La suma de las voces

7 May 2022 - 9:10 p. m.

Batman, chicas y Michel Houellebecq (Cuentos de sábado en la tarde)

¿Qué se supone que debo escribir aquí? ¿Todo lo que hago? ¿Lo que pienso y siento? Y, sinceramente, lo único que pienso es que los diarios son una soberana estupidez.

Beatriz Dávila Reyes

"Si no soy el más atractivo del planeta, ni tengo abdominales de acero, ni fotos escalando el Everest, era importante escribir algo ingenioso. Comencé: “Soy uno de los pocos románticos que quedan en el mundo.” ¿Qué más podía escribir?". - Beatriz Dávila Reyes
"Si no soy el más atractivo del planeta, ni tengo abdominales de acero, ni fotos escalando el Everest, era importante escribir algo ingenioso. Comencé: “Soy uno de los pocos románticos que quedan en el mundo.” ¿Qué más podía escribir?". - Beatriz Dávila Reyes

Jueves

¿Qué se supone que debo escribir aquí? ¿Todo lo que hago? Querido diario: hoy me saqué un moco. ¿Lo que pienso y siento? No sé qué siento. Pesadez estomacal y una altísima dosis de sueño y aburrimiento. Y, sinceramente, lo único que pienso es que los diarios son una soberana estupidez. Fue idea de mi hermana, Margarita. Tiene buenas intenciones, la pobre, pero habla con un lenguaje y una arrogancia insoportables. “Para que proceses lo que te está pasando. Es como un amigo al que puedes contarle todo”, me dijo. Yo ya tengo amigos. Con ellos no hablo mucho de temas personales, es verdad; hablamos sobre todo de política, de nuestros trabajos, a veces de alguna peli o serie de Netflix, qué sé yo. Pero no sé cómo puedo hacerme amigo de una libreta con Batman en la portada. Algo me hace pensar que mi hermana mayor cree que todavía tengo nueve años. De hecho, asegura que tengo asuntos no resueltos de infancia. Como es psicóloga, se cree con el derecho a analizarnos a todos. Yo le dije que estoy bien. A veces me da un poco de ansiedad, no duermo y por momentos extraño a R, pero todo normal. Ataques de llanto, normales. Poca ilusión de vivir, normales. Fantasías suicidas, normales. Excesos de alcohol y de comida grasienta, normales. Visualizaciones de venganza, normales. Rabia, odio, pánico y tristeza en sus justas proporciones.

Domingo

Los fines de semana es cuando más la extraño. Esta mañana leí todos los periódicos en línea y me tiré dos horas viendo videos. Los mejores eran de unos filipinos cantando una canción de El Rey León. Luego hice una siesta con una paja, tras las cuales me desperté muy despistado y aún más solo. La ausencia de R, el día gris y frío, mi barriga enorme y peluda, la caja de pizza de pepperoni extra grande de anoche en el suelo... yo, comiendo Pringles y con aliento a cebollín, viendo a unos filipinos en YouTube cantando Hakuna matata, mi mano pegajosa... todo me deprimió.

No quería estar solo pero tampoco quería ir a donde los viejos. En cuanto cruzo la puerta vuelvo a ser un niño de doce años (la “infantilización”, como diría Margarita). No había hablado del divorcio con ellos, pero mis hermanas les contaron ayer, y todo estaba dispuesto para que la tarde fuera un desastre. Cuando llegué mamá me abrazó, dijo que lo sentía mucho, que contara con el apoyo de toda la familia y me mostró orgullosa el tiramisú que había hecho para alegrarme. Hasta ahí, todo bien. Pero luego, mientras cenábamos, salió con que quería confesarme algunas cosas. Que hasta ese día no había perdido la ilusión de tener nietos. Que, en realidad, nunca le había gustado R (yo sabía que no le gustaba: tenía el pelo corto y no quería ser mamá y eso para mi madre es de marimachos). Que estaba preocupada por mí, sin familia y con cuarenta y cinco. “Y encima con ese trabajo, hace más de diez años”. Le dije que ocho años, no diez, y le pregunté qué tenía de malo mi trabajo, pero mamá de repente lucía muy concentrada pescando una alverja en su plato. Papá, que sólo había hablado de la cocción de la carne y de la noticia de un terremoto no sé dónde, comenzó. Que él a mi edad ya había criado dos hijas y un hijo adolescentes. Que estaba terminando de pagar la casa y que ya tenía su propia agencia inmobiliaria. “Siempre he pensado que los hijos deben cometer sus propios errores, Jo. Pero no quiero que en unos años te sientas frustrado”. “¿Frustrado, por qué?”, pregunté, cruzándome de brazos. Hubo silencio. Papá y mamá se miraron. Se revolvieron en sus sillas. Más silencio. “Bueno, por no haber construido nada”, añadió mamá, encogiéndose de hombros y dándome la estocada final. Ok, de manera que así es. No es sólo R. Mis padres también creen que soy un fracaso. Respiré profundo. Les dije fríamente y con odio que agradecía su preocupación, pero que yo manejaba mi vida como se me diera la hijueputa gana. “¡Joseph!”, chilló mamá. “¡Cómo te atreves a hablarnos así!”, gritó papá. Yo me paré de la mesa y salí corriendo a refugiarme en mi habitación (que, salvo algunos muebles arrumados, está igual que hace treinta años, con mis comics de Batman y el afiche de Red Hot Chily Peppers). Mamá me llevó la cena arrepentida pero yo no quise comer ni hablarles más, y me largué casi a las once, sólo después de que Batman fulminara al Pingüino.

Martes

Voy a hacer un viaje. Yo también puedo salir de mi zona de confort. Podría ir a algún lugar exótico. ¿A dónde? El Santi estuvo en Etiopía. Dice que comen con la mano, una especie de pancake enorme con carnes picantes. Pero no, mejor no. Yo tengo la digestión delicada. Freidel, el gordiflón de marketing, fue hace poco a Azerbaiján ¿O sería Uzbekistán? Podría comenzar con París. Suena sofisticado, culto. Podría ir a museos y todo eso. Me gustan los impresionistas, en especial Gauguin (pero no estoy seguro de que sea impresionista. Tampoco de que sea francés). R es más inteligente que yo, leía mucho, pero no creo ser el más tonto. Tampoco soy el más feo. A lo mejor algo convencional. R decía que tengo que vivir más intensamente. Debe de estar todavía en Japón. ¿Se estará follando a algún japonés? Debe tener el pito minúsculo, más chiquito que el mío, el japo. Eso me consuela. Dijo que quería vivir nuevas experiencias, como viajar. ¿Por qué no podía hacerlo conmigo? Tal vez también quería follar, ¿pero con japoneses? ¿Con algún europeo hippie en las playas de Tailandia? No pienses, Joseph, no pienses que te vas a enloquecer. A lo mejor es verdad que está visitando templos y aprendiendo caligrafía. El resto del tiempo estudia japonés. Es difícil, el japonés. No tiene tiempo de conocer a nadie. A no ser que sea en la escuela de idiomas. Un australiano surfista y bronceado, con el pipí enorme. ¡Coño! Mejor me tomo un whisky doble. Una foto en Instagram junto a la torre Eiffel estaría muy bien. Podría leer novelas francesas y que R se entere. Y conseguir novia pronto.

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Sábado

París. Casi las 16:00. El día ha estado oscuro y deprimente. Además, todo parece indicar que la maldita aerolínea barata extravió mi maleta. He estado tres días con la misma ropa. Tuve que comprar medias y calzoncillos en Monoprix. Antier llegué tan agotado del viaje que dormí hasta las cinco de la tarde. Luego me eché un poco de agua en la cara y salí a caminar por el borde del Sena. Es un sueño de ciudad. También las francesas, pero te miran como un insecto. Al caer la noche, con las primeras luces de la ciudad, vi muchas parejas caminando por ahí, cogidas de la mano, riendo o besándose bajo un farol. Pensé en R y me ardían los ojos. Después pisé mierda y tuve que volver al hotel a limpiar los zapatos.

Ayer fui al Louvre y hoy a L´Orangerie. La habitación de Van Gogh es un cuadro pequeño que me pareció decepcionante. A la Mona Lisa la vi a desde lejos, cubierta por un vidrio y detrás una horda de turistas chinos. Cuando salí del Louvre era tarde. Llegué a un barrio en el que había decenas de africanos en la calle, hombres conversando en grupos. No es que yo sea racista, pero se quedaban mirándome con caras de pocos amigos y yo tenía todo el dinero conmigo y me temblaban las piernas. Me alejé de allí y en una calle desolada encontré un antro con luces de neón donde servían kebab. Me atendió un turco muy joven que tampoco hablaba francés. Me sentí unido a él, en nuestra soledad, en esa noche lluviosa, en un país ajeno. Hacía mucho frío y eché de menos mi abrigo.

En este momento escribo desde un café frente a la Torre Eiffel. Este minúsculo café crème que sabe a cenicero me costó un testículo. Me sirvió un camarero bigotudo y gruñón que creo que, además de robarme, me insultó cuando le pedí el cambio. Publiqué en Facebook las fotos de esta tarde. Mi selfie a la entrada de Shakespeare and Company ya tiene cinco comentarios y veintidós likes. Uno es de R.

Lunes

De regreso a casa. Comí demasiado anoche en mi última cena parisina en al Quartier Latin: steak con papas fritas, pan, mantequilla y mucho vino. Por la noche me dio indigestión, sudé frío, vomité. Siempre he odiado viajar. No sé por qué en el mundo de hoy todos tenemos que ser unos malditos nómadas. Nómadas y hedonistas. He estado mirando las fotos que publiqué y ahora me doy cuenta de una realidad que había negado hasta ahora: estoy gordo. Me pregunto si eso habrá tenido algo que ver con la partida de R. Tal vez ya no le gustaba. Yo creía que ella estaba acostumbrada a mi cuerpo lechoso y peludo. Pensaba que mi encantadora personalidad lo disimulaba, o que eran esos kilos que no se notan tanto. Pero en las fotos de París comprobé con horror que sí: se notan, y mucho. Me vi como un anciano obeso. El descubrimiento me deprimió. Ahora no sé si soy demasiado gordo. Demasiado aburrido. Demasiado rígido.

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Nunca me había comparado con nadie. No soy un tipo envidioso. Y ahora, todas esas fotos de gente feliz me perturban. Ahora, de repente, siento que todos son más ricos, poderosos y exitosos que yo, que tienen vidas más interesantes que yo, que súbitamente todos los demás tienen vidas de plena satisfacción y placer, que tienen cuerpos esculturales y viven vidas idílicas en mansiones de millones de dólares y navegan en lujosos yates por las aguas del Caribe, que practican deportes extremos y conquistan montañas, que tienen novias y esposas hermosas, familias felices. Los odio. A todos. En cambio, mis días son grises y banales. Estoy solo, dentro de poco tendré cincuenta, tengo almorranas y el colesterol alto, no soy ningún genio, ni soy rico ni arrebatadoramente guapo, estoy rechoncho y me huelen los pies.

Miércoles

Hoy llamó R a preguntar cómo estaba. Dice que está cumpliendo un sueño. Que espera que algún día la perdone y que me alegre por ella. Dice que espera que podamos acabar siendo amigos. Que no me olvide de cuidar el colesterol y que compre pastillas de arroz rojo. Como si mi alimentación importara en este momento. Como si ahora, para evitar sentarme junto a su puesto vacío en la mesa, no comiera de pie, junto al lavaplatos. Como si no hubiera dejado esta casa llena de ella, con un estudio al que no soy capaz de entrar, cubiertas las paredes de post-its amarillos con citas de escritores y frases de motivación, con los lápices regados en el escritorio y los libros que se quedaron abiertos el día que se fue, con un armario con ropa que huele a ella. Como si no me hubiera abandonado, a mí, y el mundo que tuvimos juntos. Margarita habla de “resignificar los espacios”. Yo sospecho que para eso tendría que prenderle fuego a la casa entera. ¿Amigos? Bien pueden mis arterias reventarse y bien puede R meterse sus pastillas de arroz por donde sabemos.

Jueves

Hoy fue mi primer día de gimnasio. Resulta que no sólo me sobra peso y me falta músculo, sino que mi enorme circunferencia de cintura me hace propenso a un ataque cardíaco. Debí saberlo: ya no me veo el pipí cuando me desvisto. A veces tengo que inclinarme para asegurarme de que sigue ahí. Una bondadosa mole de músculos me pesó, me tomó medidas y me reveló la verdad, y a pesar de su amabilidad y diplomacia, lo odié profundamente. Luego llegó la hora del primer entrenamiento. Pasé a un vestier amplio y luminoso, cubiertas las paredes de espejos, donde se paseaban completamente en bola réplicas casi exactas del hombre anterior (tipos sin un gramo de grasa ni un solo pelo en el cuerpo), con sendos penes al aire. Yo, con mi moderada estatura, mi moderado miembro, mi prominente panza y la generosa pelamenta que me recubre desde los tobillos hasta el cuello, me sentía como un hombre de las cavernas feo y perezoso.

Luego me mandaron al entrenamiento con un negro enorme, de ojos claros, al que le faltaba una oreja. Era intimidante y tenía mirada malvada. Al principio fue fácil: veinte minutos de calentamiento en una bicicleta de esas que no llevan a ningún lado, y al cabo de lo cual me sentí un rotundo campeón. Pero entonces sentenció: “sin dolor no hay ganancia, amigo”. Me hizo subir y bajar de un banco unas doscientas veces, sesiones eternas de abdominales, sentadillas, lagartijas, mientras yo sudaba a chorros y suplicaba clemencia a punto de perder el conocimiento. ¿Será posible que alguien pague por esto?

Viernes

Santi me convenció de abrir una cuenta en Tinder. Si no soy el más atractivo del planeta, ni tengo abdominales de acero, ni fotos escalando el Everest, era importante escribir algo ingenioso. Comencé: “Soy uno de los pocos románticos que quedan en el mundo.” ¿Qué más podía escribir? “Emprendedor, ávido lector, apoyo las causas sociales y ambientales, me interesa un estilo de vida fit, soy un apasionado de la música clásica y amante de la cultura francesa.” Punto y aparte: “Busco una mujer que tenga una locura sana” (léase, que quiera fornicar como si se fuera a acabar el mundo). Y el toque de humor: “Mi abuela dice que soy muy guapo, y seguro que soy mucho mejor tipo que el cretino de tu ex”. Elegí una selfie de hace unos dos años ­–cuando aún no me había convertido en un barril–, donde creo que me veo sexy. Perfil creado.

Empecé a dar likes casi indiscriminadamente. En especial a aquellas chicas radicalmente diferentes a R: las que salían dando saltitos de felicidad ante una puesta de sol o haciendo cara de pato para seducir a la cámara. Juro que tengo corazón de romántico. Una vez crucé medio estado para conseguirle a R un bonsai. Le propuse matrimonio en una playa, sobreponiéndome a mi absoluta fobia a la arena. Pero ahora el amor no me interesa en absoluto. Mi identidad de tipo bonachón se ha ido al carajo. Mi plan es follarme a toda la ciudad. Ser un Don Juan. Vengarme de ella. R, te quiero. R, cabrona.

Miércoles

Primero fue Margot. Lucía un sombrero de cowboy y saludaba con una mano a la cámara. Era linda. No un bombón, sino más bien una chica de esas que uno llevaría a casa de los padres. Me gustó porque era guapa, claro, pero también porque parecía inteligente. Era profesora de idiomas. Yo tenía bien claro que no quería mujeres demasiado trascendentales –esas se largan a Japón y te dejan hecho trizas–, pero sí que no me aburrieran. Margot hablaba rápido y tenía acento sureño. Nos pusimos una cita en un café-bar. A mi pesar, no apareció con el sombrero de cowboy (en los días previos al encuentro, el sombrero se había convertido en mis fantasías en una especie de fetiche erótico). Tenía pelo castaño y ojos de un azul pálido. Me divertía con ella. Era ingeniosa y no armaba rollos para nada. Sólo me había acostado con R en los últimos años, y me sentí inseguro. La primera vez que follamos estaba tan nervioso que hasta dudé de saber besarla bien. ¿Qué hacer con la lengua? Después comenzó a chuparme la oreja, me excité y le agarré las tetas como un adolescente inexperto y desesperado. Ella se rio y mi pene se puso flácido, como un globo desinflado. Con los días fantaseé con un viaje romántico. Me imaginé que nos casábamos y que hacíamos el amor en cada habitación de la casa. Por mi cabeza desfilaron niños de ojos azules. Me asustó lo que estaba sintiendo y le dije que necesitaba un tiempo.

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A Julia la consideré predecible y no muy brillante: perfecto antídoto contra el amor. Estudiaba para enfermería y era dulce; tal vez por eso le encantó la idea de ser mi salvadora. Su voz era como tener una máquina de sonido blanco de fondo que acompañaba mis días de forma apacible, hasta que llegó con una maleta y anunció que se venía a vivir conmigo. Le dije que tendríamos que pensarlo mejor. Lloró, me sentí fatal y se marchó otra vez arrastrando su horrible maleta de rueditas de “I love New York”. Luego vino Oceana, tatuadora y enigmática, y eso me ponía como un tren. Entre sus excentricidades estaba la comida crudi-vegana, vivir con seis gatos, tener actitud cínica ante casi todo, cosa que me encantaba, y varios amantes al tiempo, cosa que no me encantaba para nada. Traté de ser liberal y fingir que no me importaba. Una tarde la vi riendo a carcajadas y en evidentes amoríos con un tipo alto con cara de sueco. Estuve hasta bien entrada la noche caminando de un lado a otro sin parar, poseído por la ira, y comprendí que mi plan inicial de no involucrar sentimientos estaba destinado a fracasar.

Martes

A mi lado está Cristina. Duerme boca abajo y su pelo rubio cae desparramado sobre la almohada. Es abogada, especialista en marcas y patentes. Su perfil decía: “Se busca gente con cerebro que quiera pasarlo bien. Eso incluye sexo”. Punto. Lo que más me gusta de ella es que tiene unas piernas increíbles y mucha determinación. Lo que menos me gusta es que no tolera las debilidades humanas. Es dominante en el sexo. Es dominante en la vida. Le he hablado de amor y me ha dicho que enamorarse no está dentro de sus planes. No puedo decir que sea feliz a su lado, pero estar con ella es como un sueño. Me dice que la engañé, porque no soy emprendedor. Ni en lo más mínimo deportista. No soy realmente francófilo, ni experto en música clásica. No sé cómo defenderme; es verdad que exageré algunas cosas. Me siento engañada, dijo Cristina. No has construido nada, dijeron papá y mamá. Tienes que ser más ambicioso, dijo Santi. Falta algo entre nosotros, podrías vivir más intensamente, dijo R. Ahora está de moda salirse de la zona de confort. A mí me parece inteligente estar en la zona de confort. Cuando era niño notaba con terror cualquier cambio (de niñera, de estación, alguna reforma al hogar). Puede que no sea la vida de un gran héroe, pero hasta ahora había podido vivir tranquilo. No sé qué quiere R de mí. No sé qué quieren todos de mí. R se toma demasiado en serio su papel en el universo. Los tipos de mi generación se toman demasiado en serio su papel en la sociedad.

Domingo

Cristina me dejó. El cielo está nublado y la ciudad se siente enorme, como una megalópolis aplastante y desolada. Los solitarios de esta horrible Ciudad Gótica nos imaginamos que todos están en sus casas, con sus vidas perfectas y sus familias perfectas, y nos sentimos suicidamente miserables. Son las 18:00. La hora en la que se nos viene encima el fracaso, los traumas de infancia, las angustias, los corazones rotos. Todavía siento ese terror profundo del domingo, cuando el lunes tenía que ir colegio y no había empezado a hacer las tareas. Podría ir a Starbucks y fingir leer; allí a los vendedores los entrenan para ser amables y conversar contigo. Sé que están actuando, pero qué más da. En este momento nada importa. La sabiduría de Instagram dice cosas como: “Si tus sueños no te dan miedo, es porque no son lo suficientemente grandes”. Mis sueños nunca me han provocado una úlcera. Yo soñaba con envejecer junto a R. Comprar a plazos una casa con un jardín y tener mi propia huerta con tomates, rábanos y zanahorias. Podría ir a cine. Ver algo frívolo, con mucha acción y ojalá algo de sexo, que se acabe tarde, y para cuando vuelva a casa ya sea hora de dormir. Es posible que Houellebecq tenga razón. Quizás en el mundo contemporáneo, los tipos como yo estamos condenados para siempre a la soledad y a la masturbación.

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