Una cierta incapacidad para los asuntos de la vida, una torpeza con el entorno aunada a menudo a la genialidad, parecen haber acompañado a los filósofos desde el nacimiento de la actividad hace más de 2600 años. Se cuenta que Tales de Mileto, el primer filósofo del cual se tenga noticia, despertó las risas de una muchacha tracia al caer en un hueco por ir observando las estrellas. Esa torpeza ha permeado las vidas eróticas y las relaciones de los filósofos, porque ya podrá uno imaginar que luego de caer en un hueco por ir midiendo las estrellas, poco probable es que la muchacha le hubiera concedido sus favores.
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Poco sabemos de la vida íntima de los grandes filósofos. Si tan sólo tuviéramos acceso a ella, estos enigmas vivientes de carne y hueso… decía Deleuze, quizá se nos hubiera revelado algo de su filosofía. Pero puede uno suponer con razón que debieron ser una suerte de figuras crípticas más interesadas en lo que ocurría en el cielo que en la gente que pasaba frente a sus narices.
Sabemos, por ejemplo, que hombres como Heráclito, quien arrojó toda su fortuna al mar y huyó a los bosques de Artemisa a vivir lejos del “fango” en el cual consideraba que se revolvían sus conciudadanos de Éfeso, por no mencionar a Diógenes el Cínico, que vivió y filosofó en Atenas en un barril, difícilmente hubieran podido tener una relación. Otros simplemente no quisieron, sea por el motivo que sea. Se cuenta que tanto David Hume como Kant confesaron en sus lechos de muerte haber pasado una vida de celibato inquebrantable. ¿Qué más se podía esperar de un hombre como Kant que salía a pasear cada tarde con tal puntualidad que se cuenta que sus conciudadanos de Königsberg cuadraban los relojes del pueblo según el paso de Herr Kant?
Aún otros afrontaron las relaciones con tal torpeza que asombra que siquiera las hayan podido concebir. Kierkegaard se enamoró de una hermosa mujer varios años más joven que él, de lacio pelo negro y deslumbrantes ojos azules, de familia noble llamada Regine Olsen. La persiguió por años, hasta que, en un extraño giro del destino, para su sorpresa, ella le respondió a sus propuestas de matrimonio: “Sí”. Es entonces cuando, estupefacto por la plegaria concedida, en medio de la mayor estupidez de la cual es capaz un ser humano, y de la cual sólo somos capaces los filósofos que la cultivamos como una enfermedad profesional, él decide decir “¡Pues ahora no!”. Ella pasa a casarse con un hombre rico de su ciudad, y Kierkegaard empieza a mandarle notas al marido para que le permitiera cortejar una vez más a su antigua amada. De por sí era una suerte de milagro que un enjuto y jorobado filósofo, habitante de una buhardilla, hubiera conquistado a una hermosa doncella. Pero hubiera rayado en una improbabilidad aún mayor imaginar a Kierkegaard saliendo presuroso en las mañanas luego de un desayuno afanado y un beso en la mejilla a sentarse a escribir El Concepto de la Angustia o El Diario de un Seductor. Un filósofo casado es un personaje de comedia, dijo alguna vez Nietzsche. Y en efecto, vaya si la sentencia se ha aplicado a los pocos grandes personajes de la filosofía que han estado casados.
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Considérese a Sócrates. Sócrates estaba desposado con una joven mujer famosa por su mal genio, Xantipa. Su ira tal vez era comprensible. Basta imaginar la vida de una joven con un hombre mucho mayor que ella, con costumbres poco dadas al aseo personal o al cuidado del pecunio de la casa que sale todos los días desde temprano a argumentar y sólo llega a casa a cenar lo que él no ha llevado a la mesa. Es conocido el hecho de que en el último día de su vida, Xantipa llega a la celda de Sócrates con sus hijos pequeños a rogarle al filósofo que pagara el único peso que se le pedía a cambio de su liberación, sólo para encontrarse con que Sócrates la despacha diciéndole con claridad que ese tipo de conversaciones son las últimas que quiere en el último día de su vida. Para un hombre así, una relación simplemente era parte de una comedia poco interesante que se desarrolla a espaldas y en contraste con su vida filosófica, como ha sido el caso de tantos de nosotros para los cuales el oficio de la filosofía nos ha convertido, sin que lo queramos, en los “chamanes” de la tribu.
Eso no significa que la ensoñación amorosa, mezclada con la esperanza de eludir la soledad universal, no sea un deseo de muchos filósofos. Nietzsche, quien sabía con claridad que la vida del pensador así era un tema para Aristófanes, le pidió matrimonio en más de una ocasión a una de las vedettes intelectuales de su tiempo, Lou Andreas von Salomé, una bella intelectual que tuvo relaciones con Freud, con el poeta alemán Rilke y que tuvo a bien decirle que no a Nietzsche en tres ocasiones. Tienen, entonces, la mala idea ella y el autor de Zaratustra de irse de viaje por Italia llevando a uno de los amigos de Nietzsche, el psicólogo Paul Rée. En alguna parte del camino, Salomé y Rée se caen en gracia y deciden dejar a Nietzsche botado, luego de lo cual se ve en la obra de Nietzsche aparecer la idea de la soledad como una “virtud” que deben adoptar los filósofos del futuro. Eso sí, ella se hizo famosa por un libro sobre Nietzsche, ya estando casada con un hombre rico mucho mayor que ella. Igualmente, poco improbable hubiese sido imaginar a un Nietzsche felizmente desposado empujando un carrito en Walmart —si lo ponemos en un escenario contemporáneo—, cantando un villancico o haciendo fila en Wok para almorzar.
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Algunos de los pocos filósofos casados, al igual que Sócrates, resultaron ejemplarmente inadecuados en la tarea. Rousseau, quien fue el amante de casi todas las grandes damas de la sociedad francesa de su momento, terminó “casado” con su ama de llaves Thérèse Levasseur, quien le dio al filósofo cinco hijos, todos los cuales entregó al orfanato de París. ¡Este gran hombre de la educación, un padre incapaz de criar a uno solo de sus hijos! Marx compartió con Rousseau no solo su desprecio por la propiedad privada y su amor por el comunitarismo, sino esta tendencia a la negación de la paternidad. Viviendo en un apartamento de no más de 40 metros cuadrados con su esposa Jenny Westphalen y sus hijas, logró dejar embarazada a su criada Helene Demuth —sí, Marx, el padre del comunismo, tenía criada— con quien tuvo un hijo que nunca reconoció y que llevó el apellido de su madre, Demuth. El chico lleva el primer nombre Friedrich gracias a que Friedrich Engels asumió su paternidad para proteger al gran Marx, quien ya era un patriarca del comunismo.
Tal vez he puesto un énfasis exagerado en la mala paternidad de los filósofos, cuando en realidad lo que se resalta en sus biografías, como lo sugiero al comienzo, es la pura y simple estupidez en las relaciones, la tartufería erótica. Se me viene siempre a la cabeza la imagen del joven Rousseau que entra a trabajar a la casa del conde de Gouvon en Turín en su juventud y se enamora perdidamente de la nieta del mismo, la señorita de Breil. En alguna ocasión imagina que entra a un gran salón, se arroja al suelo y avanza de rodillas por toda la habitación hasta llegar a ella para besar apasionadamente su mano. Como si de por sí la fantasía no fuera una de auto-humillación, unos pocos días después el padre de la idea de que la gran sociedad es corruptora, es llamado a la mesa a servir de beber a su amada, sólo para terminar derramando sobre ella suficiente bebida como para arruinar su vestido y todo el mantel de la cena. ¿Hay acaso una mejor muestra para ilustrar cómo la grandeza de la vida intelectual puede contrastar con la miseria de la vida íntima y personal?
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