Cultura

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26 Sep 2020 - 6:34 p. m.

Los versos de amor que no ardieron

Dos Gregorios, distanciados por siglos, fueron los verdugos de los versos de Safo, la poetisa griega bautizada por Platón como la décima musa.

Alberto Medina López

La poetisa no podía nacer en un lugar distinto que una isla de origen volcánico como Lesbos porque en su mundo interior, al igual que en el subsuelo de su tierra, ardía el fuego primigenio del amor y sus dolores.
La poetisa no podía nacer en un lugar distinto que una isla de origen volcánico como Lesbos porque en su mundo interior, al igual que en el subsuelo de su tierra, ardía el fuego primigenio del amor y sus dolores.
Foto: Pixabay

Según versiones de la historia, la infame tarea la inició en el siglo IV Gregorio Nacianceno, Arzobispo de Constantinopla, y la terminó en el año 1073 el papa Gregorio VII.

Los prelados echaron al fuego los pergaminos que contenían uno de los primeros legados poéticos de la humanidad, escritos por una mujer que le cantaba al amor mientras su mundo griego vivía sumido en guerras de hombres.

“Y ahora querría ver sus andares hermosos / y el resplandor precioso de su rostro / más que los carros de los lidios y soldados / luchando a pie.”

De sus nueve libros de odas, epitalamios y cantos nupciales sobrevivieron líneas que han permitido armar, verso a verso, el rompecabezas de un erotismo antiguo y profundo, cinco siglos antes de Cristo.

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“El Amor me sacudió / como el viento que en el monte / estremece las encinas.”

Safo cultivaba las artes y las letras, y desde la academia que fundó en Mitelene, bajo el nombre de “Casa de servidoras de las musas”, enseñó a las jovencitas a construir el concepto de lo bello.

Amó a los hombres y también a las mujeres con la entrega de la carne y el alma, lo que resultó insoportable para los Gregorios que optaron por la sentencia condenatoria con dos palabras frecuentes entre los inquisidores religiosos: “inmoral y pecaminoso”.

La poetisa no podía nacer en un lugar distinto que una isla de origen volcánico como Lesbos porque en su mundo interior, al igual que en el subsuelo de su tierra, ardía el fuego primigenio del amor y sus dolores.

Atthis, discípula en la academia, fue uno de sus grandes amores. Entre los versos que se salvaron de la hoguera hay cantos a la pasión desenfrenada que le despertaba su alumna en perfecta correspondencia de amor.

"perfumado tu cuerpo luego / con aceite de nardo todo /

y con leche y aceite del de jazmín. / Recostada en el blando lecho, / delicada muchacha en flor, /el deseo dejabas tú ya salir".

Safo, con su cultura y su inteligencia, se quedó a vivir por los siglos de los siglos en sus versos incompletos por la intolerancia de los censores, pero ardientes y humanos hasta la médula.

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