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“Hay hombres que luchan toda la vida”: Bertolt Brecht (Políticamente artistas XIX)

Un mes después de la muerte de Bertolt Brecht, el 14 de agosto de 1956, el director de la Policía de la República Democrática Alemana dio un discurso en el que confesó que el dramaturgo estaba investigando a un agente del aparato de seguridad del estado. Luego de una pausa, dijo que después había fallecido por un infarto.

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Fernando Araújo Vélez
26 de abril de 2026 - 10:58 p. m.
Bertolt Brecht en 1937. Fotografía de Fred Stein (1909-1967) quien emigró en1933 de la Alemania nazi a Francia y, finalmente, a EE. UU.
Bertolt Brecht en 1937. Fotografía de Fred Stein (1909-1967) quien emigró en1933 de la Alemania nazi a Francia y, finalmente, a EE. UU.
Foto: Picture-Alliance/AFP - Fred Stein
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En “La ópera de los tres centavos”, Bertolt Brech incluyó un personaje al que llamó Mack “El navaja”, que en realidad se llamaba Macheath. De alguna manera, el “Pedro Navaja” de Rubén Blades que a partir de finales de los 70 rompería con los clásicos esquemas de la salsa, había surgido de allí. Con el correr del tiempo, Macheath se fue apoderando de la Londres marginal de los años del siglo XIX. Tramposo, audaz, pícaro, fue comprando a algunos policías, incluido Tiger Brown, el jefe de la fuerza, quien en tiempos de guerra había sido compañero y hasta amigo de Macheath, y por supuesto, a los mendigos de la ciudad. No había un lugar de Londres ni en las afueras que no estuviera supervisado por sus tropas, ni un solo menesteroso que pudiera pedir limosna sin su permiso y su comisión.

Cuando “El navaja” se volvió millonario, se casó con una mujer, Polly Peachum, pero el padre de la novia no estuvo de acuerdo con aquella relación. Luego de hablar, se fue a los hechos y consiguió que los mendigos, fieles a Macheath antes, se volvieran contra él. El señor Peachum pretendía que lo colgaran. Sin embargo, no lo logró en primera instancia. De cualquier modo, continuó moviendo sus influencias en los altos, medios y bajos fondos, hasta que consiguió que algunos agentes del orden arrestaran al “Navajas”, y después, que el juez encargado de su caso lo condenara a muerte. Los pormenores y charlas, favores y pedidos siguieron su curso mientras el “Navajas” estaba en prisión. Cuando llegó la hora de que lo colgaran, apareció una orden de indulto firmada por la reina.

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Macheat no solo fue absuelto, sino que fue nombrado barón del reino. En el fondo, “La ópera de los tres centavos” era un drama que pretendía dejar en el aire la pregunta de quién era un peor criminal, quien robaba un banco o quien lo fundaba. Las escenas se iban sucediendo, ambientadas por música y un lejano tinte de jazz. La canción “Mack the Knife” fue traducida a varios idiomas, e interpretado entre otros por Louis Armstrong, Frank Sinatra y Ella Fitzgerald. La obra se estrenó en el “Theater am Schiffbauerdamm” de Berlín, y un año más tarde, en Budapest, Praga y Viena. En París se pudo ver apenas en 1930, cuando la obra ya se había visto más de diez mil veces. Las presentaciones en Alemania se acabaron durante los primeros meses de 1933, cuando Adolf Hitler ascendió al poder.

“Ahora en la acera, ooooohhhhh, sábado por la mañana un ¡hahhh! le miente un cuerpo que acaba de rezar vida, y alguien está escabulléndose en una esquina, ¿podría ese alguien ser El navajas Mack?”, decía, palabras más, palabras menos, la letra traducida al español. Brecht huyó de Alemania con el ascenso de Hitler. Se llevó consigo al “Navajas” y su intento de concientizar al público alemán sobre los peligros que lo acechaban, y se fue hacia Dinamarca. Luego pasó por Suecia y por Finlandia. Sin un trabajo estable, yendo de un lado hacia el otro, en pensiones de tres centavos, un día decidió que tenía que volver a escribir. Que la época de sus grandes victorias había pasado. Por varios meses, se encerró para crear “La vida de Galileo”, que desde su ficción, acabó en la hoguera por defender la idea de que la tierra no era el centro del universo.

Las críticas de Brecht abarcaban a todos los tipos de totalitarismo, que habían condenado a la humanidad a vivir según sus coordenadas. Los de la Iglesia, los de los Estados, los de la sociedad, los del capitalismo, e incluso, los del pueblo, que tenía una y muchas responsabilidades en lo que acontecía, por acción o por omisión. En “Madre coraje y sus hijos”, transmitió la idea de que los medianos y hasta los pequeños empresarios promovían las guerras, pues veían con ellas, y desde ellas, la mejor y más rápida manera de acumular dinero y poder. Una plata acá, una allá, la compra del obrero y del jefe del obrero, la permanente instigación, las conspiraciones, difundir odio y falsos nacionalismos, indignar al trabajador y demás, eran fórmulas de manual para llevar a un país o a otro a una guerra.

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Para Brecht era muy difícil, casi imposible, que alguien mantuviera su dignidad en un mundo capitalista. Una y otra vez se declaró comunista, pese a que jamás se afilió a ningún partido comunista. Era más importante, más valioso, trabajar por las ideas que hacer parte de unos cuadros que tarde o temprano se transformaban en burocracia. “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”, escribió en su poemario “Los que luchan”. Los imprescindibles eran esos, los que luchaban. Esos, los que no se vendían. Esos, los que pensaban y actuaban de acuerdo con sus pensamientos. Bertolt Brecht luchó toda su vida por ser el protagonista de sus versos, y por mantener su dignidad aunque tuviera el cañón de un fusil pegado a la sien.

En 1941, se marchó a Moscú y se fue a bordo del tren transiberiano hasta Vladivostok. Luego, en barco, navegó hasta California y se estableció allí, convencido de que podría hacer alguna que otra película con los estudios de Hollywood. Vivió varios años en Santa Mónica. Consiguió entrevistarse con algunos productores, y escuchó una y otra vez la promesa de que si enviaba sus guiones, los iban a tener en cuenta, pero sus tramas y sus parlamentos eran demasiado racionales para el común de la gente. Mientras iba de fracaso en fracaso, lograba presentar sus obras teatrales en locales subterráneos de inmigrantes. En 1947 fue requerido por el staff principal del Comité de Actividades Antiamericanas, acusado de haber divulgado ideas contra el sistema. En noviembre de aquel mismo año, huyó a Suiza.

Ya en los 50, acabó en Berlín. Siguió trabajando, luchando un día y otro más, hasta que falleció, el 14 de agosto de 1956. Pasados muchos años, el periódico Der Tagesspiegel transcribió un discurso del director de la Policía Secreta de la República Democrática Alemana en el que afirmaba que Bertolt Brecht quería hacer una denuncia contra un mando importante del aparato de seguridad del estado. Luego de una pausa, agregó: “Después, Brecht murió de un infarto”.

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Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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