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El médico que quiso narrar la Cartagena del siglo XVII

Manuel Camacho, autor de “Cartagena 1600: cuando el tirano mandó” habló sobre lo que lo motivó a escribir esta historia de piratas, esclavos y amores ambientada en la capital de Bolívar.

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Micaela Chiliquinga
11 de febrero de 2026 - 03:22 p. m.
Manuel Camacho es miembro correspondiente de la Academia Nacional de Medicina y aspirante a miembro correspondiente de la Academia de Historia de Cartagena.
Manuel Camacho es miembro correspondiente de la Academia Nacional de Medicina y aspirante a miembro correspondiente de la Academia de Historia de Cartagena.
Foto: Cortesía
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Usted es médico de profesión, pero decidió publicar su primera novela. ¿De dónde nació ese interés por la literatura?

Fui cuentero en la universidad. Esa experiencia me llevó a dirigir la sección Cuéntame el Cuento de El Espectador y a participar en una página llamada Agenda Universitaria. Con el tiempo uno se da cuenta de que puede estar menos preparado que otros, y en mi caso fue necesario un proceso de maduración de toda una vida para sentir que ya estaba listo para escribir una novela. Sin embargo, el gusto por la literatura viene desde muy pequeño.

Esta novela tiene un origen que está muy ligado a su padre, quien lo acompañó y lo apoyó en el proceso de investigación. Háblenos un poco acerca de ese momento en el que ambos deciden emprender este proyecto juntos.

Cuando mi papá cumplió 78 años pensé que debía comprarle un regalo. Un amigo que estaba conmigo me dijo que mejor le regalara tiempo. Su mamá ya no lo reconocía por el Alzheimer y, cuando iba a visitarla, ella no sabía quién era. Entonces fui y le propuse a mi papá que me ayudara a escribir el libro y a participar en la investigación. Leímos mucho y viajamos juntos. Eso nos dio una experiencia compartida muy hermosa y, tal vez, fue el gran regalo que nos dio la vida: poder desarrollar este proyecto juntos.

En un evento al que nos invitaron, mi papá respondió que, cuando uno tiene 80 años, es como un viejo guardado en una mesa, al que solo saludan el día del cumpleaños o algún domingo de visita. Dijo que esta experiencia le devolvió un hijo y lo llenó la vida. Esa respuesta nos hizo llorar a todos. Tener a alguien de otra edad, con una perspectiva diferente, analizando conmigo las fuentes, me llevó a reflexiones a las que no habría llegado solo.

¿Qué posibilidades narrativas le ha ofrecido Cartagena y qué hace este lugar tan especial para usted?

Cartagena ofrece todas las posibilidades narrativas imaginables. Uno puede hablar de manera sencilla de la bahía, del mar, de la calma de los atardeceres y de todo el romanticismo que encierra ese paisaje. Desde lo militar, la estructura defensiva de Cartagena es la más sólida del Caribe y una de las mejor conservadas. Pero Cartagena no son solo sus murallas: son, sobre todo, sus baluartes y sus fuertes.

Cada mirada sobre Cartagena es como abrir una puerta a un universo distinto. Es una ciudad absolutamente maravillosa, no solo por su belleza sino por sus contrastes, por la convivencia de riqueza y pobreza, por la herencia de la esclavitud y por todas sus capas históricas. Todas esas vertientes le dan a Cartagena una riqueza narrativa inmensa.

La novela parte de la voz de Tomás de Mendoza, un cristiano que es perseguido y que se gana la vida como falso médico y comerciante de esclavos. ¿Por qué escogió esta perspectiva narrativa para contar estos hechos?

Porque ese médico fue una figura muy famosa en Cartagena y su casa aún existe. El médico original se llamaba Blas Benito de Paz Pinto. Hay una anécdota muy conocida: en 1985 alguien tocó a la puerta de esa casa, abrió la mujer que la cuidaba y quien estaba afuera era Gabriel García Márquez. Gabo le dijo: “Señora, déjeme entrar, porque aquí va a vivir Fermina Daza”. Allí comienza “El amor en los tiempos del cólera”.

Como soy médico, esa historia me despertó una enorme curiosidad. Fui a buscar a este personaje en los registros históricos y lo encontré, junto con los archivos de la Inquisición donde aparece documentada su vida. Al encontrar su historia pensé que esa era la forma adecuada de contar, al mismo tiempo, la historia de un médico y la historia de Cartagena. Desde su mirada se desarrolla también una historia de amor con una mujer mulata, que es el hilo emocional que sostiene la novela y mantiene al lector atento. Detrás de ese relato íntimo, lo que se despliega es la evolución y el crecimiento de Cartagena.

¿Ha encontrado puntos de encuentro entre su formación como médico y su oficio como escritor?

Para ser médico es necesario tener una mirada humanista. Hay que comprender al ser humano, el dolor, la vida y sus procesos. Creo que si uno quiere escribir novela o poesía tiene que hablar de las pasiones, de los amores y las emociones, y la medicina abre una veta importante de sensibilidad. Ese sería el primer punto de encuentro.

Desde un plano más práctico, también me resultó muy interesante explorar cómo era la medicina en el siglo XVII. Normalmente no se piensa en esos detalles, y para mí fue revelador entender cómo se ejercía la práctica médica en 1600 y poder narrarla. Todo eso se incorporó al personaje: cómo ejercía la práctica clínica, qué tratamientos aplicaba y qué recetas utilizaba.

Esta novela marca el inicio de una trilogía. ¿De qué maneras quiere seguir narrando a Cartagena y cómo los relatos que ya ha escrito contribuyen a la ciudad de hoy en día?

En primer lugar, me siento muy agradecido. “Cartagena 1600” ha sido un éxito; “Cartagena 1700” ya está escrita y “Cartagena 1800”, que abordará la independencia vista desde esta ciudad, es el siguiente paso. Hay un tema cultural que me interesa profundamente: no entiendo por qué seguimos anclados a un patrón europeo que se asocia con lo valioso, y lo propio con lo popular. Creo que es fundamental rescatar que lo que somos como colombianos es una mezcla: de inmigrantes, de culturas, de comidas.

Contar la historia de Cartagena es contar la historia de la Nueva Granada y reconocer que todos somos, en mayor o menor medida, una combinación de raíces. Esa mezcla es la que nos hace distintos y esa es nuestra verdadera riqueza. Sin embargo, todavía arrastramos códigos sociales muy marcados por el color de la piel y la herencia colonial. Si lo miramos al revés, esa diversidad es precisamente lo que nos define. Por eso me siento tan satisfecho de que mis novelas destaquen esa mezcla gastronómica, religiosa y cultural. Creo que es una nueva manera de mirar la historia del país.

Por Micaela Chiliquinga

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