Hablemos de la muerte, de las pequeñas muertes a las que nos enfrentamos a lo largo de la vida...
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Bueno, la muerte se me ha presentado de dos maneras: las que he vivido —porque he muerto muchas veces— y las que he experimentado cuando han muerto mis seres cercanos. Ya murieron mis padres, y esas dos muertes me dieron durísimo; fueron pérdidas que me hicieron pedazos. También, mientras trabajábamos en la primera película de Los iniciados, el director de cine Jaime Osorio enfermó gravemente. Su cáncer no se detuvo, a pesar de la quimioterapia y de otras ayudas médicas, y decidió aplicarse la eutanasia. Fue otra muerte que me golpeó con fuerza, una pérdida que afectó a todo el equipo. Yo venía todavía del duelo por mi madre cuando llegó la muerte de Jaime.
Con el tiempo he comprendido —aunque ha sido difícil— que la vida es un largo adiós. Hay que despedirse de todo y de todos, y al final, también de uno mismo. Hay que mirarse al espejo y decir: “chao, también a ti te tengo que decir adiós. Gracias por este cuerpo”.
Además, he tenido muertes conscientes conmigo mismo. Por ejemplo, cuando abandoné la academia después de haber sido profesor de literatura durante diez años: ahí morí por completo. O cuando renuncié a hacer un doctorado en Estados Unidos; preferí decir no, morir y quedarme en Bogotá, esta ciudad que tanto me obsesiona, por las mismas razones que te mencionaba antes.
Como ha mencionado anteriormente, usted se ha dedicado a caminar esta ciudad, entonces, ¿cómo ha sido la relación del escribir y del andar?
Para mí, estas dos cosas van de la mano y han sido fundamentales: me es muy importante moverme. Una de las experiencias que más me afectó durante la pandemia del COVID-19 fue quedarme quieto, encerrado en un apartamento sin poder salir. Enloquecí. Me di cuenta de que, en varias ocasiones, estaba delirando por la quietud. Pensaba: “voy a quedarme quieto el resto de la eternidad, ¿por qué tendría que hacerlo ahora?”. Yo estoy en movimiento de manera permanente. Incluso cuando escribo, a veces necesito empacar una maleta, irme a un hotel, cualquiera, solo para poder salir, viajar y moverme. No puedo escribir si estoy quieto.
De hecho, me gusta mucho encontrarme con lectores en distintos lugares de Bogotá e incluso de Colombia. A veces ellos creen que vivo cerca del sitio donde nos vemos. Si, por ejemplo, me estoy cortando el pelo en el centro, es porque esos días me estoy quedando por ahí, pues necesito escribir en ese sector. Ahora que lo pienso, en realidad no vivo en ningún lugar fijo, y eso es muy importante para mí. El nomadismo ha sido una estructura central en mi vida y en mi obra.
¿Cómo logra la literatura convertirse en ese vehículo capaz de transmitir una información que, aunque parezca completamente ajena al lector, termina por transformarlo y nutrirlo?
Lo que te pide un lector es pluralidad. Creo que la gente que no lee es solo ella misma: siempre es la misma persona, con sus problemas y conflictos, con sus crisis y deudas, con los cambios de trabajo y las dificultades de la vida, pero sigue siendo solo una. En cambio, quienes leemos no somos únicamente uno. También somos lo que leemos: somos Madame Bovary y nos pasan todas las cosas que le ocurren en esa novela, y sufrimos con ella; somos Rodion Raskólnikov y hemos asesinado a una anciana; somos el coronel Aureliano Buendía; somos budistas, judíos, musulmanes, personas trans; somos muchas cosas cuando leemos de todo. Creo que esos viajes, mutaciones y transformaciones de la conciencia, que terminan siendo de una intensidad enorme, son precisamente lo que la literatura pone en juego cuando le ofrece al lector una historia que le permite acercarse a un personaje y encarnarlo.
Si pudiera volver a dar clase de literatura, lo haría en un colegio y les diría a los estudiantes que no se trata de una clase de literatura, sino de brujería. Les enseñaría secretos chamánicos, altivos, primitivos; les hablaría de los devenires de la conciencia. Les diría que lo único que puedo prometerles es que al final del curso no van a ser los mismos, porque a través de la literatura vamos a emprender viajes tremendos, encarnando vidas que realmente valen la pena seguir.
Nadie fomenta la literatura de este modo, como un viaje de transformación personal. Nadie le dice a uno qué pasa cuando lee, y por eso uno ve a alguien que no lee y percibe una vida plana, que siempre piensa lo mismo. También creo que quienes leemos todo el tiempo dudamos más, porque somos múltiples y contradictorios; viajamos de una identidad a otra. A través de la literatura podemos ser otros, y ese es un poder íntimo que se alcanza en silencio.
¿Cuál es la importancia del mito en la cotidianidad?
Es absoluto. Creo que el hombre moderno es cada vez más torpe, más ciego e incapaz, más paralítico e impedido. Los aparatos electrónicos nos han ido encarcelando y, de alguna manera, nos están atrofiando, ejerciendo un cierto control sobre nuestra mente. Claro que existe un control en las redes sociales que llega hasta nuestra mente y produce el empobrecimiento del hombre, de lo humano, llevándonos a una indigencia mental.
En cambio, los antiguos habitaban el mito y contaban con una riqueza mental alucinante. Por ejemplo, un griego tenía una mentalidad compleja: podía producir sin problema una filosofía racionalista, como la de Platón, y al mismo tiempo acudir al Oráculo de Delfos para comunicarse con lo invisible. También iban a la Pitonisa para entrar en contacto con ese mundo invisible a través de la poesía. Nosotros, en la vida cotidiana actual, ya no. Cada vez nos alejamos más del mito, y quizá esa sea una de las razones por las que, cuando nos comunicamos con los otros, sentimos que hablamos con zombis, con gente dormida, que no habita el mito.
Creo que el mito —o, en este caso, la literatura— nos comunica con la otredad. Es decir, la comunicación con el mito es fundamental, y eso es precisamente lo que tiene la literatura: habita el mito y se lo lleva a los lectores, abriéndoles nuevas puertas.
En sus últimos libros uno de los conceptos que los atraviesa es la vulnerabilidad, ¿qué papel cree que cumple, tanto en la relación con uno mismo como en la decisión de mostrarla a los demás?
El establecimiento, la sociedad, nos obliga a ser exitosos y el éxito pasa, de alguna manera, por la fuerza, ¿no? Porque tienes que ser poderoso, decidido; para lograr el éxito tienes que ser un “tiburón”. Si no triunfas, pareciera que hay algo malo en ti, como si no lo estuvieras logrando. Entonces, eso nos empuja a ser más agresivos, a buscar siempre algo mejor: un ascenso, un reconocimiento, una meta más alta. Todo el tiempo es ese frenesí de la fuerza, y yo creo que no, que no tiene por qué ser así.
Considero que siempre será mejor una persona desde la vulnerabilidad. Y desde ahí es bonito poder decirle a alguien: “Mira, yo soy esto, para bien o para mal. Ya no soy una persona fuerte. Ya no tengo ímpetu. Sufro y me duele”. ¿Y qué tiene eso de malo? Nada. No pasa nada.
También creo que hay algo bello, tierno y dulce en la vulnerabilidad, porque permite que aparezca la fraternidad, que haya un encuentro con el otro a partir de la fragilidad, de una manera honesta, por supuesto. Además, me parece importante porque la vulnerabilidad destruye el ego, que es una carga muy pesada y aparece por todas partes para complicarlo todo. En cambio, la vulnerabilidad se encarga de irlo demoliendo y de ponerlo en su lugar. Creo que hay que buscar la vulnerabilidad física y psíquica para que nos ayude al encuentro con el otro y no nos relacionemos desde el ego.