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Memorias del cobre (Cuentos de sábado en la tarde)

En un pueblo del Caribe colombiano, donde los hombres se defendían del enemigo con piedras y flechas envenenadas, vivió una mujer que se llamaba Idalia. Ella, mi bisabuela, nos contó la procedencia del nombre del pueblo El cobre, antes llamado Yurbaco, en honor a los indios.

Verónica Bolaños

13 de marzo de 2021 - 02:44 p. m.
Desde la llegada de los gitanos al pueblo, se empezaron a ver cambios extravagantes. La cruz de la iglesia fue hecha en cobre, pese a la oposición del cura; las albercas y aljibes eran de cobre, también las mesas de fritanga, los escaños, los santos de la iglesia, las bacinillas, los excusados y los ataúdes. El pueblo fue conocido como El cobre.
Foto: Pixabay
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Una mañana, en cada una de las casas del pueblo, volaba un cucarrón negro, pesado y brillante, que emitía un zumbido estridente. Cuando el abejorro entraba en las casas, los habitantes se preparaban para recibir una visita inesperada. Barrían el patio, limpiaban los excusados, organizaban las butacas y colgaban hamacas en los árboles. El murmullo de los abejorros silenció las campanas, los ladridos de los perros, los pregones de las palenqueras y el llanto de las mujeres que parían bajo los árboles.

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La gente salió a la calle y todos miraban hacia la plaza y el camellón. Algunas mujeres amanecieron en las ventanas, mientras los hombres preparaban su rudimentario armamento. Aunque el abejorro significaba la llegada de una grata visita, la muchedumbre dudó.

Pasaron los días. Lo que debía de ser un buen augurio, se convirtió en una incertidumbre. Nadie recibió una visita inesperada. Al quinto día, el sol estaba inclemente. Una ráfaga de viento llevó al pueblo un olor a cobre que impregnó los escaños de la plaza, la cruz de la iglesia, las hojas de los árboles y la ropa tendida en los alambres. La gente se apresuró a cerrar los portones, las ventanas y cualquier rendija por donde se pudiera filtrar ese olor punzante.

El cura salió de la iglesia con los ojos abiertos, vestido con la sotana blanca, con un pañuelo cubriéndose la nariz y la Biblia en la mano. Comenzó a dar vueltas por el pueblo. “¿Qué será?”, pensó. Luego, se sentó en un escaño a hojear la Biblia. Buscó en El Apocalipsis de San Juan y no encontró ninguna revelación. Frunció el ceño y cerró la Biblia con una mano. Entró a la casa parroquial, se desvistió, quedó en calzoncillos de terlenka y encendió el ventilador. Luego se sentó en la cama a rezar, sin saber por qué.

Idalia dormía cerca de la ventana, sentada en la mecedora y con el rosario enredado en las manos. Cuando acabó el último misterio, abrió los ojos y los vio. Cerró los ojos y otra vez los abrió. No sabía si la imagen correspondía a un sueño, o, tal vez, a una alucinación. Entonces, sacudió la cabeza. Vio a cientos de hombres y mujeres que deambulaban con burros, carretas y caballos. Los hombres cargaban carpas de colores encima de sus cabezas y las mujeres caminaban con niños de ojos vivarachos.

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El olor a cobre se hizo más penetrante. El brillo de los vestidos adornados con lentejuelas y piedras preciosas resplandecía en las calles polvorientas y sofocantes del pueblo. Las mujeres se asomaron a las ventanas atraídas por el olor y los hombres del pueblo cargaban piedras en las manos.

La multitud que erraba por las calles era la de unos gitanos, quienes buscaban un lugar tranquilo donde pasar una temporada. Recorrieron todas las calles, como en una procesión. Los hombres del pueblo dejaron caer las piedras en el suelo y escondieron las flechas envenenadas. Los niños de los gitanos reventaron en llantos hambrientos y sus madres se sentaron en el suelo a amantarlos, cubriéndolos con una tela satinada de color azul y verde, que llevaba dibujada una rueda de color rojo.

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Esa noche, en silencio, los gitanos montaron las carpas en la plaza del pueblo. La gente los miraba, no se atrevían a decirles nada. Al rato, escucharon que hablaban un idioma extraño; las personas escuchaban con atención a ver si lograban descifrar algo, pero no entendían nada. Los hombres se quitaron los sombreros de alas y los acomodaron encima de las carpas; las cachabas de cuero las colgaron en un palo.

Cuando amaneció, los patriarcas se acercaron a las casas a pedir un poco de agua para cocinar.La gente se asustó porque se dirigieron a ellos en castellano. Desconocían esa etnia, algunos solo sabían que existían los Wayú, de la Guajira, los Arhuacos, de la Sierra Nevada de Santa Marta. Nunca habían escuchado hablar del pueblo Rrom que vivía en Colombia. Desconocían su procedencia, religión y costumbres. Se sintieron atraídos por el colorido de sus vestimentas, su piel tostada, la curiosidad de conocer sus costumbres y el olor a cobre que desprendían los cuerpos de los hombres. La gente les daba galones de agua, comida y bolsas repletas de frutas.

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─¿De qué piensan vivir? ─comentó algún vendedor.

─No lo sé ─respondió otro─. Espero que no vengan a quitarnos la clientela, dicen por ahí que son buenos comerciantes y que las mujeres leen el futuro. Ya bastantes problemas tenemos como para tener competencia.

─Tenemos que hablar con ellos, no pueden venir e instalarse en la plaza, así como si nada. La plaza es el lugar de nuestras vendedoras de arepa de huevo. Esas carpas ocupan mucho espacio.

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Al día siguiente, algunos hombres se acercaron a hablar con los patriarcas. Ellos se negaban a renunciar a sus carpas; alegaban que no tenían un techo donde resguardar a sus familias.

Los vecinos se ofrecieron para acogerlos en sus viviendas. Los gitanos desmontaron sus carpas y las guardaron en el patio de la iglesia. La gente se peleaba para dar alojamiento a las familias, los mataba la curiosidad de vivir de cerca cómo eran sus costumbres, escuchar cómo tocaban la guitarra y las mujeres ansiaban aprender el arte de ver el futuro en la palma de las manos. Los hombres se sintieron motivados por aprender a hacer palanganas, paletas, cucharas y tenedores en cobre.

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Los niños se integraron sin problemas con los otros niños del pueblo. Jugaban a las canicas, al trompo, al escondido, así como al fútbol. La plaza era el punto de encuentro para ir juntos al colegio. A la hora del recreo siempre acababan preguntándole a los gitanos sobre su procedencia.

─¿Es verdad que vinieron caminando desde la India? ─preguntó uno de los niños.

─Así es, pero yo no me acuerdo, era muy chiquito ─contestó el gitano.

─¿Nos enseñarás algún día tu idioma, aunque sea unas palabritas?

─ La verdad, verdad, ese idioma solo lo podemos entender los que somos de sangre gitana, es sagrado para nosotros. “¡Opre, Roma!”.

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─¿Y eso qué significa? ─preguntó el amigo.

─¡Arriba, gitano! ─dijo, Juan.

Sonó la campaña del recreo y entraron nuevamente a clases.

Desde la llegada de los gitanos al pueblo, se empezaron a ver cambios extravagantes. La cruz de la iglesia fue hecha en cobre, pese a la oposición del cura; las albercas y aljibes eran de cobre, también las mesas de fritanga, los escaños, los santos de la iglesia, las bacinillas, los excusados y los ataúdes. El pueblo fue conocido como El cobre.

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Las carpas estaban montadas en el patio de la iglesia, en ellas trabajaban las pailas, donde tenían las fraguas para soplar durante el quemado. Los hombres del pueblo se hicieron expertos en el corte, quemado y martilleo del cobre sobre un yunque. Los niños del pueblo crecieron, estudiaron y actualmente trabajan en la ciudad. En los ratos libres, contribuyen en la elaboración de innovadores objetos en cobre. Mi bisabuela decía que los gitanos, aunque no tuvieran encargos, por las noches se embelesaban en el martilleo del cobre, pues así protegían su cultura y evocaban con añoranza a sus ancestros.

Por Verónica Bolaños

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