrar fácilmente con lo que ocurrió durante la pandemia. Fue como un paréntesis historiográfico. Eso ya había pasado en Colombia a comienzos del siglo XX con la epidemia de influenza: fue durísima y hoy nadie se acuerda, y al final no representó una crisis cultural ni social profunda a nivel de pensamiento.

A pesar de que hable con ligereza de temas como estos, ¿qué cree que podemos aprender de la vida a través de la comedia?

La comedia, cuando es comedia, pone al público a observar ciertas cosas de tal manera que pueda examinarlas. No se trata de destruirlas, sino de mirarlas con atención. Y si hay algo que haya que destruir, que sea lo malo, lo que no ayuda. Eso es Molière básico.

¿La pelota de letras es Molière básico?

Es Molière básico. O bueno, no: Aristófanes básico. Molière decía que la comedia es la manera de decir la verdad sin que lo maten a uno. Eso hoy no es tan aplicable, pero la idea sigue ahí. La comedia bien dicha crea cierto blindaje para el comediante. Recordemos que El Tartufo de Molière que conocemos es una versión censurada; el verdadero Tartufo quién sabe dónde quedó. Aristófanes es, en realidad, lo que más ha sobrevivido de la historia. Él no ponía el dedo en la llaga, sino el dedo en la verdad: en lo que nos está pasando, en lo que somos, y en cómo examinamos eso de una manera que nos permita una dialéctica, confrontar la realidad con una sonrisa en la boca. Esa es la gran invitación de la comedia: no olvidar los problemas, sino enfrentarlos con una sonrisa.

Hay otra frase que me gusta mucho: dime de qué te ríes y te diré quién eres. Hay risa destructiva y risa constructiva. A mí me interesa que la familia se encuentre, que la comedia que hago genere una esperanza de familia, una esperanza de constructividad, de que podemos reír y que hay esperanza en el reír. Ese es mi estilo. Por eso la gente va en familia a mi show, a pasarla bien, y se lleva mensajes de familia, que es lo que nos une.

Santiago Gómez Cubillos

Por Santiago Gómez Cubillos

Periodista apasionado por los libros y la música. En El Magazín Cultural se especializa en el manejo de temas sobre literatura.@SantiagoGomez98sgomez@elespectador.com
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