24 Jun 2021 - 2:58 a. m.

Palabras de estuario

Todo empieza con un destinatario, un destinatario sin nombre, uno que podría ser ficción o que podría ser el lector mismo. Eso, más que lectores de este libro somos sus destinatarios y, por lo tanto, somos cómplices. Aguas de estuario, de Velia Vidal (Laguna Libros), es una correspondencia tan personal, que se vuelve también de uno. Sus ganas de llevar libros a donde no hay, de hacer camino propio y de seducción se nos contagian.

Vidal Romero nos cuenta de sus mudanzas entre Medellín, Quibdó y Bahía Solano mientras intenta crear un proyecto de vida llamado Motete, como un canasto tejido con el que busca, entre otros, llevar libros a los niños y a las niñas de barrios vulnerables de Quibdó y de las playas de Bahía Solano.

No hay recursos, pero hay corazón, hay amigos que también creen, como ella, que una historia nos puede cambiar la vida. Más si es una historia que habla de nuestra cultura y raza no desde el prejuicio, sino desde la celebración de esa particularidad. De hecho, Aguas de estuario fue el libro ganador de la Beca del Ministerio de Cultura para la publicación de obras de autoras afrocolombianas, negras, raizales y/o palanqueras.

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Para muchos de esos niños a los que llegó Velia con su Motete era la primera vez que veían protagonistas afrocolombianas, como en la historia de Rosa Parks, una activista que marcó un hito cuando se negó a cederle su asiento a un “blanco” en un autobús.

Cuando habla de sus experiencias como esa mujer a la que los niños de Bahía Solano ya reconocen y se lanzan a abrazarla y a pedirle que les lea un cuento, ella firma las cartas como “La seño Velia”. Cuando las palabras le ayudan a tramitar las emociones, ella firma “Veliamar”. Como si fuera al oído, Veliamar nos comparte reflexiones sobre el hecho de “estar casada y al mismo tiempo permitirme sentir las pasiones o intereses que me trae la vida, (…) la idea de que esta es mi forma de amar y quizá sea irremediable”. No solo hay transparencia en estas líneas, sino la valentía de hacerlas públicas, porque es ella y no un personaje, es ella como bien podría ser una misma con sus deseos y la incapacidad de decirlos de una forma tan poética.

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Así desembocan en estas Aguas de estuario palabras saladas y palabras dulces. Sal y dulce en un mismo accidente geográfico, o en una geografía íntima: “Y desde la espesura de esta selva, desde la constante tragedia, la excesiva humedad, las imágenes repetidas de los atardeceres y los cuentos que nos salvan, puedes contar conmigo, tienes una parte mía”.

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