El Magazín Cultural

Las cartas “tiernas y confidenciales” de García Márquez a su tribu

Revelan cómo los compañeros de El Espectador lo cambiaron e incluso que su desesperación económica en París casi lo lleva a trabajar con “El Tiempo”.

NELSON FREDY PADILLA
03 de octubre de 2018 - 06:46 a. m.
Gabriel García Márquez, a los 27 años de edad, ejerciendo “el mejor oficio del mundo” en El Espectador. / Archivo
Gabriel García Márquez, a los 27 años de edad, ejerciendo “el mejor oficio del mundo” en El Espectador. / Archivo
Foto: EL ESPECTADOR

En la mayoría de las notas privadas, ahora públicas gracias a El Espectador y desde enero en el Harry Ransom Center de la Universidad de Texas, Gabriel García Márquez le encargaba a don Guillermo Cano saludar a sus otros amigos más cercanos, “la tribu”, a quienes dedicaba líneas especiales cuando se ponía “tierno y confidencial”. En estos papeles mecanografiados o manuscritos se evidencian las grandes influencias que recibió en la redacción de este diario a finales de los años 40 y comienzos de los 50 del siglo pasado.

Aparte de Cano —el director insigne asesinado en 1986 por la mafia narcotraficante de Pablo Escobar y a quien Gabo dedicó varios homenajes en sus discursos y en su autobiografía Vivir para contarla—, es oportuno contarles a los lectores de El Espectador quiénes interactuaron con el escritor y en qué forma lo ayudaron en su proceso formativo, bordeando la frontera entre periodismo y literatura. (Primera entrega: "los informes privados").

Eduardo Zalamea Borda (1907-1963) fue el primero en darle ejemplo de cómo fundir las dos narrativas en una misma propuesta estética. Lo llamaban Ulises, el seudónimo que él adoptó para evocar la monumental ficción de James Joyce, donde las dos disciplinas se baten en franca lid en un periódico de Dublín, encarnadas en Leopoldo Bloom y Stephen Dedalus.

Pues para Ulises son la mayoría de posdatas de las cartas de Gabo a Cano: “Abrazo de siempre a mi padre Ulises”, “Saludos a mi padre inolvidable”. Si en comentarios editoriales, críticas de cine, noticias, reportajes y crónicas, los textos de García Márquez tenían que pasar por la corrección rigurosa de Cano y “el helado” José Salgar, jefe de redacción, los cuentos, relatos y columnas literarias pasaban por las manos de Zalamea. Costeño y cachaco se sentaban a revisar cada frase y a intercambiar opiniones sobre sus lecturas y su forma de interpretar el mundo.

Zalamea, a quien el crítico francés Jacques Gilard llamó “el descubridor” de García Márquez, había publicado en 1932 la novela Cuatro años a bordo de mí mismo. Diario de los cinco sentidos, que para las ediciones posteriores a los años 50 incluyó prólogo de Gabo bajo un título revelador: “El vicio insaciable y corruptor de ‘Ulises’”. El texto revisado por Cano dice: “Con la mano en el corazón, contéstese usted mismo: ¿quién fue Eduardo Zalamea Borda? No se preocupe: tampoco lo sabe la inmensa mayoría de los colombianos. Sin embargo, una novela insólita escrita a los veinte años, y más de treinta de periodismo ejercido con una maestría práctica y un rigor ético ejemplar, deberían ser suficientes para recordarlo como uno de los escritores colombianos más inteligentes y serviciales de este siglo”. Como lo admite en Vivir para contarla, sin tal influencia -la del visionario que le publicó en este diario su primer cuento: “La tercera resignación”, en 1947- Gabo no habría sido el mismo ni tampoco El Espectador si Zalamea no hubiera trabajado como editorialista, columnista, director del suplemento literario Fin de Semana y subdirector general. (Segunda entrega: las cartas de intriga sobre el cine colombiano).

En esos años Zalamea se presentó en la sede de la BBC de Londres sacando pecho: “Vengo del mejor periódico del mundo, porque se hace en una rotativa prestada, es escrito por menores de 30 años, todos brillantes, sale siempre a una hora exacta y con altísima calidad”. En 2013, semanas antes de morir, Salgar recordó que era una época de sana competencia por ver cuál era mejor mecanógrafo y, sobre todo, “el que mejor le torcía el cuello al cisne”, expresión sobre dominar mejor el estilo, teniendo claro cuándo es periodismo y cuándo literatura, para no engañar al lector.

A Cano, Zalamea y Salgar, García Márquez los apodaba “los tres alegres compadres” y, en carta de finales de los años 60, habla del “siniestro eje Concho (Guillermo)-Mono (Salgar)-Gabo”, porque se salieron con la suya restableciendo las relaciones cinematográficas entre México y Colombia. En la correspondencia enumera mandamientos que le enseñaron: “Leer minuciosamente, vigilar el estilo, dar palos para ambos lados, titular sin intención política, cada línea debe estar respaldada por un testigo y tratar de ser imparcial y liberal a toda costa”. En 1956 se les reportaba desde Europa siempre listo como corresponsal, “esclavo y nostálgico”: “Aún se pueden hacer grandes cosas, pero allá: no se vibra sino en la redacción... ¡Qué vaina!”.

Otra primicia de estas cartas: cuando la dictadura de Rojas Pinilla censuró y cerró El Espectador y luego persiguió a su alter ego El Independiente, García Márquez, en el afán por conseguir dinero para sobrevivir en París, llegó a preguntarle a su amigo Guillermo: “¿Se vería muy mal mi firma en Intermedio?”, el periódico que a su vez reemplazó a El Tiempo mientras también fue clausurado. “Tal vez en un estado de desesperación tenga hígados para hablar con el doctor Santos. Tendría que meter debajo de la mesa esa cosa inventada por nosotros —y que tan jodidos nos tiene— que se llama la dignidad”. Al final prefirió acudir a diarios de Venezuela y Perú mientras le advertía a Cano: “Tienes derecho a todo menos a ser pendejo”.

Sus notas incluían abrazos y agradecimientos para “el Clan Cano”, que completaban los hermanos de Guillermo: Luis Gabriel, Alfonso y Fidel, quienes también lideraron El Espectador en cargos administrativos. Juntos eran “los cuatro ases”. (Tercera entrega: la correspondencia política).

A pesar de que se la habían ofrecido gratuita, en 1968 Gabo pagaba una suscripción internacional hasta Barcelona. “Caro Guillermo: el hombre de Madrid me cobra, contando los gastos de correo, el equivalente a 150 pesos colombianos mensuales, lo que quiere decir que me costará tres veces más que el Times. ¡Todo sea por el mejor periódico del mundo!”. Para que se hagan una idea, hasta 1955 García Márquez ganaba 800 pesos mensuales.

Luego, en los años 70, le reclamaba que El Espectador a veces le llegaba y a veces no: “¡No puedo vivir sin los editoriales progresistas de Lucio Duzán (papá de Silvia y María Jimena Duzán)!”. “Que alguien me mande mientras tanto el reportaje del Mono”, se refería a un viaje de Salgar a África.

La sinceridad epistolar incluía temas de vanidad. Le mandaba recortes de sus entrevistas en todos los medios de comunicación del mundo o reseñas favorables sobre sus libros, para que las reseñara en alguna página: “Otro sí: te mando unos recortes sobre mi culto a la personalidad. Ojalá me sirva de algo”. Y, por su intermedio, pedía más favores: que Guillermo Angulo, Óscar Alarcón o Jáder Giraldo le manden tal o cual recorte o explicación de algún debate político o cultural. “Necesito entender las vainas… necesito saber lo que pasa en la patria”.

De ahí los constantes “saludos a todos los compañeros”, incluidos hasta “los correctores de prueba que se portaron bien con mis mamotretos”; por eso el repetitivo “¡abrazote a toda la tribu!... mi refugio de otros tiempos”.

Por NELSON FREDY PADILLA

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