El Magazín Cultural

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29 Jan 2022 - 9:46 p. m.

Lectura y vigencia de Don Quijote

Algunos detalles que nos han cautivado y nos han permitido seguir releyendo Las aventuras del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

J. Mauricio Chaves-Bustos

Don Quijote de la Mancha fue escrita por el español Miguel de Cervantes Saavedra. La primera parte de este texto se denominó El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y salió a comienzos de 1605.
Don Quijote de la Mancha fue escrita por el español Miguel de Cervantes Saavedra. La primera parte de este texto se denominó El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y salió a comienzos de 1605.
Foto: Tomado de Wikipedia

El pasado 16 de enero se conmemoraron los 416 años de la primera edición de Las aventuras del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, publicada en Madrid en la imprenta de Juan de la Cuesta en 1605, pero ¿qué hace que este libro añejo siga siendo comentado por tantos, leído por algunos y añorado por otros tantos en pleno siglo XXI? Quizá nadie tenga la respuesta, aquí simplemente nos detenemos en algunos detalles que nos han cautivado y nos han permitido seguir releyendo el libro en cuestión.

Casi al mismo tiempo que se publicaba, en Portugal circulaba ya una edición “pirata”, de tal manera que esto habla del interés que despertó lo que se consideró por algunos un libro plagado de errores y equivocaciones, entre otros por el mismísimo Lope de Vega, enemigo acérrimo de Cervantes, quien anotó: “De poetas, muchos están en ciernes para el año que viene; pero ninguno hay tan malo como el Cervantes ni tan necio que alabe a Don Quijote”. Pese a que el libro fuese despachado por el Fénix de los Ingenios, en menos de diez años salieron tres ediciones en Madrid, dos en Lisboa, dos en Amberes, una en Milán, además de ser traducida al inglés en 1612 y al francés en 1614.

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En 1615 aparece la segunda parte, titulada “Aventuras del ingenioso caballero Don Quijote de La Mancha”, para entonces circulaban muchas ediciones, había llegado a América no solo el libro sino que se recuerda su presencia en algunas fiestas, tanto en Perú como en México, además de una edición apócrifa conocida como El Quijote de Avellaneda. El autor no hace sino darle cristiana sepultura, no en olor de santidad, sino de raciocinio a quien divirtió tanto con sus locuras, así como el deseo de Sancho de irse a purgar sus penas humanas como pastor en alguna comarca castellana.

En tiempo de Cervantes, militar y escritor fracasado, el libro fue visto con humor, la sociedad en la que nació el Quijote se veía reflejada a sí misma, y con el fino talante castellano no se veía sino un retrato del vecino o del amigo, cuando no de sí mismos, de tal manera que las locuras de ese viejo caminante y de su fiel escudero no eran más que una especie de crónicas que relataban lo que pasaba al rededor de donde se habitaba, de modo que fue un libro popular, recordando que para entonces estos se vendían por entregas y que solo los más adinerados tenían la posibilidad de mandarlos a encuadernar según sus ingresos, además, no todos tenían acceso al libro, de ahí que la popularidad se debió a que algunos nobles y ricos, perularios algunos -que era como llamaban a los nuevos ricos de entonces-, leían los libros en voz alta para sus familias y servidumbre, de tal manera que así empezó a tomar calado lo que luego sería el retrato más fiel de la España del siglo de oro.

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El Quijote va avanzando con los siglos, pronto vendría el siglo de la razón y de las luces, y si bien en Francia la recepción fue mayor aun que en Italia, es en Inglaterra donde empieza a leerse ya no simplemente como una sátira, sino más bien con cierta profundidad, al punto que John Locke, padre del empirismo, consideraba que ningún otro libro lo alcanzaba en utilidad, gracia y decoro. Y cómo si esto fuese poco, hay quienes consideran que el ilustrado escocés David Hume recibió serias influencias de El Quijote para sus postulados teóricos, baste mencionar que en su Norma del gusto, tras descubrir que la delicadeza de la imaginación es una cualidad objetiva del crítico, lo hace recurriendo a la forma como don Quijote y Sancho catan los vinos, y en su ensayo De la sencillez y el refinamiento al escribir, afirma: “la absurda ingenuidad de Sancho es representada por Cervantes con colores inigualables, de tal manera que entretiene tanto como la imagen del más magnánimo de los héroes o el más tierno de los amantes”, de donde se colige la lectura profunda que el filósofo escocés hizo de este libro, sobre todo cuando España estaba ya en el descenso de su influencia occidental.

En Francia fue leído por los ilustrados, dejando a un lado el humor que habita en él, para encontrar el simbolismo existente en cada uno de los personajes y en las circunstancias en que estos se desenvuelven, inclusive se ve a Cervantes, por primera vez quizá, como un renovador de las letras, particularmente por el ejercicio de la libertad de arte que habita en su principal obra. De tal manera que los mismos errores son manifestaciones del rompimiento con una tradición fundada en el purismo, pero reconociendo el valor estilístico con el que se compone la obra, no en vano Montesquieu en El espíritu de las leyes anota: “Así como hay infinidad de cosas sabias que se hacen de manera muy loca, también hay locuras que se hacen de manera muy sabia.” Y el propio Voltaire se comparaba con Don Quijote, aduciendo que por sus pretensiones revolucionarias terminaría defendiendo causas perdidas, además de la consabida anécdota de que al llegar a la ciudad alemana de Hertford, el centinela al preguntarle la identidad, este respondió: “Don Quijote”. Sin olvidar que Rousseau vio en Don Quijote a un verdadero defensor de los derechos humanos y fue modelo para muchas de sus obras.

Especial influencia hay del Quijote en el movimiento romántico alemán, inclusive se reconoce en esta obra un elemento cohesionador para los escritores del strum und drang, consagrando profundos estudios para desentrañar el idealismo inmerso en la obra cervantina. El romanticismo tiene una óptica diferente sobre la obra, ya no es simplemente la sátira sobre una sociedad, sino que hay una contradicción entre el ideal y la realidad, el Quijote se antepone a esa realidad, representa la intención de querer realizar algo que va en contra de la facticidad, el ideal que la sociedad no deja que se lleve a cabo.

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Impensable para el propio Cervantes, en Alemania su obra fue vista como la posibilidad del reflejo de la unidad de una nación, en este caso la española, retratada desde la vida caballeresca y el sentimiento cristiano, presentes en la época de Cervantes. Friedrich Schlegel anota que la literatura debe servir a los intereses nacionales y ve en el Quijote no solamente la sátira presente sobre un pueblo, sino también la poesía que es retratada, encontrando ahí todos los principios románticos, por eso se refiere al libro como “obra nacional general”, lugar donde habita el espíritu de la nación, de ahí el encanto y el valor que en el libro permanecen siempre como nuevos. Para August Wilhelm Schlegel, hermano del anterior, el libro se convierte en un paradigma de la nueva mitología artística, atrás quedó el mundo armonioso de los griegos, ahora lo ideal lucha contra lo real, de tal manera que el Quijote representa lo general y lo especial, fundando ese nuevo mito, ofreciendo así ventajas para una base filosófica donde ambas circunstancias deben complementarse.

La influencia del Quijote en Goethe parece cada vez más grande, y aunque el escritor alemán poco menciona la obra, se ha encontrado que en el Fausto habita de cierta manera el idealismo imperante en la obra cervantina, ambos son personajes dinámicos alimentados por un anhelo del espíritu para cambiar el mundo real mediante sus propios ideales. De igual manera Hegel emplea al Quijote como fundamento de su análisis estético, desde lo que él llamó el aventurismo y, particularmente, el tratamiento cómico de la contingencia, de tal manera que ve en él una obra estéticamente romántica, dando preminencia a esa virtud quijotesca que posibilitará su camino hacia el saber real.

Idealismo que se vio reflejado también en la recepción que el libro tuvo en América, en Estados Unidos fue leído por algunos de los padres fundadores, como Thomas Jefferson que lo leía en español, empleándolo no únicamente para enseñar el idioma a sus hijas, sino también como un tratado político, ya que reconocía la importancia de las relaciones de EE. UU., con Hispanoamérica, y el libro le era una posibilidad de desentrañar parte de ese espíritu. Y Simón Bolívar, poco antes de su muerte en Santa Marta, recuerda primero impasiblemente la inmortal obra cuando visitando la biblioteca de Joaquín de Mier, le expresa: “Usted tiene aquí dos de las obras más grandes del ingenio humano: Gil Blas de Santillana, la humanidad tal como es, y Don Quijote de la Mancha, la humanidad como tendría que ser”, y pocas horas antes de morir dice a su médico, el francés Alejandro Próspero Révérend: “Los tres grandes majaderos de la humanidad hemos sido: Jesucristo, don Quijote y yo”, de donde se deduce la influencia del libro en El Libertador.

Durante buena parte del siglo XIX e inicios del XX don Quijote representaba el alma española, de tal manera que empezaron a levantarse monumentos a su autor y a su obra no solamente en España, sino también en algunos países latinoamericanos, en donde sus élites amparaban sus nostalgias por lo dejado ir, de tal manera que Don Quijote y Sancho animaban la herencia hispánica que no debía dejarse perder, se había renunciado a la nacionalidad, pero no al alma española, de ahí las recreaciones y continuaciones del Quijote, como la del célebre libelista ecuatoriano Juan Montalvo, llamado “el Cervantes americano”, en razón a que en uno de sus destierros en tierras colombianas, concretamente en Ipiales, escribió “Capítulos que se le olvidaron a Cervantes”, publicado en París en 1895, imitado por muchos otros a lo largo y ancho del continente.

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Ya para el siglo XX, con el cúmulo de todo lo anterior, don Quijote de La Mancha tiene todos los elementos para ser considerada una obra universal, de tal manera que no solamente convergen en el las imitaciones literarias, los ensayos y tesis, los estudios sobre el propio Cervantes, sino también que la estética aporta elementos fundamentales para su difusión, sobre todo apegado a una modernidad en donde la libertad cobra matices muy importantes, de ahí que en la música, en el cine y en la plástica, no exista artista inmortal que no haya dedicado alguna de sus obras a la más importante creación cervantina.

Unamuno, Ortega y Gasset, María Zambrano, serían los filósofos que tratarían de desentrañar no solamente el idealismo del Quijote desde el pensamiento español, sino también el existencialismo que subyace en la obra, pero el siglo XX iría mucho más allá y encontraría en este libro el inicio de las novelas modernas, fundamento del pensamiento teórico de György Lukács, para quien el protagonista es un héroe problemático que busca la realización de algunos valores imposibles de alcanzar, sobre todo en un mundo que cada vez se vuelve más hostil, encontrando nuevamente en la lucha entro lo ideal y la realidad el fundamento para considerar este libro como punto de quiebre con la tradición mítica.

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George Orwell fue un combatiente contra el fascismo en la Guerra Civil Española, ahí con seguridad conoció El Quijote, a tal punto marcó el libro su pensamiento, que muchos encuentran en 1984 elementos de un Quijote distópico en una sociedad carente de todos los ideales. Thomas Mann, huyendo del Nazismo, se embarcó en 1938 hacia Estados Unidos, y durante el viaje leyó El Quijote, encontrando el humanismo que se empezaba a aniquilar en Europa desde su natal Alemania. Vladimir Nabokov encuentra en el libro rudeza y crueldad, resaltando los errores literarios que Cervantes comete en el libro, una lectura fuertemente crítica si se quiere, lo que alimenta aún más las licencias que permite este libro al pensamiento universal.

Carlos Fuentes, Fernando del Paso, Jorge Luis Borges, entre muchos otros, vieron en El Quijote la fuente de la literatura moderna mucho más allá de lo formal, la atención se centró en la metaliteratura inmersa dentro de la obra, principalmente en la segunda parte publicada en 1615, cuando don Quijote y Sancho se leen a sí mismos dentro de la obra, es decir que aquí hay un desdoblamiento de los personajes en pleno siglo XVII, cuando la psicología y la psiquiatría se perfeccionarían en el siglo XX, por eso la atención de gran parte de los escritores del siglo XX se centró en reconocer la genialidad de Cervantes para lograr un recurso literario que sería abordado muchos siglos después.

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El siglo XXI es la era de la informática, en donde las redes sociales permiten intercambio de información y donde todo, parece, debe estar digitalizado. También es el siglo del quiebre de lo instituido en donde los Estados, por ejemplo, dan paso a las multinacionales, y en donde el reconocimiento de los pluralismos se constituye en un serio frente contra la globalización. Y desde luego la lectura del Quijote no está exenta de estas luchas y estos afianzamientos, desde la posibilidad misma de la creación, el Quijote como una posibilidad virtual de un metaverso que se está definiendo, así como un recurso para postular la descolonización del poder.

De tal manera que seguimos leyendo el Quijote de La Mancha, ya el mismo Cervantes, premonitoriamente, había puesto en boca del bachiller Sansón Carrasco lo que ha pasado con los siglos: “Es tan verdad, señor –dijo Sansón–, que tengo para mí que el día de hoy están impresos más de doce mil libros de la tal historia; si no, dígalo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso; y aún hay fama que se está imprimiendo en Amberes, y a mí se me trasluce que no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzga.” Seguiremos leyendo el libro que hace un retrato perfecto de la humanidad, no sin razón alguien ha dicho que si esta pudiese proyectar una sombra, sería la de Don Quijote y Sancho montados sobre sus jumentos.

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