El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

El taller de Mónica Meira: la artista que transformó una casa vieja en su oasis creativo

En esta entrega de “Los microcosmos del arte”, serie en la que los talleres de los artistas cobran protagonismo, la pintora de origen argentino radicada en Colombia reveló detalles sobre el lugar en el que ha creado su obra durante más de dos décadas.

Andrea Jaramillo Caro

01 de abril de 2026 - 08:19 p. m.
Mónica Meira ha desarrollado su carrera en el arte durante más de 50 años.
Foto: Eder Rodríguez
PUBLICIDAD

Mónica Meira ha trabajado durante más de 20 años en el mismo taller. Su primera reacción tras comprar la casa a la que ahora llama estudio fue: “Dios mío, ¿qué fue lo que compré?”. “Era horrible. Estaba toda tapizada con un tapete gris, porque parece que tenían una fábrica de tapetes, y había mucha mugre, era espantoso. Había unas persianas verdes de los años 50 y el patio de ropa tenía un techo de fibra de vidrio que no era translúcido, sino opaco. La escalera también estaba tapizada completamente con ese tapete gris”, contó.

Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO

¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar

La artista transformó ese espacio en su oasis creativo. Hoy en día el primer piso funciona como su sala de exhibición personal y sus obras están en los muros. Hacia el fondo, en donde se pudo haber acomodado el comedor en el pasado, Mónica Meira almacena objetos que ha traído de sus viajes, obras de diferentes artistas y piezas que le interesan en cerámica. Todas están relacionadas con un proyecto que ha desarrollado en los últimos años: crear exhibiciones efímeras, de un día, que funcionan como tertulias artísticas.

La escalera que lleva al segundo piso fue revestida por una madera café brillante que reemplazó el tapete gris. Esta segunda estancia, donde habrían estado las habitaciones, ahora es su área de trabajo. La altura e iluminación del espacio fueron parte de la renovación; cuando la visitamos, dijo que había colgado algunas de sus piezas en las paredes para la ocasión. El ambiente es cálido y se escucha el crujido de las láminas del techo.

Durante su trayectoria, Mónica Meira se ha dedicado a montar exhibiciones efímeras, de un día, que funcionan como tertulias artísticas.
Foto: Valentina Matiz

La artista conserva una de las habitaciones en la estructura, su lugar de creación predilecto. En ella mantiene siempre una tetera con agua caliente, porque toma té mientras trabaja. Siempre la acompaña música clásica que sale de su equipo de sonido. Hay múltiples libros de arte, fotos de su familia, su esposo y sus hijos, algunas obras, papeles, pinceles, carboncillos, pasteles y discos. Desde una silla que mira hacia la pared, en la que usualmente crea sus obras, Mónica Meira se sienta, como un director en un set de grabación, a observar la pieza en la que está trabajando.

Esta casa fue la última parada de una búsqueda por un espacio propio para su oficio: se acostumbró a salir de su hogar y trabajar fuera de él durante el período que vivió en Nueva York con su esposo, Juan Cárdenas, mientras realizaba un posgrado en la New York University. “Le daban a cada persona un taller, era chiquitico, y ahí uno tenía que empezar a trabajar y hacer la tesis. Cuando llegamos de ese viaje con mi esposo, cada uno tenía su taller en la casa, pero me acostumbré a salir y a trabajar por fuera. Me di cuenta de que me podía concentrar mucho más y entonces empecé a buscar un espacio”, relató.

Al regresar a Bogotá, consiguió un apartamento en el barrio Santa Bárbara, donde trabajó durante un año, antes de que se lo pidieran de vuelta. Luego de eso decidió que no podía estar moviéndose tanto. Primero encontró una casa en Cedritos, y luego le dijo a la agente de bienes raíces lo que quería: “Estoy buscando una casa a la que pueda tumbarle todo adentro, no me importa qué estilo, no me importa nada, sino que pueda hacerlo como un galpón”.

Su agente le encontró la casa “ideal”. Era perfecta para la artista, y Cárdenas le expresó su apoyo, pero en ese momento se fueron de viaje. Estuvieron en Nueva York un mes y en su ausencia la casa fue vendida. Tuvo que esperar un poco más en la búsqueda y eligió su actual lugar de trabajo a pesar de las opiniones de sus allegados.

Tras conocer el estado del inmueble, se puso manos a la obra. “Me conseguí dos hermanas que limpiaban casas antes y después de una obra. Se demoraron un mes en eso, y la casa ya era otra. Decidí tumbar los muros que dividían el espacio en el segundo piso. Me conseguí un maestro de obra y terminó el trabajo, y todo estuvo bien un tiempo. A los 10 años de estar aquí tuve que hacer más arreglos, porque con las lluvias se inundaba todo. Llamé a ingenieros y otras personas a que me ayudaran con el problema, y así fue como terminamos subiendo el techo”.

No ad for you

Para llegar al taller, Mónica Meira realiza un trayecto de aproximadamente una hora. “Ese viaje para mí significa mucho, porque estoy mirando constantemente todo lo que pasa a mi alrededor, empezando por los cerros bogotanos. El paisaje es increíble, así esté nublado o soleado, las montañas cambian constantemente de color, de forma, de todo. Eso me inspira mucho, es como la primera visión que tengo apenas salgo, y me encanta”.

Al llegar se pone su blusa negra para pintar, que tiene algunas manchas de pintura y la utiliza sobre la ropa que usa. Además, cambia sus zapatos por aquellos que únicamente utiliza mientras trabaja. Estos también son negros, y uno de ellos tiene una mancha de pintura verde seca. Con ese atuendo se prende un “switch” y entra en su zona. Antes de comenzar a trabajar, pone agua a hervir en su tetera y enciende el equipo de sonido. Últimamente ha gravitado hacia las guitarras y los sonidos españoles que le recuerdan a su esposo, quien falleció en diciembre de 2024, pero generalmente hay música clásica.

No ad for you
En su taller, Mónica Meira se pone su blusa negra, que tiene algunas manchas de pintura y la utiliza sobre la ropa que usa.
Foto: Valentina Matiz

Luego de esta rutina comienza a ojear los dibujos y bocetos en los que está trabajando. “A veces me provoca pintar ahí mismo, otras veces solo quiero entrar y dibujar porque tengo muchas ideas. Así va saliendo”. Su taller es el lugar en el que más se concentra, es como si su mente se transportara a un espacio en el que el tiempo pasa a un segundo plano y solo los trazos importan. A menos de que sean sus hijos o familia cercana, no contesta llamadas. “Uno se concentra en lo que está haciendo y trabaja y trabaja. Hay momentos en que no salen las ideas y hay otros que son muy fértiles, y uno tiene muchas. Todos esos instantes son muy interesantes, porque uno los está aprovechando para muchas cosas. En los períodos en los que uno está un poco frenado, lo mejor es ver arte, mucho arte, ver museos y libros. Hay muchas cosas que me inspiran, todo mi entorno me inspira: la gente, la casa, el paisaje. Pero en mi taller se me olvida todo”.

La experiencia ha sido parecida en cada taller en el que ha trabajado. El primero que tuvo fue durante sus estudios universitarios en la Universidad de Los Andes. Mientras la embajadora de Argentina estudiaba con Meira, la invitó a hacer parte de un espacio que le iba a alquilar Mario Laserna cerca al campus. Con María Carrizosa conformaron el trío que ocupó ese loft en el edificio de Laserna. Meira iba los fines de semana o en las noches tras salir de la universidad. “Quedaba en la carrera 12, casi llegando a la calle 19. En toda la esquina había un bar con luces de neón que se prendían de noche. En el piso de arriba practicaba el ballet de Delia Zapata. A partir de las 6:00 p.m. se escuchaba un zapateo insoportable y me iba. Los fines de semana era muy tranquilo y trabajaba todo el día desde allá. Ese fue realmente mi primer estudio y fue fabuloso, tengo unos recuerdos increíbles”.

No ad for you

Cuando decidió cambiar de taller, se lo cedió al grabador Umberto Giangrandi. Luego, junto con tres de sus amigas artistas, arrendaron dos apartamentos de una casa vieja en la calle 75 con carrera séptima. Cada una tenía su propia habitación y confluían en un espacio al que Meira se refirió como “el cuarto del tinto”. “Estuvimos ahí mientras terminábamos la universidad, pero después nos fuimos casando y nos fuimos yendo. Cuando me casé, Juan y yo llegamos a un apartamento en el que había dos espacios muy grandes y uno más pequeño, el que llegaba primero se quedaba con el espacio grande. Al final, Juan trabajó en esos espacios más amplios porque su obra era de mayor formato”.

El estudio “chiquitico” que tuvo mientras vivió en Nueva York estaba ubicado en Chelsea, en un edificio de una mujer china. Para Meira fue un lugar “maravilloso” por la comida, la gente y el ambiente del barrio en el que trabajó. Cuando volvió a Colombia, buscó por la zona en la que está el lugar que ahora ocupa. Sin importar el taller, el lugar desde el que ha trabajado o las condiciones del espacio que ha ocupado, para Mónica Meira el arte lo ha sido todo y la inspiración seguirá llegando desde cada rincón en el que pose su mirada.

Por Andrea Jaramillo Caro

Periodista y gestora editorial de la Pontificia Universidad Javeriana, con énfasis en temas de artes visuales e historia del arte. Se vinculó como practicante en septiembre de 2021 y en enero de 2022 fue contratada como periodista de la sección de Cultura.@Andreajc1406ajaramillo@elespectador.com
Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.