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“La normalidad es una ficción social”: Juan Andrés Fernández

En esta entrevista, el escritor bogotano nos habla sobre su novela Los Concursantes, la cual explora las distintas caras de la muerte en una realidad dominada por los algoritmos.

Juan Sebastián Lozano

30 de enero de 2026 - 02:52 p. m.
Los Concursantes fue galardonada con el Portafolio de Estímulos Germán Vargas Cantillo en 2020 y editada por Escarabajo en 2025.
Foto: Escarabajo Editorial
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En Los Concursantes, el escritor bogotano Juan Andrés Fernández construye una novela coral y fractal que explora la muerte como una transición posible, así como la simulación de la realidad y la identidad fragmentada en un mundo dominado por algoritmos, redes y expectativas ajenas.

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Marcado desde niño por una sensación de extrañeza corporal —nació sin ombligo debido a onfalocele—, transforma esa vivencia en una reflexión inquietante sobre qué nos hace auténticamente humanos cuando todo parece diseñado y observable.

Los Concursantes reúne ocho voces en primera persona que narran desde fragmentos distintos de una misma realidad fracturada. Cada personaje revela su pedazo de existencia, entrelazado con los demás por la muerte en todas sus formas: física, simbólica, digital o burocrática. La novela evita el camino recto y opta por saltos narrativos que entrecruzan tiempos y dimensiones, donde la vida puede repetirse, fingirse o archivarse como un trámite más.

Mezclando ciencia ficción contemporánea con toques de espiritualidad y una mirada crítica al presente, la obra examina cómo las redes sociales, el marketing digital y la tecnología están reescribiendo quiénes somos y cómo nos relacionamos.

Aquí la muerte ya no es el final definitivo, sino una puerta posible hacia otro ciclo o simulación. El lector, lejos de ser meramente un observador, termina involucrándose en ese juego incierto y cuestionándose qué sobrevive de lo humano cuando la existencia parece un programa en ejecución constante.

Juan Andrés Fernández, nacido en Bogotá en 1987, es máster en Escritura Creativa por la Universidad de La Rioja. Formado como publicista y convertido en escritor por una necesidad interna, publicó primero Cuentos cortos para viajes largos (2019) y ha colaborado en revistas como El Malpensante.

Su nacimiento sin ombligo ha forjado una mirada peculiar sobre la pertenencia y la extrañeza, que impregna su literatura distópica y existencial. Los Concursantes fue galardonada con el Portafolio de Estímulos Germán Vargas Cantillo en 2020 y editada por Escarabajo en 2025.

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¿Cómo surgió la idea de Los Concursantes?

Los Concursantes nació en pandemia, en un momento de encierro, hiperreflexión y fragilidad. Empezó cuando desempolvé un cuento autorreferencial sobre un adolescente que cree que el universo le debe algo: un personaje resentido con la realidad, convencido de que su existencia tenía que ser recompensada. Ese cuento comenzó a generar personajes satélite, como si fuera un pequeño sistema solar narrativo: cada uno orbitaba alrededor de esa idea inicial, pero con su propia voz, su propio conflicto y un universo compartido.

En medio de ese proceso, una figura muy cercana de mi familia murió durante la pandemia, y eso me confrontó con preguntas que ya rondaban el proyecto: la muerte, la permanencia, la memoria, el tránsito. Sentí la necesidad de escribir algo que no negara la muerte, sino que nos ayudara a reconciliarnos con ella. Al principio, el libro era un volumen de cuentos; así ganó en 2020 el Portafolio de Estímulos Germán Vargas Cantillo de la ciudad de Barranquilla. Pero las reescrituras lo fueron empujando hacia un territorio más fronterizo, hasta convertirse en una novela que no quería parecerse a una novela tradicional.

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¿Cómo fueron sus inicios en la lectura y la escritura?

La escritura llegó a mi vida antes como terapia que como vocación. De niño tenía mucha hiperactividad, y alguien me enseñó ejercicios de escritura automática como una forma de canalizarla, casi como una terapia ocupacional. Yo no sabía que eso se llamaba “escritura creativa”; solo sabía que al escribir algo se acomodaba dentro de mí.

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También fui un niño que sufrió bullying por no tener ombligo, por ese cuerpo distinto, intervenido, marcado. Eso hizo que buscara refugio en mundos donde no tenía que explicar nada: los libros. La lectura se volvió una forma de desaparecer y, al mismo tiempo, de existir de otra manera. Luego empecé a crear mis propios mundos, primero como escondite y después como necesidad. Nunca pensé la escritura como una carrera, sino como una forma de sobrevivir.

Nació sin ombligo por onfalocele. ¿Cómo influyó esa sensación temprana de extrañeza en su visión del mundo y en Los Concursantes?

Creo que crecer sintiéndose distinto te enseña muy temprano que la normalidad es una ficción social. Mi cuerpo siempre fue una especie de anomalía, un archivo clínico más que un cuerpo espontáneo. Eso genera una distancia con el mundo: uno aprende a observar antes que a habitar.

En Los Concursantes, los personajes dudan todo el tiempo de quiénes son, de si son únicos, de si están vivos o apenas simulando estarlo, de si su cuerpo les pertenece o es solo un avatar. Esa inquietud viene de ahí: de nunca sentir que mi cuerpo era “evidente”. De crecer preguntándome qué nos hace reales, qué nos hace legítimos, qué nos da derecho a existir sin pedir permiso.

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La novela es coral y fractal. ¿Por qué decidió estructurarla así?

Ese primer cuento fue como el germen de un rizoma. No lo planeé como un sistema, sino como algo orgánico: un personaje llevaba a otro, una idea abría otra, una voz se ramificaba en varias. Con el tiempo entendí que la estructura debía parecerse más a un fractal que a una imagen fija: múltiples cauces, cruces, bifurcaciones.

A la hora de escoger el narrador, no me convenció la idea de uno omnisciente que lo explica todo. Yo quería que cada personaje creyera tener la verdad, aunque ninguna fuera completa. El mayor desafío fue cartografiar ese caos: crear una lógica interna lo suficientemente sólida como para que el lector no se perdiera, aunque la novela no fuera lineal.

Mezcla ciencia ficción con espiritualidad. ¿Cómo equilibra lo racional y lo místico?

Yo no los veo como opuestos. Creo que esa división es más cultural que real. La ciencia ficción siempre ha sido una forma de misticismo moderno: habla de universos invisibles, de dimensiones paralelas, de inteligencias que no comprendemos del todo. Y muchas tradiciones espirituales son sistemas simbólicos extremadamente sofisticados para explicar lo mismo: quiénes somos, de dónde venimos, qué hacemos aquí.

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En Los Concursantes no quise elegir entre lo racional y lo místico, sino dejar que se contaminen. Me interesa ese punto donde el algoritmo empieza a parecerse a un oráculo, donde la estadística se vuelve profecía, donde la simulación se parece al karma. Creo que hoy vivimos en un mundo donde la gente puede creer al mismo tiempo en la física cuántica y en el tarot sin sentir contradicción. Eso no es confusión: es una nueva forma de conciencia.

Desde su formación como publicista, ¿qué aspectos del mundo digital le parecen más distópicos hoy?

Me interesa mucho cómo la humanidad siempre ha querido vencer a la muerte. Antes lo hacía a través de la religión: dioses, almas, reencarnaciones, cielos. Hoy lo hace a través de la tecnología: backups de memoria, conciencia artificial, cuerpos mejorados, algoritmos que nos sobreviven. Creo que estamos construyendo una nueva religión, pero sin admitirlo.

Es una religión con un dios omnisciente —el algoritmo—, omnipresente —el sistema—, pero profundamente impotente. Lo sabe todo, pero no entiende nada. Mide, pero no siente. Y nosotros le estamos entregando nuestra identidad como ofrenda: nuestros datos, nuestras emociones, nuestros recuerdos.

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Desde la publicidad he visto cómo el yo se vuelve una interfaz editable: optimizable, vendible, empaquetable. Eso me parece profundamente distópico. Ya no nos preguntamos quiénes somos, sino cómo nos perciben.

¿Qué autores, películas o experiencias marcaron esta novela?

Literariamente, hay muchas capas: Borges, por supuesto, con su idea del tiempo circular y los espejos; Philip K. Dick, con su obsesión por las realidades falsas; Cortázar en su estructura lúdica; Ursula K. Le Guin por su profundidad filosófica; Stanislaw Lem; Calvino.

En cine y series: The Matrix, Black Mirror, Dark, Cloud Atlas —que me marcó mucho por su idea de vidas que se repiten y se contaminan—, David Lynch, Mr. Nobody, Eternal Sunshine of the Spotless Mind.

Pero también hay experiencias personales: hospitales, terapia, crisis existenciales, pérdidas, estados alterados de conciencia, conversaciones nocturnas que parecen triviales y luego te cambian la vida. Esta novela es tanto una biblioteca como un archivo emocional.

¿Cómo lee el panorama literario colombiano actual?

Lo veo diverso, potente, con voces muy valiosas. Pero también creo que está muy condicionado por ciertas expectativas temáticas: violencia, memoria, territorio, conflicto. Todo eso es importante, pero no debería ser una camisa de fuerza.

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Creo que como industria se está dando un problema estructural: el sistema de estímulos, becas y concursos muchas veces termina dictando qué se escribe, cómo se escribe y para quién se escribe. Hay una especie de mecenazgo moderno que, sin querer, obliga a muchos autores a adaptarse a criterios de mercado, jurados, tendencias.

Faltan espacios para procesos largos, raros, incómodos. Para libros que no entren fácilmente en una categoría. Yo quise escribir Los Concursantes desde ese margen: sin pedir permiso, sin encajar, sin suavizar. Pero no podría asegurar que se hubiera publicado si no hubiera corrido la suerte de ganar un par de concursos pequeños, y sé que suena contradictorio, pero ¿qué no lo es en la literatura?

Por Juan Sebastián Lozano

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