Una de las fascinaciones de los amantes de la lectura consiste en ir a librerías de viejo. Estos recintos, donde hay libros por todas partes (en las esquinas, en el piso, en las estanterías), son la escenificación del caos que engendra belleza. Estas librerías, a las que se entra sin ningún propósito, como inclinándose ante la nada, son el encuentro con lo eterno.
En estos recintos ocurre lo dicho por Roberto Calasso en Cómo ordenar una biblioteca: “la librería ideal es aquella en la que uno compra al menos un libro y, con mucha frecuencia, no aquel, o no solo aquel, que pensaba comprar cuando entró”.
Estas librerías de viejo o de segunda mano constituyen una entrada a un tiempo distinto. Uno en el que la dictadura del presente y de lo comercial no se impone. A veces, cuando se entra en ciertas librerías muy conocidas, hay un factor común: encontrar la novedad, el escritor que ganó el premio, el último Nobel o los escritores conocidos, aclamados, que, de cierta manera, las editoriales quieren explotar para vender.
En cambio, en estas librerías de viejo queda lo que ya está asentado. Lo que tal vez perteneció a un librero, a un coleccionista o a un lector, cuyas muertes, viajes o necesidades les impidieron disfrutar del gesto maravilloso de sentarse en silencio a encontrar los ecos de sí mismos y del mundo en la lectura. Muchas de las librerías de viejo están hechas con los libros de lectores muertos cuyos familiares no supieron qué hacer con ellos, de modo que terminaron en un lugar que se resiste a la muerte.
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En estas librerías se encuentran libros que, evidentemente, fueron amados, tratados con mucho cuidado, subrayados con un lápiz muy liviano. Otros generaron tanta pasión en los lectores que tienen por todos lados sus huellas: anotaciones, marcas, incluso hechas de una manera arbitraria. Ahí se ve el rastro del tiempo. De aquel en el que otro fue capaz de entrar en otro tiempo. El momento en el que se permitía que el yo desapareciera y, en cambio, entrara la otredad.
En El infinito en un junco, Irene Vallejo narra cómo Agustín de Hipona vio a su maestro Ambrosio leer en silencio. Eso no era habitual en ese momento, pues quienes leían eran esclavos que recitaban en voz alta para sus amos. Se consideraba que, cuando alguien leía, estaba siendo apresado y penetrado por el espíritu del autor; por tanto, esta no era tarea para hombres libres. Cuando Agustín vio a su maestro leer en silencio, se dio cuenta de que ese otro no estaba ahí. Seguramente ese otro estaba iluminado por el tiempo de la eternidad, que es el verdadero tiempo de la libertad, de la no atadura, de la nada.
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Estas librerías están, por ejemplo, en Bogotá, cerca del Museo del Oro. También están en Medellín, en Cali, en Valledupar, en Tunja... Especialmente en los centros históricos: lugares que nos recuerdan que no somos los primeros que caminamos esas calles, que la vida no inició con nosotros.
Roberto Calasso, recuerda que los gestos de los humanos son pocos. Por consiguiente, los objetos están hechos para amalgamarse con esos gestos. Si queremos dormir, nos acostamos en una cama. Si queremos comer, utilizamos una cuchara. Si queremos entrar en el mundo interior y entrar allí donde el tiempo se hace un todo, vamos al libro.
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La cuchara y el libro son objetos perfectos que se acomodan a los gestos humanos y que se interponen ante la tiranía de quienes dicen que todo tiene que ser novedoso. A esas personas uno les diría: ¿acaso porque la cuchara tiene dos mil quinientos años dejarían de utilizarla para tomarse una sopa? ¿O acaso porque el libro, como códice, tiene más de mil quinientos años, dejará de ser el objeto que acompaña el gesto humano de sentarse en silencio y permitir que la otredad nos habite?
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