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Therians, la máscara del rostro humano (Sobrepensadores)

La tendencia de las therians se tomó las redes sociales y los titulares. Presentamos una reflexión desde lo identitario.

Roberto Palacio

28 de febrero de 2026 - 06:52 p. m.
Therian
Foto: Getty Images
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Uno de los rasgos que caracteriza la identidad en la cultura de la modernidad líquida, ese término que permea la obra de Zygmunt Bauman, es que pareciera consistir en siempre estar saliendo de una condición para “volver a nacer”. Constantemente dejamos de ser lo que somos con el deseo de convertirnos en “otro”. Estamos infatigablemente saliendo del closet. La vida líquida, dice Bauman, se alimenta de la insatisfacción permanente del yo consigo mismo. Hoy hemos llegado al punto de que nuestra identidad se construye en torno a algo radicalmente distinto a lo que somos: estamos añorando personalidades no humanas como en el caso de los Therians, la subcultura de los que se declaran pertenecientes a una especie animal.

Desde tiempos de la tribu nomádica primitiva, hemos soñado totémicamente con ser poseídos por espíritus animales. Relatos de licantropía, personas que creen poderse transmutar en lobos, rondan por la literatura desde la antigüedad. Luego de 1955, cuando Tolkien publica El Señor de los Anillos, surge una ola de individuos que se identifican como elfos, duendes y dragones. Para no ir más lejos, los Furries, seres que construyen identidades animales basados en imágenes histriónicas de personajes animales de la cultura pop, llevan con nosotros desde la década de 1990. Pero la pura y simple construcción de la identidad como un perro o un gato es relativamente nueva, ciertamente en Colombia.

Hay una imagen de un Therian caracol con una pesada concha que detiene una fila de autos para cruzar una calle. Se arrastra por el pavimento hasta que lentamente llega al otro lado haciendo alarde de su dificultad autoimpuesta. Lo primero que se entiende en torno a los Therians es que la identidad no debe ser fácil, debe incomodar, no debe pasar desapercibida, un concepto que ha venido a ocupar el de autenticidad. En tiempos en los que impera la idea de que tomen la decisión que tomen nuestros hijos, siempre la apoyaremos, pareciera que los modelos de identidad se han corrido hacia lo improbable. Eso justamente son los Therians. Los animales son, como los vemos ahora -no siempre ha sido así-, indefectiblemente nobles, puros; su lenguaje es directo y sincero. Hoy serían inconcebibles los experimentos que en su tiempo hiciera Konrad Lorenz para saber si su perro podía mentir. Vivimos en tiempos en los que nos queda más fácil tomar como modelo de vida a nuestro gato que a nuestros padres. En las historias de hace 150 años, los niños encausaban su rebeldía soñando con ser piratas, lo cual está presente en la obra de Robert Louis Stevenson. Pero hoy ningún modelo de relación humana nos parece realmente satisfactorio. ¿Por qué?

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Los factores son múltiples y se ramifican en mil direcciones. O quizá, según una sospecha ocasional pero inevitable que me ha sobrevenido escribiendo estas líneas, hacer sentido del sinsentido siempre pasa por la dificultad absoluta y la sobre-interpretación. Para citar la frase de Schelling, hasta los dioses luchan en vano por entender la tartufería. Hay sin embargo algunas idas que están a la mano. Sentimos que las posibilidades de lo humano se han agotado. Vivimos en un universo que percibimos como exprimido conceptualmente. Las grandes utopías, ideologías, causas como la lucha contra la pobreza y la desigualdad parecen derrotadas. Nos movemos según teorías que en el mejor de los casos tienen un siglo, como la relatividad y el psicoanálisis. Nunca logramos plantear la “tercera vía”. Las viejas causas las vemos como insolubles. Pareciera que no hay nada nuevo bajo el sol; toda novedad se disuelve en un mar de tendencias opcionales. Dentro de lo inventado y agotado, está el carácter humano. Ningún abanderado de ninguna causa, arte o ciencia es más admirado que mi mascota. Ser verdaderamente innovador implicará emigrar al reino de lo radicalmente otro, lo animal. Las palabras “humano” y “auténtico” ya no caben en la misma oración. “Humano” es el que siempre nos expone a la decepción.

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Detrás está una generación de individuos que hemos formado en un mundo que puede prescindir de la comunicación directa. Añoramos llevar una vida sin fricciones, en la cual pedir una pizza no implique hablar, ni escuchar la voz de otro. La tecnología digital no sólo lo permite, sino que lo estimula a través de las apps. Las habilidades de comunicación directa se han trasladado a las de la interacción digital. Ya no sabemos qué decirle al otro a la cara. Será mucho más fácil agachar las orejas y meter la cola entre las patas cuando alguien me dice algo que no me gusta, como lo evidencian Therians que reaccionan con “miembros fantasma” -colas imaginarias, alas invisibles, pelo corporal que sólo ellos ven-, o levantan una “pata” y gruñen en medio de un “shift” (cambio repentino de estado) cuando alguien les dice lo que no quieren escuchar. Son comportamientos de autovictimización y agresividad pasiva propias de una generación que ha perdido las claves de la comunicación humana de primer orden. Es muy difícil no percibir acá lo que Sartre criticaba de los pacientes más histriónicos de Freud cuando decía que no había en ellos una patología, sino “mala fe”, la tendencia al autoengaño bajo la cual nos autoconvencemos que no tenemos más opción que actuar de la manera en que hemos actuado. Los Therians lo dicen con claridad: ¡yo no escogí ser así!

¿Cuál es el riesgo de adoptar personalidad no humana? Claro que hay uno evidente en el hecho de renunciar a la comunicación. Hablar con otros, entenderlos, negociar emociones, intenciones, relaciones es un proceso de producción de sentido que aprendemos a lo largo de la vida. Cuando escojo una identidad sin referencia a lo humano, convierto en un derecho mi incapacidad de interacción.

Pero más allá de la bufonería infantilizada que la sociedad le ha permitido a los que se vuelven adultos, el Therian nos pone de cara a la forma en que construimos nuestra identidad. La idea misma de nuestra inadecuación, de no poder escoger una identidad dentro de los parámetros de lo que nos son más básicos como nuestro cuerpo y nuestra especie, el tener que imaginar que tenemos órganos que no tenemos o que nos sobran, el volver a andar en cuatro patas y bufar como expresión de un verdadero yo “atrapado en mi interior”, siempre apuntará directamente al desprecio primario de lo que somos….porque para los Therians, la máscara es la del rostro humano que diariamente vemos ante el espejo.

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