12 Jun 2021 - 5:03 p. m.

Un día ardiente (Cuentos de sábado en la tarde)

Un día ardiente nos tenía atrapados a todos en casa, gimiendo, encrespados de confusión, deseando escapar de aquel lugar a un sitio donde el viento diáfano y frio lograra refrescarnos. El mismo deseo ahogado, la misma cicatriz irritada, el mismo desencanto.

Consuelo Cepeda

Pasan las horas y en cambio de amainar, el calor se hace fuego. Fuego ardiente. Alto y creciente. Adquiere una vida propia y gigante arrasando a su paso. Deja en el camino tristeza y desazón. Como si fuera la antesala de la más profunda mutación.

Junto fuerzas para resistir el golpe de calor. Un dolor me embarga y siento vergüenza de mi dolor. Entonces, en el recuerdo de la última primavera, mi pecho se aliviana suspirando. Era floreciente y llena de color, con vientos lluviosos de aguas azules, hermosa y expresiva.

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En esos escasos segundos de bálsamo interior, la reconozco a través del fuego.

En épocas en las que apenas el sol comenzaba a calentar el día, y los cafés al aire libre abrían sus puertas invitando a los transeúntes; todos salíamos. Tal y como salen los animales que han estado en cuevas encerrados durante los meses de invierno: ojos entreabiertos, pasos inseguros, y muy pocas palabras; quizá por la suma de ausencias invernales acumuladas en el tiempo.

Nos sentamos, ella y yo, en una banca de madera en alguno de esos sitios y advertí lo pequeña que era. Ojos marrones y pelo negro. Salpicada con poco maquillaje. No éramos y nunca fuimos amigas. Su timidez era extrema y jamás me hubiera hablado, aún si yo lo hubiera querido.

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En el día de mayor calor, la volví a ver, vestida de primavera. Caminaba por el andén rápida y segura. Hablaba alto y claro. Se veía más fuerte y dinámica. Me sentí menos desdichada. Alguien, allá afuera, enfrentaba con valor el calor desquiciado.

La sola idea del fuego ardiente me aprieta el pecho. Me limita. Me cohíbe. Una cosa muy distinta es la tibieza de una mano que roza la mía. Una mano que me mira con afecto, ofreciéndome agua helada en un vaso de cristal.

Hay un suceso en camino.

La lluvia no llega susurrando. Irrumpe compleja y borrascosa, como si fuera necesario dictar sentencia sobre el fuego: Aquí vengo yo.

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