12 Dec 2020 - 2:00 a. m.

Los sufridos cuentos de Boccaccio

Quizá no existe en la historia de la literatura una obra que haya sufrido por más tiempo y de tantas maneras el peso de la censura que El decamerón, de Giovanni Boccaccio.

Alberto Medina López

La obra gozó por mucho tiempo de gran prestigio hasta que el Concilio de Trento, en 1559, arrojó sobre ella el fuego y la tijera de sus índices prohibidos y así lo mantuvo hasta 1790.

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En España, nos cuenta la investigadora María Dolores Valencia, de la Universidad de Granada, la Inquisición prohibió cualquier impresión en castellano y solo en el siglo XIX se volvió a editar.

“En las novelas de Juan Bocatio hay algunas muy deshonestas y por eso será bien que se vede la traslación dellas en romance sino fuese expurgándolas, porque las más dellas son ingeniosísimas y muy elocuentes”, escribió un secretario del Santo Oficio.

Muchos cuentos de El decamerón fueron eliminados, cercenados o alterados. Los censores llegaron hasta el extremo de cambiar a los protagonistas de algunas historias para aliviar las culpas de la iglesia: las monjas se volvían damas y los frailes, caballeros.

El relato del joven Masetto, que se hizo el mudo y se ganó el puesto de cuidador del huerto en un convento en el que vivían la abadesa y ocho novicias, fue mutilado en su totalidad por la Inquisición o traducido al capricho por algunos editores.

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Cuenta la historia que al ver a Masetto, una novicia le dijo a otra: “He oído decir que todas las dulzuras del mundo son una burla por comparación a la que siente la mujer con el hombre. Por lo que he determinado que, si con otros no puedo, con este mudo me he de ensayar”.

Aprovechando que el hortelano nada podía decir, lo disfrutaron en turnos. Mientras una vigilaba, la otra gozaba. Enteradas las demás hermanitas de lo que ocurría empezaron a participar de la fiesta, hasta el día que la abadesa vio al mudo dormido con aquello visible y decidió raptarlo por un tiempo.

A la Inquisición y a algunos traductores les cayó muy mal la historia y más aún su epílogo cuando Masetto, viejo y rico, afirmaba que “así trataba Cristo a quien le ponía cuernos en la cabeza”.

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La investigadora María Hernández Esteban, de la Universidad Complutense, encontró un tesoro en una de las múltiples traducciones, en la que desaparecían Cristo y los cuernos al final del cuento: “Recompensa el cielo a los que, sin descanso, labran y riegan el sediento jardín de las míseras monjas”.

Para fortuna de la historia, el libro nos llega hoy sin mutilaciones y sin los cambios que introdujeron los santos censores de la iglesia, que pretendían despojar de lo humano a un clásico de la literatura.

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