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Literatura femenina en escenario de paz

La literatura femenina no es un fenómeno nuevo, desde la antigüedad la mujer fue una narradora de la memoria del pueblo, fue quien recuperó el pasado y presente de su sociedad. Pero, la literatura de las mujeres quedo suspendida en el hilo, fragmentada y dominada, quizás por la idea patriarcal donde se instaló el hombre.

Ingrid Lozano Suárez

25 de agosto de 2018 - 11:00 a. m.
Soledad Acosta, óleo del pintor Rafael Picón Díaz. / Milton Ramírez - Mincultura
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En la edad media, el hombre delegó a la mujer a conceptos de casa y familia, durante el renacimiento el antropocentrismo reinaba desde todos los ángulos, y se puede observar que nombres de escritoras y científicas figuraban casi poco en la idea de la iluminación porque nuevamente la mujer estaba considerada a otros quehaceres, esto no será la excepción durante la modernidad, si bien es cierto que la mujer empieza a tener un rol significativo, aún su vinculación no es tan estrecha.

Sin embargo, algunas mujeres empiezan a ser reconocidas y leídas, como Marie de France, Lady Uallach, María Alpjaizuli, Libana; en Latinoamérica observamos que Sor Juana, Giocanda, Mistral, Eva Peron; en Colombia a Soledad Samper, Waldina Dávila de Ponce empezaron a colarse en la narrativa, en la construcción de la sociedad y en la recuperación memorística de la nación. Pero, hay que puntualizar que "el género no garantiza nada" pues, como lúcidamente afirma Angélica Gorodischer, "pasa como con el manejo del auto: hay mujeres que manejan maravillosamente bien y hay mujeres con las que una no subiría en el auto ni, aunque le pagaran. Hay varones que manejan estupendamente y hay varones de los que más vale huir en cuanto una los ve aparecer con el auto en lontananza. Con el manejo de las palabras sucede lo mismo".

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Por eso, estas mujeres citadas se destacaron por su aporte social, político y literario, consolidándose en par de las narrativas tradicionales, en el corpus de otros escritores, y que dan paso a la voz femenina como sucede con Soledad Samper y Waldina Dávila de Ponce, quienes desde su aporte desafiaron las tradiciones de nuestra sociedad, y abrieron espacios entre la pluma masculina como Rafael Pombo, Eugenio Díaz, Jorge Isaacs, oponiéndose al canon literario, por condiciones de sexo.

De este modo, los estudios de cultura, género, literatura, empiezan a hablar de la existencia de la literatura femenina precisamente para exaltar su valor histórico, su aporte social y memorístico en la nación. La nueva literatura empieza a quebrantar los imaginarios, a incluir en la escena de la literatura a la mujer con sus propias realidades, porque la misma literatura alza su vuelo desde la periferia, como dice Ángel Rama, o desde las voces de las minorías olvidadas, como plantea Harold Bloom, ya que el arte y la literatura dejan de buscar ser dogmáticas y son comprensivas con la necesidad de ser cotidiana, y el público no burgués, empieza a no canonizarse.

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La sociedad quebrantada empieza a ser narrada desde otras estéticas, porque tiene sed de ser contada, tiene historias y relatos para contar, necesita ser escuchada, por ello la literatura femenina no sólo representa un grupo de mujeres que deberían ser escuchadas, son las voces de esa minoría turbulenta que representa las mismas necesidades de la sociedad.

Por lo cual las mujeres son grandes transgresoras, su lenguaje es transgresión, ruptura de normas, cuestionamiento de lo establecido. Tal vez en el caso de nuestra literatura la afirmación no alcanza a ser tan categórica. Al conocer a nuestras autoras el lector sabrá cuáles de ellas han llegado a la conquista de una escritura artística o si sus temas y sus formas son verdaderamente revolucionarios. Puede estar seguro de que su actuación pasiva o activa en las letras corresponde a la mentalidad y la sensibilidad de su tiempo, de su sociedad y de la propia soledad o auto marginalidad de su escritura.

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Por ello, nuestra aproximación a voces femeninas desea centrarse en un corpus de escritoras enfocadas en la narración del conflicto, de la violencia y que son esenciales para la reconstrucción de la memoria y la paz de nuestro país. Entre ellas se eligieron a cuatro escritoras: Pilar Lozano, Irene Vasco, Laura Restrepo y Yolanda Reyes, cada una con una visión diferente de la guerra, de la paz, de la memoria para la reconciliación y reconstrucción de nuestro país.

Por tanto, no es sólo una mirada e inclusión de la escritura femenina en una sociedad tan excluyente sino las voces de los marginados, olvidados, víctimas y victimarios durante una guerra. Las narraciones de estas obras permiten comprender el escenario de la misma violencia, son una mirada limpia, sensible y estética ante los hechos que no pone juicios a la tradición, a un partido, a un dogma, sino la mirada amplia de quienes padecen estos actos, de volver a contar, de la necesidad de contar la verdad para poder recuperar la confianza, para sanar y saber perdonar tanto a los indefensos como a los verdugos.

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La narración de Pilar Lozano en Crecimos en la guerra (2014) es una crónica de trabajo periodístico que permite entender el horror que padecieron los niños colombianos durante el conflicto, y así comprender por qué tuvieron que elegir entre vivir o asesinar. Las historias son contadas en primera persona, por los propios niños y jóvenes que estaban en ese momento en condición de desmovilizados (o “desvinculados” del conflicto armado, como los llamó el Estado); a través de su narración se alcanza a sentir en carne viva un drama de dimensiones imprecisas del pasado oculto. Sus crónicas y narraciones son bálsamos de verdades para una sociedad que nos hace sentir vergüenza por su indiferencia ante el sufrimiento del otro. Igualmente, la historia de Era como mi sombra (2015) relata la problemática de la participación de menores como soldados en los conflictos bélicos y es abordada de forma realista, casi documental. Este texto narra la experiencia de dos adolescentes de un pequeño pueblo campesino. A causa de la falta de oportunidades y horizontes, ambos toman la decisión de incorporarse a la guerrilla en Colombia y conocen en carne propia el violento universo de la guerra (Cuatro gatos). 

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Así mismo, Paso a paso (1995), de Irene Vasco, hace varios aportes a la narrativa colombiana que es necesario resaltar 20 años después de publicada la novela. Introduce un elemento inédito en la literatura sobre la violencia: el personaje adolescente, femenino, de clase alta que sufre -ella y su familia- en carne propia el drama del secuestro. Otro aspecto renovador en la novela de Vasco es que el realismo que adopta (el fragmento de realidad que organiza coherentemente en su obra) no es mimético, ni de denuncia. Acepta el desafío de hacer ficción de base histórica sobre la violencia contemporánea en Colombia, pero renuncia a la toma de partido.

Por otro lado, Los agujeros negros (2012), de Yolanda Reyes, establece un diálogo entre el niño y la guerra. La literatura pone en palabras nuestros propios sentimientos, entendidos desde las voces de los niños, quienes no debían padecer la guerra, hablan de hechos, de ideas, y de no querer repetirla, pero no entienden cómo los adultos, odiando la guerra, siguen perpetuándola. Por eso, este libro es una manera de sosegar los pequeños corazones atemorizados, como escribió: “Tantas veces dijimos a nuestros pequeños que las cosas pueden resolverse con palabras y sin violencia, que podemos pedir disculpas y perdonarnos los unos a los otros y que los niños pueden cambiar el mundo… Sin embargo, una vez más, el mundo se encarga de decirnos, a ellos y a nosotros, lo contrario”. (p. 47).

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En estados sociales donde se perpetúan el odio, la complicidad, la complacencia, la imposición, la marginalidad, la exclusión; y existen estados polarizados, solo habrá brechas sociales más profundas, como lo plantea Los Divinos (2018), de Laura Restrepo, un relato estremecedor sobre el genocidio de la niña Samboní, una narración que refleja la enfermedad de un país, el problema de salud que se padece precisamente por la misma división social, un crimen causado por placer, más no político; una historia que invita a la reflexión sobre la naturaleza humana, que revela una ciudad dividida, estratificada, excluyente, individualizada que deja aislados a unos, y precisamente serán quienes seguirán padeciendo esas violencias. Los otros, los de arriba, eligen quiénes deben sufrir mientras otros sigue en sus murallas: “Por qué el Dolly-boy, el gran matón, el magatleta, el más fuerte y musculoso, el protomacho por qué escoge como víctima a la criatura más vulnerable (…) ¿Querrá la niña algún día regresar a su tierra? Esa tierra, según escucho, donde la familia abandonó casa, cosecha y animales y dejó enterrados a sus muertos, entre ellos dos recientes, el uno asesinado a tiros y el otro a golpes de machete”. (pág. 151).

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La literatura femenina permite enmarcar la participación de la mujer en la escena de paz, ya que reflexiona sobre las enfermedades que deja la violencia y el conflicto, igual que sobre la necesidad de la reconciliación, la recuperación de la memoria y la verdad, para así reconstruir un país que tiene grandes grietas emocionales, y por ende, sociales.

Por Ingrid Lozano Suárez

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