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“El espectro de la acción femenina se limita, en los eventos institucionales, a la función de porristas que animan a los equipos; en lo cotidiano, ellas miran los partidos y acompañan o apoyan las actividades colectivas o individuales de los aficionados, que son su marido, su novio, su hermano, su padre o sus amigos”, comenta Beatriz Vélez en su libro Fútbol desde la tribuna.
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Acabo de leer el libro Yo también quiero jugar al fútbol, de la española Mayca Jiménez. Se trata de un homenaje a 40 mujeres que, a pesar de las adversidades familiares, culturales, religiosas o de idiosincrasias, jugaron al fútbol desde muy temprana edad y tuvieron que vivir experiencias ofensivas, agrietadas y machistas. El texto está muy bien ilustrado por Alicia Caboblanco y aparece un dibujo por cada una de estas mujeres que hacen parte de un clan futbolero que destacó por sus posturas críticas en términos políticos. Primero, enfrentaron los embates de padres machistas, dirigentes similares y una cultura que las arremolina para que no jueguen al fútbol por ser “el deporte rey”, es decir, para reyes hombres, reyes machos, reyes y más reyes. Después enfrentaron asuntos de sexualidad, marketing, respeto y dignidad. Este texto refresca el espíritu porque cada historia alude a un drama, a una trama vivida, a una tragedia, si se quiere, y a una novela que no es metaficción sino realidad. Cada historia prefigura a una mujer que, desde niña, ya está marcada por la palabra “prohibido”, que equivale a no fantasee, no sueñe, niegue el cuerpo de futbolista, no madrugue a la cancha, no se ponga guayos, guantes ni pantaloneta. Un drama que se repite como huella histórica en cada narración. Mayca Jiménez es una periodista especializada en fútbol femenino y se graduó en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid y desde 2016 trabaja en el Diario AS. Se trata de un texto que recobra historias de vida de estas mujeres que, como tantas otras que se debatieron hombro a hombre con todas las adversidades culturales, salen de este infierno terráqueo e ingresan a otro más suyo, más propio, el que construyen a pulso. Hoy hay mejores condiciones para que las mujeres jueguen fútbol, gracias a estas tesoneras que probaron el amargo de las inequidades e injusticias humanas. La historia comienza con Lily Parr y concluye con Patri Guijarro, pero pasa por historias bellamente contadas como las de Nita Carmona, Megan Rapinoe, Marta Vieira da Silva, Natalia Gaitán (colombiana que juega en España) y Guadalupe Porras. Invito a los lectores a acudir a estas biografías para que se deleiten con las aventuras y peripecias de estas 40 mujeres que guerrearon con prejuicios y fantasmas, que no se han ido, pero que ellas presentaron como mundos posibles porque ficcionaron, fantasearon y jugaron con sus pies y su cabeza para que se hiciera posible. Unas decisiones éticas, estéticas y cosméticas; es decir, decisiones que aluden al cuidado de ellas mismas, de su propia belleza y del mundo injusto en el que les tocó narrarse. Una curiosidad: el prólogo lo escribe Amanda Sampedro, una de las mejores futbolistas de la selección absoluta de España. Sus inicios se dieron en el equipo de su barrio, el Mar Abierto, en un equipo de niños y su sueño era jugar en el Atlético de Madrid.