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Una maquinita que más parecía de juguete con su mango de madera y sus cuchillas como de oro, una brocha de pelos gruesos y cabo de hueso, cuatro botellitas blancas con letras rojas y un barco azul; su padre le interrumpió el paso mientras él caminaba hacia la alberca a bañarse. Con un tono que siempre le costó reconocer si era de timidez o de frialdad le entregó la cajita: era un equipo viajero para afeitarse. “Tome, tenga cuidado al afeitarse y cuídelo, es difícil conseguirlo”.
Cuando tuvo su primer hijo cayó en cuenta de que jamás le vio algo similar a su padre. A él le bastaba el jabón Rey y lo turnaba con jabón de la tierra. Entendió entonces que ese fue un gesto de amor paterno, un te quiero mucho, de la época.
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Se vistió como todos los días con una guayabera a medio abotonar y un pantalón de cualquier color siempre que fuera claro, se cambiaba dos veces al día, la primera para salir a atender la fama, una pequeña carnicería que tenía mala reputación, pero que era parte de la historia del barrio, y la segunda, en las tardes, para salir al parque. De cualquier forma, invariablemente era una guayabera y pantalón de color claro.
Nadie recordaba cómo había llegado, nadie recordaba una esposa o un amor, parecía como si hubiera crecido de repente como el almendro que dio sombra a esa casa esquinera y envejecida. Tenía tres hijos; un hombre, el mayor y su orgullo, y dos mujeres, sus consentidas y dolores de cabeza. Intentó proteger tanto su honra que terminó por incapacitarlas para el ejercicio del amor.
Antes de abrir su negocio dejaba adelantado el desayuno, sus hijos terminaban de prepararlo y aprovechando que la fama estaba en la misma casa, se lo servían; sin importar qué alimento fuera, siempre lo acompañaba con dos o tres arepas blancas. Sobre las nueve de la mañana llegaba una empleada, se encargaba de limpiar la morada, lavar la ropa y preparar el almuerzo.
Dependiendo de las ventas, cerca de la una de la tarde más o menos, iba recogiendo las piezas de carne que no había logrado vender, las sacaba del gancho y las acomodaba en una vieja nevera Philips verde, de esas que venían con una manija de jalar hacia abajo para abrir, acomodaba los ganchos, los cuchillos y unas gruesas tablas de madera en un lavaplatos de cemento, las limpiaba y ponía a escurrir mientras pasaba una escoba y un trapero desmechado a todo el local, por fortuna no era muy grande; odiaba hacer aseo. En todo caso su rutina era simple, a la una y treinta estaba ya almorzando con sus hijos.
No se sabía a ciencia cierta cuál era su historia. Por su acento se deducía que venía del noroccidente del país y aun cuando era un feligrés disciplinado trabajaba incluso en las fiestas de guardar, solía tomarse unos aguardientes los sábados en la noche con sus amigos, pero jamás se le vio ebrio o envuelto en escándalo alguno.
Después de almorzar tomaba una siesta de no más de media hora, con ella sobrellevaba el abrasador calor de las dos de la tarde, que era la peor hora del día para él. Salía de su cuarto como si viniera de otro tiempo, con su cabello ensortijado alborotado y sin nada más que sus calzoncillos, pasaba a la cocina y mientras hervía el agua para prepararse un café negro, tomaba de nuevo su cajita Old Spice, descolgaba la toalla que había dejado secando desde la mañana en las cuerdas del patio y se duchaba en la alberca con todo y calzoncillos, cuando terminaba, los lavaba y colgaba en la cuerda para que se secaran al sol.
Luego regresaba a la cocina, echaba el café al agua hirviendo, esperaba que se asentara, servía una taza grande y la llevaba a su cuarto; encendía una grabadora grande plateada, con casetera central y un parlante a cada lado de pequeños orificios negros por donde salía el sonido. Era quizá su único lujo y su única compañía, mientras se vestía iba sorbiendo el café con aprecio hasta terminarlo, escuchaba algún bolero perdido y los chismes del pueblo en cortos noticiosos que pasaban cada quince minutos.
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Cuando el sol daba tregua tomaba su sombrero blanco y salía para el parque principal, caminaba despacio como dando pequeños saltos de sombra en sombra, era un trayecto de no más de diez cuadras. Para ese momento Ansiple era un pueblo pequeño de rutinas y tradiciones rígidas, casas grandes de bahareque en su mayoría, con calles amplias y árboles monumentales, que parecían desperdigados por todas las calles sin orden y sin sentido.
Manuel daba un par de vueltas alrededor del parque, saludaba a sus amigos, ojeaba las partidas de cartas por sobre el hombro de los jugadores y finalmente pedía un raspado en cualquiera de los carritos, en los que también servían salpicón y helados de máquina, lo sorbía poco a poco, al terminarlo a veces jugaba alguna partida sin importancia y regresaba a su casa. Tomaba una cena muy austera, calados, bizcochos de maíz o cualquier otro amasijo, acompañado de café con leche o mazamorra con panela y encendía la grabadora hasta que el sueño lo vencía.
Aun cuando no era la única iglesia cristiana, la llegada de los mormones fue un acontecimiento para el viejo pueblo, de repente aparecieron unos hombres gigantes en su mayoría, de cabello rubios, mejillas rojas del calor y brazos acribillados de picaduras de zancudos, con sus camisas blancas ensopadas, sus corbatas negras con el nudo bien hecho pedaleaban todo el día, por todos lados enseñando su inglés y su religión.
Compraron una antigua casona esquinera, la derrumbaron y construyeron su iglesia en toda la mitad del lote, una cancha al lado y como si fuera un reto para los chicos, la rodearon con una media cerca de cemento y rejas; el tiempo y quizás la múltiples e intempestivas invasiones de los jóvenes y no tan jóvenes promesas del microfútbol, terminaron por obligarlos a levantar unas rejas blancas más altas.
Esas rejas jamás llamaron la atención de Manuel, pero sí unas cercas vivas que fueron sembradas casi a la par con esas verjas. Poco a poco los mormones fueron extendiendo su jardín, plantaron un icaco que cuando daba sus frutos parecía un árbol de navidad venido a menos, algunas heliconias y enredaderas, junto con algunos arbustos y otras plantas ornamentales, el blanco de la verja siempre contrastaba con flores de distintos colores, lo que representó una entretención para los ojos de Manuel cuando caminaba por la carrera sexta.
Había cesado un chubasco breve que presagiaba la entrada de los meses de lluvia o “el invierno” como se conocía en la zona, pero al caer la última gota de agua, el sol asomó sus rayos un tanto perezoso; es una tarde fresca, apenas para caminar, pensó Manuel, mientras calzaba sus mocasines Corona y elegía una guayabera azul para combinarla con sus zapatos.
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Mientras salía se topó con su hija menor en el pasillo, le hizo una caricia, ella la respondió con un puchero de niña consentida, se ajustó el sombrero mientras pensaba que con un par de años más de trabajo, podría terminar de adecuar una parte del frente de la casa como locales y arrendar la fama, para dedicarse a descansar y una mueca de la muerte lo llevó a pensar quizás en cultivar flores en el patio interior de su casa hasta sus últimos días.
Caminó por la séptima como era habitual, pero al llegar a la diez y ocho, se antojó de comer pan, pensó en comprar un par de cañas para el camino en la panadería de don Cesar, así que doblo y tomo la sexta; sin más diálogos, don César, otro icono en el barrio, le empacó las dos cañas en una bolsa de papel marrón.
La panadería quedaba sobre la diez y ocho, o la avenida “Neyfor” como la llamaban los más viejos sin recordar por qué; justo a mitad de cuadra entre carrera quinta y sexta. Al salir, Manuel miró hacia cada esquina y tomando un trozo de la primera caña decidió ir hacia la sexta.
Jamás sabremos qué lo hizo inclinarse por esta ruta. Quizás fue el amparo para el sol, que ofrecía el ciruelo que estaba cerca o a lo mejor fue porque por ese rumbo encontraba andenes más amplios. En todo caso, cuando llegó a la esquina de la diez y siete, en el asadero de pollos de Eduardo, estaban descargando las canastillas de pollos crudos de un camión, al ver el rastro de agua sangre en el piso se cambió de acera, al aproximarse a la diez y seis, notó que el andén era alto y angosto en la esquina, frunció un poco el ceño como recriminándose así mismo por no recordarlo desde el principio, pero aun cuando pudo cambiar de nuevo de acera, optó por bajarse a la calle y aligerar un poco su paso.
Rápidamente superó la calle quince y se aproximó a la catorce, allí donde los mormones habían levantado su templo y sembrado las flores de la perdición. Manuel pasó de nuevo su mirada por esos jardines, notó algunas plantas nuevas y mientras iba llegando a la esquina de la catorce, alcanzó a distinguir a un conocido suyo recostado sobre la verja. Lo saludó con su acento característico, en el que arrastraba las vocales rastrillándolas sin piedad, se trataba de un antiguo compañero de barajas, que estaba podando el pasto y retocando el jardín de los mormones.
Manuel paró frente a su amigo, dándole la espalda a la vía pública, en diagonal a la bocacalle de la catorce con sexta. Por su parte, el amigo alcanzó a mostrarle las tijeras de podar que estaba estrenándolas, era una herramienta marca Bellota tipo pértiga con mango ajustable en caucho gris y naranja. Iba a contarle sobre el precio y sus ventajas, cuando una baba blanca y rojiza salto de la reja y le chispeó la cara dejándole un gusto ferroso.
Manuel apenas estaba bajando su mirada para detallar las tijeras cuando un fuerte crujir lo desconcertó, mientras un ardor fuerte e intercalado en su pecho y un olor a carne chamuscada, como si estuvieran marcando ganado, lo envolvió para siempre.
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Por ser un pueblo agrícola y con una geografía plana, Ansiple siempre ha tenido un sin número de motocicletas, casi es un requisito de supervivencia para habitar allí, hay de gran cilindraje, sport, en duro, señoriteras, últimos modelos, en buen estado y con señales de maltrato. En contraste, los automóviles no son tantos, durante muchos años fueron casi un lujo y el servicio público era escaso. En la mayoría de los casos los taxis funcionaban como servicio colectivo y no era extraño que un mismo vehículo llevara cuatro pasajeros para cuatro destinos distintos.
El análisis judicial reveló que la motocicleta se encontraba en buen estado, así como el taxi. A los conductores no se les encontró rastro de sustancia que permitiera identificar alteración de los sentidos. Las huellas encontradas en el piso determinaron que los vehículos iban a una velocidad moderada.
Los choferes recrearon individualmente los hechos en la entrevista judicial. La versión era tan coincidente que crispaba los pelos leerlas; la motocicleta se desplazaba de la carrera quinta hacia la séptima por toda la calle catorce, por su parte el taxi venia por la carrera sexta y en donde se cruza la calle con la carrera, justo diagonal a donde Manuel se detuvo a saludar a su camarada, la motocicleta no paró completamente, pero sí lo suficiente para permitir que el taxi hiciera una maniobra y esquivara el impacto; sin embargo, al hacer esta finta, la fatalidad se acentuó en la llanta izquierda. Fue como si el andén se hubiera ampliado a propósito o la llanta, estirado a voluntad. De cualquier forma la rueda mordió el borde del andén lo suficiente para hacer perder el control del volante al experimentado taxista y elevar el automóvil tal vez cuarenta centímetros de la tierra. Eso calculan los testigos oculares del hecho.
Cuando el auto cayó nuevamente en la tierra fue para incrustarse en las rejas blancas de los mormones. El conductor relató cómo alcanzó a ver un destello azul. Manuel jamás supo que el crujir estrepitoso eran sus huesos triturados contra la verja y se llevó por siempre el olor a carne chamuscada como de ganado recién marcado.