10 Dec 2019 - 5:04 p. m.

Mientras afuera crezca un mundo

La idea de Adelaida Fernández Ochoa con esta novela, "Afuera crece un mundo", surgida a raíz de su tesis de grado en la Maestría en Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira, tiene como foco abordar la forma en que ha aparecido la mujer negra en la historia de Colombia.

Santiago Díaz Benavides @santiescritor

Imagen de la novela de Adelaida Fernández Ochoa, un retorno a la historia marginada de Siglo XIX.  / Cortesía
Imagen de la novela de Adelaida Fernández Ochoa, un retorno a la historia marginada de Siglo XIX. / Cortesía

Durante muchos años, la literatura colombiana ha sido el reflejo de lo que hemos venido siendo como país, al igual que el cine o la pintura, un poco más abstracta esta última. Las batallas independentistas, los días de la esclavitud, la época de la violencia, el bipartidismo, el narcotráfico, los secuestros; los progresos, las alegrías, los logros en eventos deportivos, los triunfos de nuestros artistas. Todos estos eventos han sido debidamente registrados en las letras nacionales, pero siempre queda uno como lector con la sensación de que hace falta contar más, contar ciertas cosas o contarlas distinto.

Si está interesado en leer más sobre Cultura, ingrese acá: Handke y el “terror ante la historia”

Algo similar es lo que le pasó por la cabeza a la escritora caleña Adelaida Fernández Ochoa, quien durante muchos años se dedicó a la vida académica, siendo una gran lectora desde muy niña, y entendió que a pesar de lo maravilloso que encontraba en los libros que leía, había algo esencial que ella no hallaba: su identidad. Es bien sabido que, durante largo tiempo, la sociedad opacó a la mujer en formas distintas, reduciéndola al espacio casero como figura providencial del esquema familiar, en el mejor de los casos. La mujer no podía salir a trabajar y tenía que hacerse cargo del cuidado de los hijos y la manutención del hogar; la mujer no podía leer los mismos libros que los hombres, no podía opinar sobre política, o arte, o lo que fuera, porque todo giraba en torno a las concepciones de los hombres. Un machismo que le hizo mucho daño a nuestra sociedad y que solo hasta hace unos años ha comenzado a verse disminuido. Ahora vemos cómo el feminismo ha logrado empoderar a la mujer, reconociendo que el mundo debe ser narrado en masculino, pero también en femenino.

La idea de Adelaida Fernández con esta novela, surgida a raíz de su tesis de grado en la Maestría en Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira, tenía como foco abordar la forma en que ha aparecido la mujer negra en la historia de Colombia. A partir de la lectura de 13 novelas relevantes y consideradas parte del canon de la literatura nacional, la autora terminó por confirmar aquello que ya sentía desde que leía en su adolescencia y no lograba entender la razón por la que las historias siempre eran contadas desde lo masculino, queriendo acercarse a lo femenino y, en pocas ocasiones, al mundo del afro y sus temas. Llegó a la conclusión de que la mujer negra, en la amplia tradición de la literatura colombiana, es apenas mencionada por los bordes, hace parte de la ‘otredad’, de la alteridad. “Ella no narra, a ella la narran”, menciona la autora en conversación con Paola Guevara. “De las 13 novelas que trabajé ninguna fue escrita por una mujer. Y hay personajes [femeninos] de gran trascendencia en las novelas fundacionales, como la Marquesa de Yolombó, de Tomás Carrasquilla. El personaje se llama Bárbara Caballero, una mujer blanca, criolla, que decide hacerse minera en Yolombó, Antioquia, y no solo se hace minera, sino que aprende a leer, cuando las mujeres de su tiempo solo sabían tejer y coser. Ella tiene mucho éxito en ese trabajo con la ayuda de una legión de personajes, mujeres negras que están a su alrededor y que la ayudan, porque otra de las funciones que cumple la mujer negra dentro de la novela fundacional es ser el alter ego de la mujer criolla blanca que tampoco tiene palabra. A esta mujer blanca la narra un hombre (…) Me di cuenta de que faltaban mujeres escritoras, y la voz de la mujer, su óptica, su percepción del mundo, ese lenguaje depurado por su espíritu. Nos inculcan una visión del mundo que viene con el lenguaje y es patriarcal. Pero ese lenguaje patriarcal debe ser depurado por un espíritu femenino para que la voz sea femenina”, continúa, en una entrevista publicada por El País de Cali, en abril de 2019. “Cuando nosotras escribimos, leemos, hablamos, el lenguaje debe ser depurado por nuestro espíritu. Esta fue la conclusión de mi trabajo de tesis: Falta esa novela. Entonces yo voy a escribirla”.

Si le interesa leer más de Cultura, ingrese acá: ¡Oh arte inmarcesible!: Las letras de la independencia

El personaje de Nay de Gambia, cuya aparición en María, de Jorge Isaacs, bajo el nombre de Feliciana, es apenas visible, un tanto borrosa, es reconstruido en Afuera crece un mundo con una maestría y delicadeza que solo pueden pertenecerle a esta autora que reconoce que se necesita de una voz fuerte para abordar uno de los personajes de una de las obras centrales de la literatura colombiana y de gran importancia para el resto del continente. No en vano, Adelaida Fernández Ochoa consigue hacerse con el Premio Casa de Las Américas, en el año 2015. La mujer que narra aquí, Nay, es alguien que tiene claro que su libertad no está en las letras de un hombre blanco, en un papel que le da la potestad de llamarse libre y andar por ahí, sin temores. No, para ella, la libertad está en el retorno a su tierra, de la que fue alejada a la fuerza y a la que contempla con nostalgia cada que le canta a su hijo con “esas palabras tan rústicas”. A él lo cría con esto en mente. Algún día regresarán a África y serán felices.

La novela está narrada casi como un diario. Se alternan, cada cierto número de páginas, las voces de Nay y su hijo Sundiata para contarnos la historia que tiene lugar en la Colombia de 1840. Es la época en que los cimarrones y libertos del Cauca deciden unirse al ejército de Los Supremos con la esperanza de conseguir la abolición de la esclavitud. Es una Colombia asediada por la guerra y la sed de poder, es la misma que alberga los amores de María y Efraín, descrita con una calurosidad intensa, una humedad que se siente en cada línea. La visión de Sundiata es un poco más ingenua que la de su madre, obvio. Se trata de un niño que lo ve todo con ojos curiosos y está ávido de nuevas experiencias. Él quiere aprender a cazar, a navegar, a pescar, a leer y a cantar; quiere aprender sobre los hombres y su forma de estar con las mujeres, quiere saberlo todo sobre las mujeres, pues su mundo gira en torno a una: su madre.

“Mi madre no traza letras, sino que las teje, parecen unas joyas de tinta, yo quiero tener muchas tiras de sus palabras escritas para forrar las paredes de mi aposento cuando lo tenga. Y que sean de colores. Qué tal letras verdes, rojas y amarillas, algunas con una alegría tonta que salga de su corazón, otras con sus historias, la de tío león y tío conejo, la del gato y el mur; su nombre y el mío; el nombre que ella ama y yo entiendo: Sundiata. El otro que me dicen o me gritan: Juan Ángel. El suyo: Nay de Gambia. Y su estirpe: Magmahú, padre, guerrero Ashanti y exiliado. El rey Say Tuto Kuamina le retiró su confianza cuando, por traición de capitanes subalternos, se debilitaron las tropas y este tuvo que celebrar un tratado con los ingleses. ¿A quién pueden amenazar historias como esa? En su cuaderno y en mis letras, esas mismas historias dirían otra cosa. Pero en la pared, pintadas las letras, tejidas por mi madre, puede trocarse la lectura en contemplación de unas joyas de tinta (…) las palabras unidas, prensadas en cubierta y atadas con la cinta verde son secreto” (pp. 109 – 110). Juntos tendrán que sobreponerse a todo para lograr su propósito. En el camino, encuentran personas dispuestas a ayudarlos y otras que solo los usan para su propio beneficio; tienen que enfrentarse a la inclemencia de los bárbaros y soportar la humillación de quien por ser blanco se cree puro y con poder sobre ellos.

Tal y como lo dijo el jurado que le dio el premio a esta novela, la historia aquí narrada se trata de “un volver necesario y revelador a la Nueva Granada del siglo XIX, desde la mirada de aquellos que fueron esclavizados”. Es una carta a las preguntas sin resolver, diría yo, una reflexión meticulosa acerca de lo que significa ser negra y ser mujer en una época en que ambas cosas eran consideradas casi que como un pecado. La fuerza en la voz de Nay nos permite asistir al encuentro con una mujer que no se doblega ante nada y cuya fuerza de espíritu no tiene límites. La suya es una historia que hacía falta por contarse, que era necesaria. Enhorabuena por las incertidumbres que sentía la autora de esta tremenda novela, pues sin ellas nos habríamos visto impedidos de semejante cosa. Y no exagero, no. “Afuera crece un mundo es una de las mejores novelas colombianas de los últimos años. Y de todos los años”, rescata Paola Guevara en su artículo.

Nay representa todo lo que es posible abordar en un buen personaje. Es débil cuando recuerda su origen, pero fuerte cuando se traza la meta de volver a ver esas tierras suyas que tanto extraña. Su amor por su hijo la mantiene viva y le permite, de vez en cuando, perderse en los brazos de los hombres que la miran con deseo para conseguir lo que quiere, o lo que necesita. Aprende a leer y a escribir en la lengua de quienes la doblegan, aprende a entenderse como quienes dicen tener garantizada la vida sobre la tierra. Nay lo conoce a Candelario Mezú y él la provee de la valentía necesaria para tomar las decisiones que le hacen falta y así dejar atrás la tierra en la que ha parido, pero de la que no se siente parte. Nay, los conoce a Efraín y a María, los ve sigilosa como quien no se da cuenta de que se aman aún sin quererlo. Nay, esa Nay impetuosa, se atreve a exigirle derechos a quien le ha dicho que es liberta, pero en África no encontrará porvenir alguno. Nay, pese a todo, logrará su tan anhelado sueño.

Las líneas finales de la novela no podrían haber sido mejor escogidas. Uno siente que ha andado las selvas y los ríos con estos dos personajes, que ha sufrido con ellos, que ha reído y ha amado. Al final, uno siente, después de todo lo recorrido, que la tierra que se ve al fondo es esa que tanto se merecen y por la que han vivido tanto y han pasado de todo. No está de más subrayarlo, pues no cabe duda, esta es una de las mejores novelas que se han escrito en Colombia durante el último tiempo. Está en los lectores mantenerlo así a lo largo de los años, o dejar que el libro caiga en el olvido, como una esclava negra sin derecho a nombre propio. Lo cierto es que mientras afuera crezca un mundo siempre habrá alguien dispuesto a escribirlo, a leerlo, a vivirlo.

 

Comparte: