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Sobre el sano oficio de la lectura se ha hablado tanto, que es muy difícil ubicarlo en una sola dimensión o, peor aún, en una sola estructura. Muchos lo toman como un acto aburrido, diríase molesto, desprovisto de todo sentido que redunda más en una necesidad impuesta. Algo así como la muerte, horrenda, pero inevitable. Otros, en cambio, lo miran como un mundo inabordable que sólo las mentes más lúcidas y dotadas de un misticismo intelectual pueden atravesar. Pero, otros mucho más sensibles (algo así como un tal Jorge Luis Borges) lo ven como un auténtico placer y, como tal, este nunca jamás podrá ser obligatorio.
En verdad, si lo vemos con la sobriedad de un lector imparcial, estas y otras impresiones que se tienen sobre la lectura puede que tengan algo de razón. Es lo grandioso y, a su vez, lo paradójico de este oficio. El acto de leer muestra tantas facetas, que su práctica global es capaz de adaptarse a las percepciones que le brindan cada lector. Sin embargo, dentro de esa gran variedad de gustos y disgustos encontramos uno que, aparte de novedoso, resulta seducirnos como una tentación sutil, pero apasionante. ¡Cuidado! Cuando hablamos de tentación, no lo vemos como un acto nocivo o pecaminoso, todo lo contrario, se interpreta más como una incitación a leerlo todo y leerlo bien, a disfrutar cada texto (por muy básico e infravalorado que parezca) con el deleite universal y necesario de quien anhela disfrutar de un sano placer en la vida.
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La tentación de leer, la obra del economista y filósofo bogotano Francisco Cajiao, comprende todos los matices necesarios que un lector ávido, y asimismo uno que aún no se ha involucrado en el placer de leer, debería conocer. En sus 19 capítulos se exponen una serie de ejemplos textuales con sus respectivas apreciaciones y prácticas que pueden aplicarse bajo el deseo, la constancia y el valor cotidiano. Dentro de sus diversas funciones, Cajiao en ningún momento reduce la lectura a un mero gusto insustancial, sino que la eleva a diferentes ámbitos, mediante métodos de aprendizajes que le brindan un mérito afín con nuestra realidad, colmándola de atributos cuyo propósito sigue siendo el de promover el amor por leer.
Tal como la vida misma, de nada nos sirve que exista una, si no le hallamos un sentido mínimo para vivirla, así también ocurre con la lectura: sabemos sobre su función, pero no deja de ser un acto inútil si no la hacemos parte de nuestra existencia como seres humanos pensantes y críticos. Por esta razón, Cajiao nos invita a una reflexión constante. Desde una trayectoria esencial como lo ha sido la necesidad comunicativa hasta múltiples consejos que, por más elementales que parezcan, no pierden su valor imprescindible en todos los entornos de nuestro diario vivir. Su experiencia pedagógica no se concentra solamente en las prácticas del aula, sino también ofrece pautas llamativas que son dignas de aplicarse para enriquecer el gusto por explorar textos de cualquier índole.
Resulta importante el hecho de tomar como ejemplos una gran variedad de géneros que despierten la curiosidad en los lectores o en los prospectos de lectores. Es como si entráramos a una heladería y encontráramos varios sabores para el deleite de nuestro paladar. Así, tal cual, ocurre en cada capítulo; es una exhibición para el gusto particular de cada uno. Si el lector tiene un interés por saber consejos, secretos y acotaciones de un cuento, no solamente encontrará el cuento escrito, sino algo más valioso; encontrará un abrebocas textual ofrecido por el autor, para que el gusto se convierta asimismo en un acto referencial y desafiante que, de tal forma, pueda multiplicarse. Pero si, dado caso, el lector tiene una preferencia por la historia, Cajiao nos enseña cómo este género puede llegar a ser un placer vertiginoso, relativo e infinito, lleno de misterios y secretos que permiten escarbar el pasado y adquirir un punto de vista sobre sucesos que marcaron el rumbo de los destinos presentes.
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Otra cosa importante sobre esta obra es que Cajiao no escatima géneros. Todo tipo de texto tiene un alcance y una validez lo suficientemente enriquecedores, siempre y cuando contribuya a la tentación de leerlos, explorarlos, reflexionarlos y, ante todo, vivirlos. Hago esta aclaración porque, a diferencia de algunas otras obras atiborradas de contenidos excesivamente académicos y, prácticamente dispendiosos, en este texto se rompe definitivamente con cualquier estructura mal habida. Es tanta la intención de promover el mensaje de la lectura, que hasta se dedican capítulos envolventes a géneros quizás subestimados como lo son los cómics y los manuales de instrucciones.
En suma, en cada trayecto, según la tipología textual sugerida, podemos encontrar un sentido crítico que abra una posibilidad de conocimientos y herramientas. La intención de difundir el valor de la lectura va más allá de una necesidad pasajera, consiste en renovar en su valor la finalidad liberadora a través de un mensaje profundo, sencillo y elemental en el que cada capítulo se nos muestra mediante preguntas, comentarios y prácticas útiles que no solamente pueden favorecer a promotores de lecturas, docentes o estudiantes incipientes, sino a todos los lectores en particular, sin acepción de oficios o credos.
Personalmente, con el paso del tiempo, la lectura ha estado tan presente en cada fase de mi vida que resulta imposible desligarme de ella y de su continuo encanto. Cuando era niño mi madre me regaló el primer libro de portada verde e ilustraciones tristes (tesoro que todavía conservo con recelo). Mi padre me enseñó una vez que los libros suelen arropar nuestros sueños para que no mueran de frío. El gran lector Borges nos confirmó que leer es un placer infinito. Descartes nos mencionó que leer es como conversar con las mejores mentes del pasado. Y ahora Cajiao nos confirma que leer es una tentación inevitable que vale la pena caer para alimentarnos de otros mundos.
Esta obra de Francisco Cajiao, publicada por Panamericana Editorial en la colección Voces, se convierte en un texto esencial tanto para los amantes de la lectura como para quienes aún no se han tomado el atrevimiento de caer en la bella tentación de vivir otras realidades que se esconden en infinitas páginas.
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