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La mecedora era pequeña, de color blanco, y en una de las tablas del respaldar estaba grabado el nombre de la niña con letras doradas y la fecha de su nacimiento.
Recién llegada la mecedora a la casa, la niña no tuvo curiosidad por sentarse. Ella la alzaba encima de su cabeza y se la llevaba al patio. Sentaba a una de sus muñecas, y la muñeca miraba cómo la niña saltaba la cuerda. A Idalia le gustaba ir acompasada al ritmo del velillo y el balanceo.
Una de esas tardes advirtió que la muñeca tenía los ojos cerrados y resollaba. La aupó con cuidado para no despertarla de su reposada somnolencia, la llevó hasta el cuarto, la acostó en la piltra y la cubrió con una frazada de colores. Después, regresó al patio y se sentó en el balancín que expiraba los últimos movimientos, se balanceó y le pareció más divertido que brincar la cuerda. Inicialmente se mecía con lentitud, las piernas las extendía hacia adelante y luego hacia atrás, en cámara lenta.
Idalia se olvidó de la cuerda, como quien se olvida de un favor. La cuerda marrón y sucia de tierra quedó relegada a un segundo plano. En las horas de la mañana se mecía y por la tarde pedía el cordel a su madre, más que por ganas, por instinto, las piernas le saltaban solas. Algunas veces, su mamá no recordaba donde lo había guardado, la niña sin protestar levantaba los hombros y se volvía a sentar. En la casa dejó de escucharse el sonido seco y mudo de la cuerda golpeando contra el suelo, los pájaros cantaban, los perros ladraban detrás del aljibe y la alberca, los gatos saltaban a los árboles y paredes, como en señal de protesta…
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Al poco tiempo abandonó los zapatos con suela de hierro. Su madre se los sustituyó por unas sandalias de cuero. La niña ajena a lo que sucedía en la casa se mecía con suavidad mirando hacia el cielo, contemplaba las nubes, los diminutos aviones, los barriletes que ascendían y desaparecían como por arte de magia.
Su madre fue a hablar con la profesora de la escuelita de banquitos para rogarle que admitiera a la niña.
─Seño, ha mejorado mucho, ahora se está quieta en la mecedora, ya no salta, no le engaño, si quiere se la traigo para que la vea con sus propios ojos.
─No puedo permitir que los otros muchachos que ya casi están corregidos se me distraigan, me alegro mucho que la niña esté más tranquila, pero… ya estoy muy vieja para andar con tantos trotes, además, por ahí escuché que tiene una enfermedad que le diagnosticó el doctor Morales, que yo sepa ese doctor trata a pacientes que no están muy cuerdos que digamos, es mejor que preguntes en el colegio Primera de Niñas a ver si la aceptan, porque Idalia ya debería de estar en primaria. Además, allá hay varias profesoras, yo aquí estoy sola, y si los pelaos se portan mal, saco el cuero y se acabó, con Idalia creo que yo no sería capaz de enseñarle el cuero para enderezarla, porque ahora sé que la niña...
La madre de Idalia le suplicó a la profesora que por favor la admitiera para que aprendiera a leer.
─Pobre hija mía, se burlarán de ella en el colegio si ven que no dice ni mu ─se lamentaba la madre.
A la seño Minta se le ablandó el corazón, y le dijo a la madre, está bien, tráela mañana, si veo que se le da por levantarse y ponerse a brincar, te la llevo a la casa.
─Seño, esa pelá es inteligente, aunque diga el doctor Morales que tiene…, que todavía no se bien lo que es, la semana pasada la sorprendí con el libro de Nacho de sus hermanas y pronunciaba las letras del abecedario, y cuando me vio se quedó callada, le pregunté qué haces Idalia, y ni me contestó, yo creo que aprenderá rápido, ella es callada, pero presta mucha atención a todo, aunque no lo crea, mi hija no pierde el más mínimo detalle de nada.
La profesora la admitió sin mucho convencimiento, porque una obra de caridad no se le niega a nadie, menos a una niña con un trastorno. Al principio los niños le sacaban la lengua y se mofaban de ella. El balanceo de la mecedora les hacía desconcentrarse. A los pocos días el bamboleo ya no les molestaba. Los niños, rezaban, declamaban poemas, cantaban sin que nada les perturbara.
Idalia aprendió a leer entre meneo y meneo. Los niños salían al patio a jugar, desayunar, y la profesora le daba a la niña una empanada de carne ripiada y una avena, la nena se lo comía y solo se levantaba cuando ya no aguantaba más las ganas de orinar y corría derecho al baño, apretando las piernas.
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Un día, la profesora la sorprendió intentando meter la mecedora en el baño, los niños le avisaron, seño, allá está la niña rarita con la... La profesora se acercó sacudiendo el cuero en la tierra caliente, sin alterarse se la arrancó de las manos y la dejó en el salón de clases.
Cuando regresó la niña se sentó con el libro abierto en el regazo. A cada momento interrumpía la clase, estaba interesada en saber cómo se decía “choza” en otros países. Al principio la profesora no le contestaba.
Un día, la seño esperaba con inquietud la pregunta, ya que, tenía preparada una contestación, ese día la niña estuvo durante toda la clase en silencio.
Una mañana, dos segundos antes de que sonara la campana del recreo la profesora gritó: “¡En otros países no hay chozas, sino casas, las chozas solo las hay donde vive la gente pobre, como nosotros!”. Los niños salieron despavoridos al patio, empujándose.
Una guacamaya senil y desvaída desde su jaula chillaba: “¡chozas, chozas!”.