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El Pastor, de figura nervuda e imponente, desparrama su bondadosa mirada sobre sus fieles, unos amodorrados por tanta labia frenética; otros, indiferentes, quizá pensando en si tendrán para comprar la carne del almuerzo o si será más barato retazos de pollo y ya; otros, en cambio, lucen extasiados por sus palabras, abren ojos y bocas como queriendo alimentarse también del aire de santidad que expele el Pastor Argemiro, quien ahora abre los brazos, mira hacia el techo de su templo, azul cremoso, como pastel de quinceañera, y avanza hacia sus feligreses, vestido de blanco de pies a cabeza, lo cual resalta aún más su piel cobriza.
Brillan sus ojos y su dentadura postiza, en medio del claro-oscuro del templo; brilla con todo su poder la gruesa cadena que lleva al cuello: tres lazos de oro macizo, rematados en un nudo corredizo, semejante al de los ahorcados, del que asoman tres puntas, en representación de los pilares de su iglesia: Fe, amor y compasión, misma que se decidió a fundar hace ya 15 años, cuando acababa de salir de la cárcel y no tenía ni un quinto en los bolsillos. El Espíritu Santo se le apareció, solía decir en sus homilías, en la forma de bus urbano, que lo embistió, partiéndole ambas piernas, y mandándolo al hospital por una temporada, durante la cual conoció a quien se convertiría en su mentor ideológico y espiritual, un indigente moribundo, compañero de cuarto, quien le hablo de la palabra de Dios, y de cómo la felicidad también florece incluso en las circunstancias más adversas, como la calle o el hospital.
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“Por eso, hermanos, tengan siempre en cuenta que no existen los accidentes, todo está en el libro de Dios. Todo está allí, hasta el más mínimo detalle, escrito con su elaborada caligrafía de filigrana cósmica”, le gustaba repetir hasta la saciedad.
Ahora, el Pastor marcha paso a paso, como si se tratara de un equilibrista espiritual que se desplaza sobre la frágil línea que separa el cielo del infierno, o los escogidos de los rechazados por el Ser Supremo, aquel que habita allá, muy lejos, muy arriba de nuestras cabezas, más allá de las tragedias urbanas, el smog, las nubes y el firmamento, inmutable, diríase una mole impenetrable de sabiduría infinita.
Cuando la muchedumbre comienza a apelotonarse a su alrededor, en el mero centro de la iglesia, suenan tres disparos: ¡tas, tas, tas! El Pastor Argemiro se encorva, cogiéndose el vientre a dos manos. En su inmaculado traje, confeccionado a la medida, ahora se reproducen enormes amebas de sangre oscura. La gente grita y corre por todos lados, unos sobre los otros. Niños y ancianos son pisoteados sin compasión por la muchedumbre histérica y ciega, que se ha transformado en una masa informe de instinto de supervivencia. Solo hay tiempo para pensar en la propia existencia. Alabado sea el bendito egoísmo.
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El predicador ha caído de rodillas, la cabeza gacha, cual si se abandonara a los designios de su Dios. Frente a frente, solo con su destino. Aguardando el machetazo celestial. Todos sus seguidores han huido como ratas horrorizadas. Solo un sujeto permanece a escasos metros de él, quien levanta una enorme pistola plateada y le descerraja un tiro de gracia, en plena coronilla. ¡Tas! La seca detonación rebota en todos los rincones del templo. ¡Qué bien diseñado! Acústica impecable para que la voz de Dios sea escuchada por todos, y arrope todo, y a todos y todas por igual. Seguro que hasta las ratas y las cucarachas oyeron el disparo.
Un breve silencio y, a lo lejos, el rugido rabioso de una motocicleta que acelera, llamando la atención del pistolero, apremiándolo para que salga. El asesino carraspea, se rasca detrás de una oreja, pensando tal vez en hacerse con la hermosa gargantilla, pero mejor se guarda el arma, y camina hacia la salida, sin la menor prisa.
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Al día siguiente, los parroquianos se enterarán en los periódicos y en los noticieros de la TV de los resbalosos pasos que había dado su admirado líder espiritual, muchos años atrás, antes de que siquiera atisbara la presencia de Dios en su vida, cuando era apenas un simple expendedor de narcóticos en su pueblo natal.