“Historia de una traición” (1986), como se llamó originalmente, fue su primer libro publicado. ¿Qué valor le da después de tantos años y una obra literaria tan extensa como la suya?
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Creo que el valor que tiene el libro es precisamente que ha pasado a una generación como la tuya. Para un escritor, el verdadero premio es que las generaciones siguientes todavía lo lean. Ese libro fue el testimonio de una experiencia épica, tremenda, fantástica, sangrienta y también gloriosa que se vivió en los años 80 con el primer proceso de paz de América Latina entre grupos insurgentes y un gobierno. Es un testimonio vivido en primera persona, honestamente narrado, que recoge las voces de todos los protagonistas con los que tuve contacto como comisionada de paz y los eventos —algunos extraordinarios y otros trágicos, o ambas cosas al mismo tiempo— en los que participé durante esos 12 meses tan intensos.
Durante estos 40 años, usted ha revisitado varias veces este libro. En una de ellas, 10 años después de su publicación, le cambió el título a “Historia de un entusiasmo”. ¿Por qué?
Escribí este libro desde el exilio, en medio de un baño de sangre, cuando se cerraron las puertas del proceso y mientras quienes habían entregado las armas iban siendo asesinados. Hay que decirlo de una vez: este libro es un cementerio, porque de los protagonistas ya sobreviven muy pocos. Para mí en ese momento era la traición de un gobierno que había creído en la paz y después había dejado colgado el proceso. Pero, años después, al pensar en ediciones posteriores, lo que surgía con claridad no era tanto la derrota, la sangría o el sentimiento de traición, sino la vivencia de un entusiasmo. Eso no se nos da muchas veces en la vida. El entusiasmo, una palabra bellísima que encierra el vocablo griego (Dios) en su etimología: una exaltación del espíritu abierto hacia los demás y por encima de nosotros mismos. Lo que me quedaba en el alma y en la cabeza de esos tiempos era la posibilidad de que el país sintiera un entusiasmo colectivo con la idea de la paz: un país sometido a décadas de guerra y de violencia que, de pronto, soñaba con la paz y pensaba que era posible. De ahí vino el cambio de nombre.
¿Qué le permitió ver esta nueva lectura del libro, que viene aún más marcada por la perspectiva que da el paso del tiempo?
Esta vez, al releerlo y mirarlo con Camilo González Posso, que fue colaborador en ese proceso de escritura, vimos que faltaban cosas. Faltaba sobre todo objetividad, algo que no te daba la exaltación del momento pero que hoy se ve con claridad. Por ejemplo, el libro fue escrito antes del Palacio de Justicia. Al leerlo, no se entendía de dónde había salido un acto tan brutal y disparatado como ese, que sumió al país en un agujero negro del que no hemos salido del todo. Por eso añadimos un último capítulo con Camilo, porque queríamos reivindicar estos 40 años de apertura democrática, que han incluido momentos estelares como la Constitución del 91, la lucha parlamentaria contra el uribismo y su contubernio con narcotraficantes y paramilitares y la llegada de la izquierda a la presidencia.
Pero también hacía falta decir por qué el M-19 había llegado a hacer algo como tomarse el Palacio de Justicia. ¿Qué apego latente a las armas había llevado a una acción como esa? Se planteó como una exigencia de cuentas a un gobierno que había cerrado un proceso de paz con un baño de sangre y como un intento de poner a los magistrados como testigos de ese juicio, pero el resultado fue una masacre de magistrados, de guerrilleros y de gente inocente. Creo que ese último capítulo explica que en el M-19 había, por un lado, una intensa y honesta voluntad de paz, pero también una profunda convicción en la vía armada. Nos pareció importante añadir un capítulo que reconociera los vislumbres del libro y también los aspectos en los que se había quedado corto.
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¿Por qué quiso contar esta parte de la historia de Colombia no a través de un libro académico, sino desde un punto de vista mucho más personal y literario?
Tal vez tuvo que ver con mi trayectoria personal. Yo vengo de una familia muy lectora, donde la literatura era una fuente de felicidad y de interés. Estudié literatura y filosofía en la Universidad de los Andes e hice un posgrado en ciencias políticas. Fui maestra de literatura muy joven, a los 18 años (una irresponsabilidad absoluta), en un colegio público que se llamaba el Colegio Colombia. En fin, siempre mi lugar feliz había sido entre las letras. Decidí contar esta historia porque había sido nombrada comisionada de paz por el gobierno de Belisario Betancur. En ese entonces, era responsable de la sección de política nacional en la revista Semana, pero mi fascinación por la literatura seguía ahí: mis libros de cabecera eran poetas y novelistas. Entonces escribí este libro pensando en que fuera un relato que se pudiera leer como una aventura. Quise ver si se podía contar esta historia que estábamos viviendo los colombianos entendiendo la dimensión épica que tenía.
Esto, sin embargo, no significa que sea una historia de buenos y malos. ¿Por qué enfocarse en desarrollar la complejidad de cada uno de los involucrados en esa negociación?
Principalmente, porque creo en el diálogo. Siempre he sido —digámoslo con toda claridad— alguien que aborrece las armas por razones intelectuales, morales y afectivas; las detesto y no he tocado un arma en mi vida. Por eso creo en el poder de la palabra, en la posibilidad de sentarse frente a frente, incluso entre enemigos o entre personas que no se comprenden, y llegar a acuerdos que permitan la convivencia de lado y lado. Eso es algo que ha marcado nuestra historia y que no podemos perder.
Si uno compara la situación de Colombia hoy con la del resto del mundo, se da cuenta de que esta es una nación que ha sabido negociar y donde el sueño de la paz ha estado presente en cada uno de nosotros. A pesar de las confrontaciones y los baños de sangre, es un país que ha ido avanzando a través de procesos de paz muy complejos, con personajes que uno no imaginaría nunca que pudieran llegar a acuerdos. En una guerra como la de Ucrania nunca hubo una mesa de negociación donde se planteara una salida diplomática. Tampoco en la guerra de Irán, donde incluso algunos negociadores han sido asesinados para impedirla y donde los pactos se incumplen sistemáticamente por el país agresor. Colombia, en cambio, es un país que ha sabido negociar y ese es un logro colectivo que tenemos que mantener: una vocación de paz y una confianza en que, negociando, se puede salir adelante.
Aunque esto también tiene una salvedad y es que no se puede negociar un retroceso en derechos. No se puede tolerar lo intolerante, como diría Karl Popper.
Ese es un punto que me parece clave. Con el fascismo no se discute, hay una raya, la discusión no es para todos y con todos. Yo no discuto con alguien que le pegue a su mamá: a la mamá no se le pega y punto. De la misma manera, con el fascista no se discute, al fascista se lo confronta y se lo derrota. También es por eso que yo no creo en las opciones neutrales, lo que llaman “el centro”. Esa idea de no estar ni aquí ni allá me parece una parálisis del pensamiento y la acción. Sí creo en la moderación y en la comprensión de la contraparte pero no creo en estar en la mitad, porque no hay mitad. Ante el ascenso del fascismo no hay pasividad posible, no hay neutralidad posible: hay que tomar parte por la vida. De ahí en adelante, ¿cuál es el camino? ¿Cuál es la fórmula? Eso es lo que viene de la libertad de pensamiento de cada uno, pero siempre partiendo de esos principios básicos.
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Igual hay muchas personas que no están de acuerdo con las salidas negociadas a una guerra y, por el contrario, prefieren la “mano dura”. ¿Cree que hemos perdido el entusiasmo por la paz?
Eso es algo que deberíamos preguntarle a las nuevas generaciones. Pero, para mí, estamos en una coyuntura en la que eso se puede rescatar. Tenemos toda la opción de hacerlo y de seguir por esa senda democrática de los acuerdos, de la convivencia, de la valoración de la paz por encima de la represión y de la mano dura. En ese sentido, yo creo que Iván Cepeda tiene un proyecto democrático coherente, factible y, además, posible de ser realizado en paz. Lo que tendríamos que ver cómo revivir hoy, que creo que el M-19 lo logró, es la posibilidad de soñar. Una Colombia rebelde soñando, sin importar la clase ni la formación. Los sueños de rebeldía de un país son los que suscitan el entusiasmo. Yo creo que es importante leer el libro no solo para recuperar la memoria de un proceso épico, patriótico y extraordinario, sino también para afinar la inteligencia y el corazón. Nos hace mucha falta hoy en día entender mejor a la contraparte.
Desde que fue negociadora con el M-19, ha pasado por otros procesos de paz, todos sumamente complejos e imperfectos. Aun así, ¿sigue sin perder el entusiasmo? ¿Algo ha cambiado en su postura con los años?
El entusiasmo sigue ahí, latente. Esa vieja costumbre de creer que matarnos es la solución se ha puesto a prueba de una manera brutal en el mundo, con el genocidio de Gaza, por ejemplo. Hay que mencionarlo, porque no está lejana la posibilidad de que eso se extienda, en un momento en el que las leyes de convivencia entre las naciones, el respeto por los pueblos y la igualdad están destrozados, como si les hubieran pasado una aplanadora por encima. Existe el riesgo de que esa fórmula se repita en otros lugares.
Nosotros, los colombianos, conocemos lo que es el genocidio, el dolor personal y el dolor de patria que implica. Aquí se han cometido matanzas contra grupos políticos, pueblos indígenas, comunidades negras y población civil. No podemos permitir que eso siga pasando. Hay que hacer renacer ese impulso de juventud que implica el amor por la paz. No podemos aceptar que el genocidio se convierta en bandera de un candidato que aspire a la presidencia. Esa sola idea tendría que sacudirnos para salir a decirle a la gente: “mira lo que puede llegar a pasar en Colombia, cómo se pueden revertir 40 años de democracia y llevarnos de nuevo a las cavernas”. Podríamos volver a una situación de mano dura contra quienes no piensan igual, contra quienes se rebelan, exigen sus derechos o simplemente piensan distinto. Pero también tenemos la posibilidad de evitarlo y de continuar con el proceso de construcción democrática, con todas sus dificultades, desengaños y tropiezos. Está en nuestras manos.
¿Qué le gustaría que la gente descubriera (re)leyendo, después de 40 años, “Historia de un entusiasmo”?
Que tenemos detrás una historia maravillosa, una historia épica. Si quisiéramos ponerlo en términos más populacheros, esta es una historia de ladrones y policías, de griegos y troyanos. Es una historia llena de personajes muy vívidos y extraordinarios, una historia heroica —no nos debe dar miedo usar esa palabra— y, sobre todo, una historia nuestra. Me encantaría que los más jóvenes entendieran con este libro que hacen parte de ese relato. Quisiera que este fuera un camino para que se apasionaran, lo sintieran suyo, porque lo que estamos viviendo no nació hoy y hubo gente que vivió, peleó, gozó y, finalmente, murió para dejar un legado democrático, de paz, de convivencia y de una Colombia más igualitaria. Me gustaría que este libro ayudara a revivir la memoria de tiempos de un gran entusiasmo.
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