En la década de los cuarenta, un niño pintaba con tiza sobre las baldosas del jardín de su casa. La madre, pintora, se lo permitía. El dibujo era una forma de pensar. Quizás su madre veía en ese acto la manera en que su hijo intentaba entenderse a sí mismo como parte del mundo.
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La pintura, sin embargo, no fue su primera opción de vida. Héctor Osuna Gil primero entró al seminario. Luego de renunciar al sacerdocio intentó el Derecho, pero tampoco terminó la carrera. El arte es más que vocación; en apariencia es material, pero su verdad es interior. Es una verdad que escudriña, que descubre, que no confía y amplía el horizonte de las perspectivas. Ya lo dijo Paul Klee: “El arte no reproduce aquello que es visible, sino que hace visible aquello que no siempre lo es”.
El niño que usaba la tiza para pintar baldosas pasó a la pluma. Que la teología, que la filosofía, que el positivismo o el iusnaturalismo. No, no iba a encontrar la verdad en versículos o normas. Ese niño la iba a encontrar detrás de los trazos que buscaba por las baldosas de Medellín.
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En efecto, se inició como caricaturista en el periódico El Siglo el 6 de marzo de 1959. Luego, en los primeros años de la década de 1960, se convirtió en caricaturista exclusivo de El Espectador. Rasgos y Rasguños fue el nombre que le dio a su friso de caricaturas. Eran rasgos aparentemente simples, pero que representaban sombras que sugerían volumetría y rellenaban fondos.
Fue en la década de los 70 que surgió claramente un estilo propio. En las elecciones presidenciales del 19 de abril de 1970, el caricaturista dibujó a Misael Pastrana al estilo de Leonardo da Vinci, Rojas Pinilla a lo Goya, Belisario Betancur a lo Rembrandt y Evaristo Sourdis dibujado a lo Botero. En otras palabras, dibujó al político refinado, al dictador asociado con la decadencia y el horror del poder, al político que alguna vez fue un joven poeta melancólico y al candidato del establecimiento conservador. Es decir, de caricaturista, pasó también a ser un retratista.
Usó los estilos de los grandes para representar el carácter moral de sus personajes. Osuna se convirtió en parte de la memoria de un país. La perrita Lara representó la fidelidad incondicional del séquito presidencial a Alfonso López Michelsen. Los caballos de Usaquén evocaban una élite bogotana ceremoniosa y anacrónica. Sor Palacio, una monja gorda, inspirada visualmente en las figuras voluminosas de Fernando Botero, era el sermón disfrazado del gobierno y la solemnidad eclesiástica metidos en el Palacio de Nariño que dialogaba perfectamente con el aire clerical y solemne del gobierno Betancur. Sister Alice of the Saints reemplazó a la monja anterior como la subordinación cultural a Estados Unidos. El elefante de Samper fue la imagen y símbolo de un gobierno que fue incapaz de ver al gran animal dentro de la habitación. Los cireneos frustrados cargaron la cruz de un presidente con aspiraciones desmedidas de poder.
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Colombia no tiene un rostro definido. Ha sido carcomida por el conflicto armado y revivida por una esperanza ilógica. Ha sido imaginada, reimaginada, vilipendiada y ofrecida al mejor postor. Ha sido un país inmortal en medio del fuego, un milagro cicatrizado. Osuna se valió de un bestiario para poder reflejar todas las personalidades que han intentado llevar las riendas de un país indomable. Los rostros eran insuficientes para desvelar la verdad, pues podían degenerarse en máscaras que, más bien, podían esconderla. Fue un zoológico y un desfile de personajes secundarios que lograron encarnar el alma de los gobiernos colombianos. Osuna convirtió la página editorial en una novela por entregas donde los personajes eran símbolos del poder.
Aquel bestiario semihumano fue el que logró desnudar el poder y hacerlo relatable. Le quitó la solemnidad como quien le quita el saco a un invitado que se cree más importante de lo que es. Y debajo, casi siempre, apareció algo más pequeño, más humano, más reconocible. Esa fue, quizás, la única forma decente de hablar del poder en un país que se lo tomó demasiado en serio.
En una palabra, tomando la perspectiva de Beatriz González Aranda, Osuna es un fenómeno. Por 90 años, un mismo trazo contó la historia de una patria que más parecía una quimera que se escapaba por entre sueños y pesadillas que se intercalaban. Osuna vio caer y levantarse instituciones. Dibujó autoritarismos velados, frentes nacionales, narcoguerras, procesos de paz, escándalos que ahora nadie recuerda y otros que el país aún no termina de digerir. Y mantuvo, contra todo y contra todos, la independencia que le da sentido al oficio. Una caricatura que no es libre no es caricatura: es propaganda con sentido del humor.
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En la época de la imagen evanescente, de los memes que pierden vigencia a la semana siguiente, de los “scrolls” compuestos de segundos que se parten, el dibujo de Osuna perdura. El niño de las baldosas se convirtió en el artista que pudo decir lo que no cabía en un editorial.
A sus noventa años, no se nos viene a la cabeza otra persona que se haya sentado, semana tras semana, a mirar al país con la misma mezcla de cariño y rigor con que un buen médico mira a un paciente difícil. Ha diagnosticado sin compasión y sin crueldad. Ha hecho doler cuando había que doler. Ha hecho reír cuando era posible, y ha dejado en el camino un archivo que es, en realidad, una historia paralela de Colombia, a veces más fiel que la oficial.
Aquel niño de las baldosas no sabía que estaba ensayando un oficio. Tampoco sabía que su patio se convertiría en Colombia. Hoy el dibujo sigue allí, en el suelo, y nosotros seguimos caminando con cuidado para no pisarlo.
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