29 Jun 2021 - 11:48 a. m.

Murió Alí Humar, referente de la televisión nacional

Con esta entrada de la serie Historias de Vida, creada por Isabel López Giraldo para El Espectador, recordamos a Alí Humar desde sus raíces palestinas, su gusto por la política y sus movimientos entre el teatro y la televisión nacional. Humar falleció en horas recientes “a causa de un paro cardiorrespiratorio, luego de batallar con una enfermedad pulmonar agravada por el COVID-19″, informó la familia Humar Jaramillo en un comunicado.

Isabel López Giraldo

Alí Humar ingresó a la Fundación Santa Fe de Bogotá el 22 de junio, en un estado crítico de salud. En un comunicado emitido por la familia Humar Jaramillo, se dio a conocer que el actor y director falleció a los 76 años, luego de sufrir un paro cardiorrespiratorio derivado de una enfermedad pulmonar agravada por el COVID-19, a pesar de que Humar contaba con el esquema de vacunación.

Agradeciendo los mensajes de solidaridad, y reconociendo el trabajo de los médicos, la familia Humar Jaramillo recalcó que “el actor, director y presentador ha dejado un legado humano y profesional que tendremos presente en nuestro hogar y que se quedará en el corazón de quienes fuimos testigos de su innegable amor por la cultura”. En homenaje a su vida y obra, presentamos la Historia de Vida de Alí Humar.

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Soy básicamente un hombre de medios. He trasegado por todos los caminos, pues he sido actor, libretista, realizador, editor, director, pero no lo he hecho por haber estudiado o por estar movido por el deseo, sino porque las circunstancias me fueron llevando a ello.

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Orígenes

Mi pasado está segmentado. Mi padre, Yusef Omar Mustafá, fue un palestino que llegó al país en los años veinte, como parte del éxodo de los que llamamos siempre “los turcos”. Libaneses, jordanos, sirios, palestinos, huyeron de la situación de miseria en la que quedaron sus pueblos después de la Primera Guerra Mundial, buscando el oro de América, que, según el mito, esperaban recoger del suelo en medio del camino. Se instalaron en los puertos y solo los muy aventureros siguieron tierra adentro. Mi papá desembarcó en Barranquilla y se quedó ahí mientras se pudo defender con el idioma, aunque ninguno lo aprendió bien. Todos se contentaban con el hecho de que los entendieran, pues eso ya les era suficiente. Sin embargo, como les costaba tanto trabajo hacerse entender, los turcos adoptaron otros nombres. Mi papá terminó llamándose Alfredo Humar, pues cuando le preguntaron en el puesto de policía si su apellido llevaba h, y al no saber qué era ello, dijo que sí. Lo mismo ocurrió con la o, que se la transformaron en u. Así deformó su nombre, como ocurrió con tantos más.

Mi papá continuó su travesía hasta llegar a Bogotá, donde montó un pequeño almacén en el sector de Las Nieves. Un día cuando estaba en el parque, escuchó a un par de paisas que estaban hablando muy lindo de Mesitas del Colegio, de su paisaje, de su clima, de su prosperidad. Él lo registró en una libreta y un día pasó por la estación del tren de la Sabana, vio que alguno iba a Mesitas, compró el pasaje y se fue a conocerlo. Al llegar, se enamoró del lugar. Así que, en secreto, fue los fines de semana a montar su negocio. Alquiló un local y lo adecuó a puerta cerrada, despertando inquietud y generando rumores en el pueblo. Con el ruido, todos pensaron que había fantasmas. Claro, estaban cavando y montando estanterías. Finalmente, un domingo, cuando la plaza reventaba de gente, apareció mi papá vestido de blanco montado en un caballo y acompañado de seis mulas llenas de mercancía. Se bajó, abrió el almacén y subió las rejas, mientras los ayudantes bajaban todo. Era 1930, él tendría veintidós años y ya manejaba un concepto publicitario que resultaba novedoso, absolutamente disruptivo y teatral. Así pues, corrió el rumor en toda la zona.

Mi mamá, Solita, vivía en la Hacienda Colombia, cerca de San Antonio de Tena, en la región del Tequendama, y hasta allá llegó el chisme. Ella, con su mamá y sus hermanas, armó el plan de ir a conocer al turco. Fue la señora con las jovencitas, y una de ellas, Elvira, se enamoró de mi papá y se ennoviaron. Resulta que mi mamá estaba a punto de casarse con un señor Giraldo, de Cali. En efecto lo hizo y muy rápidamente quedó en embarazo. Al poco tiempo, se descubrió que el señor era bígamo y se desapareció. Así fue como mi papá le dijo a Elvira: “Usted no tiene problemas en la vida, es bonita, joven, en cambio su hermana quedó mal, está embarazada y abandonada. Este señor le arruinó la vida. Dígale a su familia que yo me caso con Solita”.

Yo creo que a él le gustaba mi mamá, pero como ya estaba comprometida, no pudo conquistarla. Para Elvira debió ser muy duro, pero lo aceptó y todos en la casa lo quisieron como se quiere a una aparición, al considerar que estaba salvando el honor de la familia. Se casaron, nació mi hermano Gabriel y, de ahí en adelante, llegamos los siguientes nueve hijos. Fui el último en nacer en Mesitas del Colegio, a los dos meses nos vinimos a vivir a Bogotá.

Infancia y adolescencia

Nos instalamos en el Barrio San Diego, junto a la Plaza de Toros. No teníamos lujos, pero tampoco necesidades. Mi mamá, a escondidas, buscaba conseguir unos pesos de más que ayudaran en la casa, entonces nos mandaba a vender empanadas al Parque de la Independencia. Seguramente por ser el más chiquito, yo le resultaba simpático a la gente y las vendía rapidísimo. Mis hermanas se enfurecían y me rasgaban la camisa para que pidiera limosna. Me decían: “¡Produzca!”.

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Vino una época de más prosperidad y mi papá se volvió ostentoso, entonces nos llevó a vivir a La Soledad, que era el barrio glamuroso de Bogotá en el año 57. Yo tenía doce años. Comencé a estudiar en el Gimnasio Boyacá y luego pasé al colegio Mayor de San Bartolomé, pues mi bisabuela materna le había regalado su hacienda a los Jesuitas, hoy Hacienda San Pedro Claver, donde hacen los retiros espirituales, y en compensación nosotros tuvimos educación gratuita con ellos.

Estaba en tercero de bachillerato cuando me retiré para hacer teatro. Mi hermana asistía a cursos con Fausto Cabrera y estaban montando Asesinato en La Catedral en el Teatro El Búho, en la Jiménez con 5ª, y yo la acompañaba ocasionalmente. Un día no llegó uno de los actores y Fausto me dijo que si podía decir la frase que correspondía. Acepté y me quedé con el papel. Viendo televisión, me encontré con el programa El Primer Aplauso, en el que buscaban actores, pues no habían tantos, y los primeros venían de la radio, como Carlos Muñoz y Álvaro Ruiz. Los interesados se inscribían, presentaban unas pruebas de actuación, el televidente votaba en unos papeles que reclamaba en un almacén y el que ganaba recibía una beca para estudiar en la academia de Bernardo Romero Lozano, Boris Roth y Carlos José Reyes. A mí me gustó mucho el papel de ciego que hizo un actor, entonces fui a votar por él. Un día me contactaron, que porque yo me había inscrito, pues lo que me habían dado era una boleta para participar y no para votar. El hecho es que acepté, me presenté y me gané la beca. Comenzaron a asignarme papeles y alcancé a conocer a una gente que luego me apoyó muchísimo en otro momento de la vida.

Salida del país

A mis catorce años, mi papá me pidió que lo acompañara a visitar a mi abuela en Ramallah, después de cuarenta años de no verla. Tramitamos todo y teníamos fecha de viaje, cuando llegó la noticia de su muerte. Debido a eso, no quiso ir, no lo hizo después, y yo tampoco. Pero, en cambio, sí viajé con él a Guatemala, en 1963, pues quebró y no podía volver a comenzar otro negocio hasta después de un determinado tiempo. Poco a poco fuimos llevando a la familia. Estando allá, me vinculé a escondidas a un grupo de teatro, pues mi papá detestaba cualquier cosa que no produjera plata. Era tal su obsesión, que alguna vez me encontró leyendo y me reclamó: “¡Usted qué está haciendo! ¿Acaso le pagan por eso?”. Cuando íbamos a estrenar la obra Génesis, enfrenté a mi papá y lo invité a que se diera la oportunidad de ir por primera vez en su vida a una obra de teatro. El estreno era de gala y asistía el cuerpo diplomático. Después de mis palabras de saludo y una vez cerrado el telón, vi a mi papá con una camisa naranja de palmeras amarillas. Cuando estábamos presentándonos, mi papá comenzó a gritar: “Bájese de ahí, no haga payasadas. Bájese, camine para la casa, que ahora van a decir que usted es un asesino”. Yo representaba a Caín. De ahí en adelante la condición para que yo participara de alguna obra era que mi papá no asistiera al teatro.

A mí toda la vida me ha gustado la política y los jóvenes de la época veíamos una esperanza en la Revolución Cubana, tal vez aburridos de la injerencia de los Estados Unidos. Veníamos de la monstruosidad de la Segunda Guerra Mundial, por lo que todo lo que significara una propuesta diferente, lo acogíamos con esperanza y creíamos a ciegas en ello. En Guatemala conocí mucha gente de izquierda. El país vivía una dictadura, era colonia gringa, los marines andaban por la calle y se tomaban los bares, se veía el despotismo, las invasiones de espacio, en fin, aquello hizo que no me gustara nada, incluso el idioma, y sentí un rechazo político muy fuerte. Algún día el hijo del dictador se apareció en el teatro y me dio treinta días para que abandonara el país. Me dijo: “Después no respondo”. Así se lo conté a uno de mis hermanos, me retiré del negocio de venta de ropa que tenía mi papá y me fui para Europa. Con el tiempo mis hermanos también dejaron el lugar y así terminamos todos en ocho países distintos.

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Mi mamá murió a sus cincuenta y seis años, ese era el promedio de vida de la época. Como mi papá se había quedado solo, le escribió a su hermano en Palestina para que le mandara una mujer a la que pudiera hacer su esposa. Llegó Nama, de treinta años, y seguramente con alguna historia reforzada, pues no duró mucho esa relación. Alguna vez fui a visitar a mi papá y me presentó a su señora y a un hijo que había tenido con ella. Se llamaba Camilo. Dos años más tarde, nos escribió una carta contándonos que Nama se había intoxicado, lo que le había causado la muerte, y que él había mandado al niño a Palestina con sus parientes. Con la muerte de mi papá supimos que esa historia no era cierta, sino que había sido la manera de justificar su fracaso.

Con los años supe, por los dueños de Khalifa Shawarma, que mi papá tenía unas tierras en Palestina importantes en extensión. Yo no quise averiguar porque ya había pasado la guerra con Israel, lo que generaría unos pleitos interminables, entonces no gestioné. Mi papá tuvo dos hermanos, Mohamed y Alí, pero por la falta de contacto se perdieron los lazos. Un alcalde de Ramallah se enteró que en Colombia vivían tres hijos de palestinos. Uno era el dirigente conservador santandereano Feisal Mustafá, el segundo era Yamid Amat y el tercero era yo. A través de un funcionario del Líbano, nos hizo llegar una invitación para que visitáramos la ciudad, pero por cuestiones de agenda nunca lo logramos. Fue imposible coincidir para viajar y por lo menos yo ya no lo haré.

Cuando salí de Guatemala, conocí Nueva York durante tres días, mientras mi vuelo hacía escala, luego llegué donde mi hermana Yamile, que vivía en Roma, y permanecí con ella por tres meses. Quise sorprenderla, pero el sorprendido fui yo. No le avisé, ella no sabía que yo me había ido de Guatemala, llegué en la noche a timbrar a su puerta, pero nunca me abrió. Imaginé cualquier cantidad de cosas, que se había ido a cenar con Bernardo Romero Pereiro, con quien vivía, que estaba de viaje y demás. Regresé más tarde a seguir timbrando. Yo tenía seis dólares en el bolsillo y no pude ni siquiera pagar un hotel ni mi comida. Supe al día siguiente que no habían querido abrir porque estaban evitando a una gente, y yo había caminado toda la noche. Cuando se me vencía el soggiorno, el permiso para permanecer en el país, y como ya me defendía con el idioma, le di al policía mi nombre, pero no sabía cómo responder cuando preguntó el lugar de nacimiento: Mesitas del Colegio. Pensó que era hijo de una maestra de escuela al escucharme decir: Le Tavolini de la Scuola.

Viajé a Suecia donde mi hermano Farid, que pasaba sus vacaciones en Estocolmo cuando estudiaba en Francia. Compartimos un mes completo en el que estuve conociendo, luego me radiqué en Estrasburgo con mi hermano, hice unos trámites para que me aceptaran en la Facultad de Filosofía y Letras, me inscribí y estudié dos semestres. Llegué en el solsticio de verano, cuando todo es fiesta y la gente está en las calles compartiendo con propios y extraños. Conocí, entonces, a una mujer con la que estuve más de una semana en el apartamento de su hermana y, sin avisar, se desapareció. La busqué por las calles, en los bares, hasta que después de un mes la vi entrar a un lugar con una amiga, me acerqué, pero ni me reconoció. Para ella yo solo había sido una aventura.

Tuve otra historia de amor muy triste. Conocí a María, una mujer muy dulce y de suaves maneras. No le prestaba atención a nadie y todos querían conquistarla. Yo atendía en un restaurante universitario al que ella iba. Le serví doble postre, le sonreí, la invité a un café, aceptó y nos ennoviamos. Me sentí el más afortunado del mundo. Después de almuerzo solíamos ir a un lugarcito mágico a tomarnos un café o un vino, pero no volvió ni al restaurante ni a la universidad. Busqué al mesero que nos atendía siempre y la administradora del negocio me dijo que él se había ido con la niña con la que yo salía.

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Política

Como andaba tan metido en la cosa política, y en esa época ser latinoamericano era ser un héroe como el Che Guevara o Camilo Torres, entonces me invitaban a marchas y a cuanta revolución había. Llegó una invitación a Corea por un tema de comunas campesinas. Viajé, visité los lugares y aprendí el manejo de las cooperativas. A los dos meses me hablaron de un curso para iluminación de teatro y otro de maquillaje, así que me quedé un tiempo más combinando el estudio con el activismo político. Un día vi en el periódico la noticia de que la guerrilla estaba en las goteras de Bogotá, que se había tomado La Calera y que era inminente la toma del poder. Me dio afán, sentí que debía estar en Colombia, me imaginé a caballo por la séptima marchando hacia la victoria, llegué y me encontré con que la famosa noticia era que le habían quitado un revolver a un policía.

Retomé mis temas, me vinculé con el grupo de teatro de Santiago García y me refugié en mis amigos, a quienes conocía desde hace años. Iban a estrenar una obra y uno de los actores renunció justo una semana antes de lanzarla, entonces Santiago me ofreció el papel, lo acepté, aunque con cierto recelo. Me enganché y no me volví a salir del teatro. Al comienzo no estaba tan convencido, pues yo pensaba que la política y el teatro no eran de mi interés, pero ese papel me vinculó por siempre.

Este grupo era muy izquierdoso, por lo que conocí a Jaime Bateman Cayón, con quien hice muy buena amistad, y a Jaime Arenas, un líder universitario que organizó una marcha, estuvo preso y se le voló a la guerrilla. Pero cada vez me decepcionaban más la improvisación y las peleas internas. A Bateman lo iban a fusilar porque se atrevió a contradecir a Tirofijo, y a raíz de ello fundó el M-19. A mí me tomaron preso alguna vez. Jaime Arenas estuvo en problemas muy graves y me pidió en una carta que lo visitara. Me fueron metiendo en la montaña, aparecieron entre las ramas tipos con armas que me llevaron a él y me dijo que no se había podido adaptar a la guerrilla. Fabio Vásquez Castaño había sugerido el encuentro, por lo que le conté lo que habíamos conversado y le pedí que le diera un tiempo. A los veinte días, Jaime fue sentenciado a fusilamiento por otra mala acción que había cometido, lo que iba a ocurrir al amanecer.

A las dos de la mañana pensó que no había diferencia si lo mataban a esa hora o más tarde, por lo que intentó volarse. Le dijo al guardia, que estaba en una hamaca, que quería ir al baño. Como ni se movió, decidió emprender su fuga. Al rato lo comenzaron a perseguir. En la carretera se le cruzó a un camión de gaseosas, mientras escuchaba los disparos que le lanzaban, y se entregó en el primer puesto de policía. Como contó de la visita que le había hecho en la montaña, pensaron que yo era un enlace, por lo que me detuvieron y me torturaron psicológicamente. Les conté de mi simpatía con las ideas revolucionarias, pero que no había más. Me retuvieron, al día siguiente me llevaron a un teatrino y, sin ser visto, presencié los interrogatorios a amigos por los que habría dado la vida, pero que me defraudaron, y de qué manera. Hasta ahí llegué en la política. Aunque sigo creyendo en la necesidad de una sociedad más igualitaria, pienso que nuestro sistema es muy inequitativo y descarto cualquier posibilidad violenta de reivindicación. Soy un pacifista convencido, pero me sigue interesando la política.

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Televisión

En teatro no se ganaba plata. Un día no tenía dónde dormir, por lo que busqué a uno de los compañeros que estaba en mejor situación. Le pedí posada y me la dio, pero de tan mala gana, que resolví que yo debía trabajar en otra cosa. Eso no era digno, por lo que al día siguiente visité en Caracol Radio a mi amigo Jorge Ospina, que me puso a trabajar en radionovelas.

Bernardo Romero Pereiro, que ya había regresado de Italia, cuando supo a lo que me dedicaba, me recordó mis palabras cuando me ofreció algo en televisión: “El teatro es lo único puro”. Le había contestado también que la televisión era la prostitución del arte, pero me ganó el hambre. Entonces escribió un personaje para mí y éramos tan poquitos actores, que representábamos varios papeles al tiempo. Ese fue mi comienzo como actor. Luego dirigí una producción de RTI, Alcance la Estrella, trabajé en Caracol Televisión y en algún momento comencé una novela tan mala que, aunque grababa los lunes, desde el sábado me comenzaba el dolor de estómago. Pensé que el trabajo no se le podía volver a uno eso, por lo que decidí no volver.

En ese momento me estaban llamando de una producción nueva sobre esmeraldas. Fui a la reunión de actores a decir que no aceptaba, pues había tomado la decisión de no seguir trabajando como actor. De pronto se escuchó una gritería, salió el director tirando la puerta y Juan Manuel Camargo, que era el gerente, me pidió que subiera a su oficina, que lo sacara de ese lío y que asumiera como director. No me fue mal, la serie gustó. Alguien de Caracol la vio y me llamó a dirigir otro proyecto. Más adelante, en RTI, me dieron el espacio estrella, los martes en la noche, donde hice Los Cuervos, El Ángel de Piedra y otros proyectos más. También estuve en Coestrellas, donde hice Señora Isabel, Noticiero de la Historia y Sueños y Espejos, entre tantas producciones más.

Llegaron los canales privados, se acabaron las programadoras y yo estaba con TV Cine haciendo la novela Tabú. Yamid, mi hermano del alma, me dijo: “Mire Alí, si usted no está en este momento en Caracol o en RCN, no va a tener ninguna opción, aquí no hay alternativa. Trabaje conmigo en el noticiero, en la sección con María José Barraza”. Así lo hice durante un año. Jota Mario dirigía y presentaba Sábados Felices, hasta que un día lo llamaron del ejército porque habían encontrado en una cueva de hampones unas notas sobre él y su familia. Decidió que se iba del país y solo venía a grabar cuatro programas en un solo día. A mí me llamaron y dada una situación adversa con Jota Mario, cuando llegó Paulo Laserna como presidente del Canal, quedé en propiedad. Eso fue hace veinte años.

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Como me desencasillaron de galán, interpreté papeles de mucho carácter. Como director tuve un acierto muy grande en la vida: fijarme y enfocar en los detalles, como se hace en cine, y no en los planos ampliados. Eso no se usaba, lo nuestro era muy lineal, muy fotográfico, así que revolucioné con los planos intercalados, lo que fue un fenómeno en Los Cuervos, y que imitaron todas las programadoras para abrir así muchas fuentes de trabajo.

Tuve la fortuna de dirigir algo tan agresivo y loco como Señora Isabel, una mujer de cincuenta años enamorada de un muchachito de veinticinco, en una sociedad que todo la escandalizaba pero que terminó enamorándose de los personajes y de la historia. Esto, gracias a que conté con gente magnífica, como Fernando Gaitán, a quien le dirigí dos series: La Quinta Hoja del Trébol y La Fuerza del Poder.

Soy muy metódico y organizado. Esto hizo que a los actores les encantara trabajar conmigo, pues sabían a qué hora llegaban y a qué hora terminaban de grabar. Hice tantas novelas seguidas, una tras otra, que sentí pena con la gente. Cuando estábamos en proceso de hacer La Abuela, estando en un restaurante, dibujé en una servilleta un personaje. Llegué a mi casa, tomé un bigote y me rapé la cabeza. Llegué como Benjamín al set de grabación y nadie me reconoció, nadie me saludó, nadie me determinó, porque hasta imposté mi voz. Julio Jiménez se sorprendió enormemente conmigo.

Mi maestra fue la experiencia. Trabajar con actores como Álvaro Ruiz y Carlos Muñoz, entre tantos otros, hizo que aprendiera cosas y trucos. A Carlos Muñoz le costaba mucho trabajo llorar, entonces usaba Vick VapoRub, pero había que saber el momento, la cantidad y la forma de aplicárselo. He hecho dos actuaciones en estos últimos veinticinco años. Bernardo Romero escribió la obra Siete veces amada. Uno de los personajes es un turco y está basado en las anécdotas que le conté de mi papá y de mi vida. Años después, en Sin senos no hay paraíso, me llamó Patricio Wills a proponerme el papel de un mafioso, que volví a grabar después de doce años porque sacaron de la cárcel al personaje.

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Actualmente no hay figuras de la televisión. Ese mundo ha cambiado muchísimo, pero mi mensaje siempre ha sido el mismo: cuidar el comportamiento, la presentación personal y el lenguaje en cualquier escenario. Esto, teniendo en cuenta el impacto que tiene el oficio, dada la responsabilidad social que hay detrás de él. Hoy no hay estrellas, a nadie le importa la vida de la gente de la farándula, pero el mensaje es el mismo.

Facciones

Llevo una vida muy placentera, los horarios son menos exigentes, visitamos con frecuencia la finca en Chinchiná y en familia nos dedicamos mucho tiempo. He sido un aventurero, como lo fue mi papá, además de que gozo de gran imaginación, cosa que también heredé de él. Recuerdo que él nos decía en la infancia que al río Jordán se lo había tragado una ballena y que aquella lo había vomitado en Barranquilla. De ahí mi deseo de conocer el mundo y de no acumular riquezas, porque soy un pésimo negociante.

De mi mamá tengo la sensibilidad: lloro con el himno nacional, con los triunfos de los deportistas y con una mujer humilde que arropa a su hijo para protegerlo del frío. Si bien fui muy mal actor, lo que me ayudó fue que siempre tuve ángel, esa es mi herencia materna. Me hubiera gustado interpretar algún instrumento. Mi repertorio musical está en tres canciones que sé cantar muy bien (El Viejo Migue, vallenato; Nostalgia, tango; Ella, ranchera), pero en una cuarta ya desafino. Con esta interpretación cumplo con mi faceta musical. Ahora estoy escribiendo un libro con mis anécdotas y viviendo mis pesares porque sentí muchísimo la muerte de mi hermano Farid, que falleció en un accidente aéreo vía a la Unión Soviética. Él fue mi compañero del alma. Por años no acepté lo ocurrido, me parecía verlo todo el tiempo en la calle. Lo soñaba.

Familia

La parte más importante de mi vida afectiva es mi matrimonio. Estaba actuando en La Vorágine, grabábamos en los estudios de la 19 con 5ta, cuando llegaron dos estudiantes de comunicación en La Tadeo a hacer una pasantía. Una era Clara María Ochoa, productora de cine y televisión, y Guiomar Jaramillo, que se estaba separando en ese momento, después de un año de casada. Salíamos a tomar café, almorzábamos juntos en algún sitio cerca y así fuimos construyendo unos muy fuertes lazos de amistad, hasta que una noche del 9 de diciembre, Guiomar y yo salimos con un grupo de gente a comer a La Trattoría, entre ellos Julio César Luna, Clara María Ochoa y Piero, un cantante argentino. Entonces le dije: “Nosotros vivimos juntos todo el día, porque cuando la dejo en su casa llego a llamarla y a primera hora le estoy preguntando cómo amaneció. Mejor vivamos juntos”.

Su familia caldense, muy conservadora, la llamaba en las noches y a primera hora del día, y como no la encontraba, decía que no había llegado o que ya había salido. Decidimos formalizar nuestra relación y nos casamos en Panamá porque, sin creer en el matrimonio, lo único que necesitábamos era permiso para acostarnos. Al regreso nos recibieron con flores en el aeropuerto. La familia de Guiomar se convirtió en la mía y aunque mis amigos poco creían en la relación, ya contamos décadas. Tenemos un hijo abogado, Andrés, y Valentina, que trabaja en relaciones públicas. Somos abuelos de Alicia y morimos por ella. A mí lo que me queda es muy poco, es simple cuestión de matemáticas, y siento que hice lo que tenía que hacer, en el momento en el que debía hacerlo. Cuando ya no haya nada por hacer, contemplaré los atardeceres y leeré, lo que ya he empezado a disfrutar, porque yo quisiera terminar mi vida en la paz de la finca.

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