“Busquen, busquen no más, capitán. Aquí hay una sola cosa peligrosa para ustedes”, le dijo Pablo Neruda al capitán y jefe del operativo que buscaba armas, refugiados o lo que fuera en su casona de Isla Negra. “¿Qué cosa?”, le preguntó el oficial. Neruda lo miró de arriba abajo y le respondió: “La poesía”. Aquella mañana, incrustada en el calendario del día 14 de septiembre de 1973, le había dictado a su esposa, Matilde Urrutia, las primeras líneas de “Confieso que he vivido”, que había empezado a escribir más de cincuenta años antes, y que dejaría inconclusa. “Escribo estas rápidas líneas para mis memorias a solo tres días de los hechos incalificables que llevaron a la muerte a mi gran compañero el presidente Allende…”.
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Fue entonces cuando llegó a las carreras hasta su habitación Manuel Araya, su chofer, para informarle que habían llegado varios carros de militares. Urrutia sacó las hojas de escribir de su máquina y las metió entre varias revistas que había dejado dentro de un plato de madera, y caminó hasta la entrada de su casa. Cuando abrió, saludó al oficial de Carabineros de El Quisco y le dijo que pasaran, que registraran lo que quisieran. “Cumplan ustedes con su deber, la señora los acompañará”, le dijo Neruda unos minutos más tarde, luego de que ingresaran a su cuarto, buscando sin buscar demasiado. Pasados unos cuantos minutos, el oficial regresó a la habitación de Neruda para decirle que gracias, que no habían encontrado nada urgente no sospechoso ni digno de reportarse.
La noche anterior, Neruda apenas si había logrado dormir. Tenía fiebre, dolores en el vientre, mareos, vomitaba, trataba de levantarse, jadeaba. Hacía algo más de seis meses le habían detectado un cáncer que parecía leve, y que él hacía ver que era aún más leve, pero los sucesos del 11 de septiembre lo habían devuelto a la cama. En marzo y en abril se había sometido a 56 sesiones de terapias con cobalto bajo la supervisión del doctor Guillermo Merino en el Hospital Carlos Van Buren de Valparaíso. Neruda ya padecía de algunos dolores en los huesos, sin embargo, no estaba muy enterado del cáncer que le habían detectado, y menos, de la metástasis que había desarrollado, o eso aseguraba Matilde Urrutia, quien había hecho hasta lo imposible para que no supiera el estado exacto de su enfermedad.
Como lo reseñó Mario Amorós en su libro “Neruda, el príncipe de los poetas”, Matilde Urrutia declaró para el periódico “La Tercera” que “Tenía que inventar un ‘show’ para que Pablo no se diera cuenta, ya que el nombre cobalto era sospechoso. Decidí entonces con un médico amigo, Pancho Velasco, que armaríamos toda una farsa. Llegamos al hospital. Una amiga nuestra se encontró con Pablo y le contó que le estaban poniendo cobalto para un reumatismo que tenía en la cadera. ‘Ah’, dijo él, ‘a mí me traen para lo mismo’. Y como sufría de ese mal desde hacía muchos años se lo creyó todo. Es lo más fácil del mundo engañar a un enfermo. Yo puedo asegurar que Pablo nunca supo lo que tenía verdaderamente”.
Pese a lo que pensaba Urrutia, Francisco Velasco, otro de los médicos que lo trataban, consideraba que Neruda estaba muy bien enterado de su cáncer. “Nunca se le dijo el diagnóstico, aunque él lo sabía, pero seguía actuando como si lo ignorara. Nunca me dijo que tuviera la sospecha sobre su mal, incluso me aseguraba tener un reumatismo a la cadera, que le producía fuertes dolores. Cuando tuvo que colocarse aplicaciones de la bomba de cobalto, sonriendo, comentó: ‘Tú sabes que ahora se usa para el reumatismo, es lo más eficaz, y no solo se le aplica a los cancerosos, como la mayoría de la gente cree’”. Por esos días, pensaba ir a Buenos Aires para aceptar la invitación que le había enviado el gobierno argentino a la posesión del presidente Héctor J. Cámpora, pero tuvo que cancelar todo pues como dijo, había sufrido “un retroceso de la cadera”.
A finales de junio, otro médico, Julio Álvarez, lo atendió en el Hospital Carlos Van Buren, por petición del doctor Carlos Velasco. Como lo relataría en septiembre del año 2011, lo encontró muy mal. Neruda ni siquiera podía subirse y bajarse de la camilla en la que fue acostado para que le sacaran placas. “Cuando vi lo que las radiografías mostraban, me quedé horrorizado. En aquel momento era un enfermo terminal, era muy difícil que pudiese aguantar más de un mes. Estaba lleno de metástasis producto del cáncer de próstata que padecía”. Un mes más tarde, Gonzalo Losada, su editor, lo visitó y lo halló “muy desmejorado”. Se lo contó a una amiga mutua, Sara Vial, a quien ya Neruda le había contado cómo estaba.
Le dijo que le pedía encarecidamente que no le contara a nadie que lo había visto en cama. “Con las ganas que tienen de que yo me muera, van a pensar que al fin estoy agonizando. En Chile me hicieron una intervención menor en la cadera. Me molesta mucho, debo incluso apoyarme con un bastón. Eso tampoco me gusta. Te diré, querida: no tengo cáncer”. Unas palabras más delante, le insistió en que eso era todo y le repitió que había quienes estaban a la espera de su muerte, “de mi desenlace. Pero se quedarán con las ganas, yo no pienso desenlazarme”. Una semana después, fue internado en la Clínica Alemana de Vitacura bajo el nombre de Neftalí Urrutia para que le hicieran unos exámenes. Según su hermana Laura Reyes, Neruda solo padecía de un reumatismo gotoso.
El 12 de julio celebró su cumpleaños número 69. Entre varios de los que fueron a saludarlo a Isla Negra estaba el presidente Salvador Allende, quien le comentó a Miguel Otero Silva, director de El Nacional, que al año siguiente debían celebrar por todo lo alto los 70 años de Neruda. Otero le respondió: “usted, como médico ¿cree que llegará a los setenta? ¿No se nos morirá antes?” El presidente le contesto que no solo él, “sino los especialistas que lo están tratando opinan que durará varios años más. Celebraremos sus setenta años con el esplendor y la grandeza que él merece”. Pasados unos días, fue a visitarlo Margarita Aguirre, su primera biógrafa, y quien terminó por hacerle su última entrevista. Cuando regresó a Buenos Aires, hizo unas declaraciones para “La Opinión” en las que dejó en claro que no estaba mal, como decían.
Entre varios otros temas, informó que Neruda estaba trabajando al tiempo en unos “seis o siete libros”, y que preparaba con especial dedicación sus memorias, es decir, “Confieso que he vivido”. Ya llevaba más de trescientas páginas escritas, aclaró Aguirre. Entre julio y agosto, la situación en Chile se volvió cada vez más tensa. Neruda temía que en cualquier momento se desencadenara una “guerra fratricida”, y casi a diario les escribía cartas a diferentes personajes, tanto de la política como de las artes. Leía los “Sonetos de la muerte”, de Gabriela Mistral, y trataba de estar al tanto de los últimos sucesos. Cuando conversó con Luis Corvalán, secretario general del Partido Comunista de Chile, y le escuchó decir que podría haber un golpe de estado pero que si se desataba el caos a él no lo tocarían, le respondió que se equivocaba:
“Te equivocas, Federico García Lorca era el príncipe de los gitanos y ya sabes lo que con él hicieron”.