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Los fantasmas del "bosque rojo"

La invitada de honor a esta edición de la Feria del Libro de Bogotá es la premio nobel de literatura Svetlana Alexiévich. A través de los relatos de las víctimas, la bielorrusa retrató en su libro “Voces de Chernóbil” la tristeza y consecuencias que dejó el accidente atómico.

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Érika Martínez Cuervo
21 de abril de 2016 - 04:55 a. m.
Las consecuencias del accidente en Chernóbil son incalculables. Los expertos señalan que los materiales radiactivos y tóxicos son 500 veces superiores a los liberados por la bomba atómica. / AFP
Las consecuencias del accidente en Chernóbil son incalculables. Los expertos señalan que los materiales radiactivos y tóxicos son 500 veces superiores a los liberados por la bomba atómica. / AFP
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No es preciso anotar por qué he decidido tomarme el atrevimiento de escribir este comentario sobre el libro de Svetlana Alexiévich (Stanislav, Ucrania - Unión Soviética, 1948). Sin embargo, intentaré poner en palabras algunas de las sensaciones que experimenté mientras me devoraba sus páginas. Voces de Chernóbil (1997) me reafirmó sobre todo la importancia de la conversación, de poner en voz alta lo que se piensa sobre situaciones absurdas y fuera del alcance humano. Me hizo comprender con testimonios estremecedores la fuerza de los sentimientos como propulsores de vida y muerte. (Vea aquí nuestro especial de la Feria del Libro de Bogotá)

En medio de la incertidumbre que se respira mientras se lee, emerge una especie de esperanza que viene de no sé dónde y que ratifica una de las expresiones que varios de los sobrevivientes de Chernóbil enuncian: “no sabemos nada”, aún a cuestas de creer que lo sabemos todo, de decirnos unos a otros que “el conocimiento” es nuestra arma de salvación. Si hay algo, entonces, que logra esta escritora con su trabajo es despojarnos de tantas certezas. Alexiévich nos hace apropiarnos de las sensaciones de otros. El género del testimonio nos involucra, padecemos cada quejido, silencio, lágrima o grito.  (Recuerdos, el concepto que elegimos hoy para la Feria del Libro de Bogotá) 

Mi reflexión acá escrita (creo) está dirigida a pensar un asunto: la autora nos pone frente al borde de nosotros mismos, a la orilla del abismo, las voces de estos seres humanos nos dejan mudos, expectantes, desarraigados de la existencia. Me atrevería a decir que en sus relatos todo se trata de preguntarse sobre lo que significa perder y cómo revolcarse entre tanta confusión para luego emerger con otra idea de la vida o de lo que cada uno creía que era la vida antes del suceso de Chernóbil. Las desgarradoras revelaciones de los personajes que escuchó Alexiévich y que sabiamente puso en las páginas de su libro nos dan una lección sobre la existencia; cada escena narrada genera una serie de interrogantes que nos dejan en puntos suspensivos e impotentes. A estos seres humanos les arrancaron la cotidianidad sin aviso, incluso la idea de alimentarse quedó trastocada por un fenómeno sin nombre. No bastaron las explicaciones científicas de los expertos, tampoco los discursos políticos con los que —en su momento— dirigentes rusos justificaron el hecho. Las víctimas no han encontrado respuestas, quedaron aisladas en su idea de mundo luego de las transformaciones que su entorno experimentó. Lo material y lo inmaterial nunca volvieron a ser lo mismo para ellos, la comprensión del amor, de la esperanza y en general de los sentimientos se complejizó, se hizo otra. Los susurros de un pasado deambulan por el bosque rojo que dejó la explosión. Treinta años después las afectaciones físicas y sicológicas siguen latentes en esa extraña cotidianidad que han ido asimilando. “Los de Chernóbil” quedaron etiquetados como una especie sin definición. Los símbolos de una cultura también se extinguieron, entonces hubo la necesidad de constituir otro lenguaje en medio del miedo de estar vivo y con el fantasma de la muerte encima.

El 26 de abril de 1986 el reactor Nº 4 de la central nuclear Vladimir Lenin aumentó su potencia y generó el calentamiento del núcleo del reactor, lo que de manera inevitable produjo la explosión del hidrógeno que éste contenía en su interior. Esa es la síntesis de un hecho sin precedentes que le dio un vuelco a la vida de personas que habitaban Chernóbil y sus alrededores. La central, ubicada a 18 kilómetros de Prypiat (actual Ucrania) y a 16 de la frontera entre Ucrania y Bielorrusia, era uno de los lugares de experimentación nuclear más reconocidos de la época y representaba una de las hazañas científicas de avanzada del Estado soviético. Las consecuencias del hecho aún son incalculables y los expertos señalan que los materiales radiactivos y tóxicos son 500 veces superiores a los liberados por la bomba atómica. Grupos humanos fueron evacuados durante las semanas posteriores a la explosión, un exilio obligado que marcó la historia de los sobrevivientes. Muchos de ellos han regresado a escarbar su pasado, incluso a reincorporarse a un espacio que ya no es el mismo, donde se respiran un aire contaminado y una intensa melancolía. Pero la gran paradoja viene dada por la naturaleza misma, la fauna y la flora que habitan la zona asombran por su belleza, especies simbióticas con colores y formas sin antecedentes conviven con humanos que se sienten diferentes frente a un mundo que estigmatizó su existencia.

La tarea maratónica de la nobel fue haberse dedicado a escuchar a quienes no habían sido escuchados, a las víctimas de lo inexplicable. Los herederos de un error humano hablan desde perspectivas distintas. Es un libro polivocal, un collage de voces encontradas. La yuxtaposición de discursos humanos, una puesta en escena de las emociones. Hombres y mujeres diciéndose a ellos mismos lo que pasó o tratando de decirlo. El terror y la belleza se miran de frente. La memoria de cada personaje, con sus fisuras y carácter selectivo, intenta esbozar una imagen de sus vivencias luego de la explosión. Una literatura que penetra la intimidad de seres humanos desterrados de sí mismos.

Por Érika Martínez Cuervo

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