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“Butes”: música para un marino marginal

Reseña sobre ‘Butes’, ”el último pequeño libro” del escritor francés Pascal Quignard sobre la música.

Belén del Rocío Moreno Cardozo

20 de octubre de 2022 - 12:06 p. m.
Portada del libro 'Butes', del autor francés Pascal Quignard.
Foto: Archivo particular
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En el 2011, Pascal Quignard entrega “su último pequeño libro sobre la música”. Para entonces ya había publicado numerosos escritos sobre el tema: La lección de música (1987), Todas las mañanas del mundo (1991), El odio a la música (1996), Lecciones de solfeo y de piano (2013). Con Butes retorna entonces a la cuestión de la música, acaso para concluir sin cerrar una vieja indagación sobre el arte que había dejado en suspenso al emanciparse del destino de organista que le fuera deparado por sus ancestros. En diecisiete breves capítulos, algunos de ellos con la extensión de un suspiro, traza un mapa sobre el origen del arte más antiguo. A la manera del cartógrafo, marca lugares, que también serán puntos de partida y retorno obstinados, para una indagación fragmentaria en su modo y episódica en el tempo de sus iluminaciones.

Quignard entonces toma el nombre de un personaje marginal de Las Argonáuticas de Apolonio de Rodas, para titular su último libro sobre la música: Butes. Este hombre de mar fue el anverso de Ulises, el héroe griego que logró escuchar y gozar del canto de las sirenas, sin correr con las consecuencias siempre mortales de abrirle la oreja a su seducción sonora. El precavido Ulises le taponó con cera los oídos a sus remeros y luego se hizo atar al palo mayor de su nao, de modo que lograron pasar por la isla sin que las sirenas les arrebataran el retorno. Otra fue la respuesta de Butes al llamado insular y anonadante de las sirenas. En el acto radical del marino encuentra Quignard la metáfora de la elección del músico y del amante de la música.

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Hagamos una breve memoria del episodio de Las Argonaúticas, donde aparece el marino marginal, el “olvidado del mundo”, para apreciar en su decisión al que podrá convertirse en adelante en “nuestro Butes”. Al momento en que la nave Argos se acercó a la isla Antemoesa, Orfeo de Tracia ejecutó una melodía con la que les ocupó los oídos a los navegantes de tal manera que pudieron proseguir su rumbo sin encallar en la isla-cementerio. Solo uno de ellos, Butes, el boyero, hijo de Teleonte, desoyó la música salvífica, y obediente al canto dejó su banco en la fila de los remeros, saltó, nadó con fuerza en medio del oleaje revuelto, para arribar a la orilla de donde provenía el llamado.

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¿Qué encuentra Quignard en este marino disidente para construir con él la más conmovedora conjetura sobre el origen de la música, allí mismo donde tantos otros han fracasado en el intento de adivinar su fuente? Butes no calcula, solo se arroja desnudo, cabeza por delante, desprovisto, para aproximarse al sitio de donde proviene el llamado musical. Ahora bien, ese llamado es un canto agudo, soprano, acrítico, es decir, no separado; canto femenino entonces, que solicita al inerme más que por sus oídos “por el pálpito de su corazón”. Sucede que ese mismo registro del canto, continuo, agudo, indistinto, preparó nuestro ingreso en la lengua materna.

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Ese llamado persistente al que se arroja el imprudente marino es lo que, en El odio a la música, Quignard había denominado “sonata materna”. Antes de que ingresemos en “la lengua de trapo de la nación”, escuchamos con el cuerpo la música que habita en la lengua natal. Ese sonido, al que la criatura humana resonó en afectos, antes de entenderlo, le fue insuflado por la madre, la atadora, la Sirena. Y acá, como en tantos otros recodos de su indagación, Quignard trae sus referencias etimológicas, con las que entrega revelaciones del genio depositado en la vasta historia del uso de las palabras. En efecto, el término “sirena”, “seiren, proviene de ser, atar. La palabra seira en griego designa la cuerda”. Podemos entender ahora, con esa breve indicación, el fundamento del recurso del astuto Ulises: opone las cuerdas con que se hace atar al lazo vocal de las Sirenas, las atadoras. Así también, el escritor francés nos entrega la arqueología de los dos movimientos con que el marino realiza su acto: primero deja de estar sentado, se des-sienta, para convertirse en el disidente [dis-sedeo] del grupo; luego, se arroja al mar, se va con la cabeza por delante, tomado por una precipitación [prae-cipitatio], que determina que ya no haya vuelta atrás. En contadas ocasiones nos encontramos con un uso realmente poético de la etimología, para engendrar con este recurso conjeturas envolventes sobre preguntas cruciales que empujan el movimiento de un escritor. La erudición de Quignard es la de quien puede “morir por pensar”, no la del alcanforado académico.

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El músico sería entonces aquel que afloja la cuerda de la lengua y de sus significados, para entregarse al goce de su entraña sonora. Compondrá con los sonidos que poblaron su llegada al mundo, antes de que las palabras lo colonizaran y los significados lo enjaularan en la fijeza de las correspondencias. Se zambulle entonces en un ámbito sonoro como aquel que escuchamos antes de quedar sujetos a las leyes del lenguaje. “El hombre que es el sacrificado del lenguaje”, de pronto suelta amarras y vuelve al comienzo, a su punto de partida, como el salmón que remonta la corriente para desovar y morir en el sitio del cual partió. De allí que Quignard diga, con la contundencia que engarza el fundamento real de la conmoción musical, que “el sentimiento estético […] es simplemente una recaída”.

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Este pequeño libro sobre la música está hecho de iluminaciones frecuentes: de pronto, después de alguna breve narración, el autor nos asalta con una máxima que condensa la incandescencia de la verdad que atrapa (“la música es experta en perdición”, “la música es capaz de ir al fondo del dolor”, “la música piensa […]”); de súbito, de algún excurso deriva equivalencias que sorprenden (la música es “el baile”); de improviso, describe nuestra emoción sofocada cuando escuchamos una pieza musical: “Manan nuestras lágrimas sin que nuestras manos las sequen, hasta tal punto el miedo a los vecinos, trabados como nosotros en las filas de la orquesta, nos obliga a permanecer inmóviles, con los dedos crispados sobre nuestros muslos, con los rostros desnudos llorando cara a la música”. Con estas últimas palabras, sé que Quignard me mira escuchando el canto de Marie Keirouz y leyendo a mi amado disidente Butes.

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Por Belén del Rocío Moreno Cardozo

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