Dentro de una de las galerías con más tradición en Bogotá, una sala transporta a su audiencia a un plano alterno. Con un muro pintado de blanco y los demás de un tono azul verdoso, los cuadros que allí se alojan conducen a una exploración a través del color y la forma. Los seres representados son champiñones entre brumas que, a la distancia, parecen estar plasmados con pintura. Sin embargo, al acercarse, es posible identificar que fueron creados con lápices de color. La mente detrás de estos seres es la del artista caleño Miguel Böhmer.
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Esta serie de cuadros dibujados sobre linos conforman la exhibición “Naturaleza humana” en la galería Alonso Garcés, que se presentará hasta el 31 de mayo. Uno de sus objetivos era crear un paralelo entre la pintura y el dibujo, así que se embarcó en esta travesía pictórica buscando pistas en herbarios franceses del siglo XVIII. Ese fue el punto de partida del artista para sumergirse en el mundo de estos seres que creó.
Antes de llegar a los herbarios, Böhmer se había decantado por las figuras marinas: sus formas y lo que estas representaciones le enseñaban sobre la transparencia e iridiscencia, lo sedujeron. “Estaba trabajando sobre una medusa cuando mi madre falleció. En ese momento tuve una especie de salto cuántico y de transformación en mi obra. Pensé que tenía que salir de las profundidades del mar, pues allí no había la exploración del plano pictórico. Comencé a indagar en cómo podía expresarlo, y como siempre estoy viendo imágenes, llegué a los herbarios. Encontré a estos personajes en los que vi la sensualidad de la forma”, expresó Böhmer. “Cuando eso pasó quise trabajar más el plano pictórico. Fue una ruptura con lo que venía haciendo, y tuve que comenzar de cero. Al haber hecho estudios en bibliotecas e ir coleccionando imágenes saqué todas las que tenía, las puse sobre el suelo y comencé a pensar qué podía utilizar para trabajar. Fue como una suerte de reunión de consejo. Recuerdo que siempre había querido hacer un díptico, y creí que era un buen punto de partida. Además, todo se fue dando, pues cuando tomé esa decisión tuve todo para empezar: los bastidores, la tela... Las cosas se fueron dando de manera natural”.
Siguiendo el proceso inverso de la pintura, donde primero se crea el dibujo y luego se pinta sobre él, el caleño decidió hablar sobre diferentes aspectos de la pintura clásica, como la transparencia y las veladuras del estilo impresionista. Su método para estas figuras radica en retratar un plano diferente al que habitamos nosotros, al que se refiere como “plano pictórico”, y representar, a través de un material seco, la humedad del mundo. Esa dimensión en la que residen sus figuras la definió como “el plano en el que habita la figura representada, y es imaginario y ajeno a nosotros”.
Sobre la bruma gris, los champiñones en diferentes tonos, desde el naranja y amarillo, hasta el rojo, durazno y café, reflejan los colores de la piel humana y la forma en la que la luz se posa sobre ella. Este elemento constituye una de las inspiraciones de Böhmer. A través de la observación constante creó la paleta de colores que se evidencia en su muestra.
Los tonos son parte de la razón detrás del título de la exposición, pues su relación con la piel le da a la obra de este artista la dimensión humana que buscaba. “Cuando tú estás viendo estas figuras, al leerlas comienzas a ver que hay elementos del cuerpo humano. No hablamos de que sean de hombres o mujeres, pero se pueden identificar piernas, hombros, brazos, ombligos, otras extremidades del cuerpo y hasta ojos”, afirmó. Ese último órgano hace presencia en diferentes cuadros de la muestra y, para Böhmer, representa el reflejo del agua y de la pintura húmeda.
Más allá de las formas, el cuerpo, el color y la luz, el artista tomó una característica de los herbarios que consultó para representar el plano en el que habitan sus personajes: la organización y catalogación que se les dieron en textos del siglo XVIII. Sin embargo, decidió seguir de forma arbitraria la agrupación de sus seres. Es por esto que se encuentran dípticos y polípticos por el espacio, como si fueran retratos familiares.
Aunque Böhmer no pretende influenciar la interpretación de quienes vean su obra, contó que en algunos de sus cuadros ve ofrendas, en otros a padres con sus hijos, en otros ve familias enteras o grupos de amigos. No obstante, prefiere que cada espectador se cree su propia interpretación de la historia que cuentan estos champiñones.
La primera obra que realizó fue un díptico, en el que retrató a hermanos champiñones, uno sobre otro como una torre. Fue de las más demoradas, pues, según relató, uno de los pasos más difíciles fue definir la paleta de colores, la mezcla de ellos y su intensidad. Continuó trabajando la idea y llegó a la conclusión de que quería cambiar el formato y representar una familia de champiñones. Su exploración de este mundo fue creciendo y, en un punto, redujo el tamaño de sus obras. Ese fue uno de los retos a los que se enfrentó. Adicionalmente, y en su búsqueda por trabajar con un medio diferente a la pintura, mientras que hacía alusión a sus principios, surgió el desafío de “hacer líneas que parecieran una bruma y trazos que crearan gotas de agua. Fue retador hacer que parecieran reales y se percibieran como si hubiera humedad o como si hubiera llovido, de manera que se sintiera el mundo paralelo en el que habitan estos seres”, aseguró.
La naturaleza, además de ser protagonista en su obra, ha sido una constante compañera para Böhmer. “He tenido animales, he vivido en el campo y toda la vida me han fascinado las ciencias naturales. Crecí en Cali haciendo dibujos a partir de libros de biología y anatomía. Crecí en medio de imágenes que iba encontrando en los libros y mapas, por eso hay esa relación con la apropiación de la imagen”, dijo.
Miguel Böhmer no realizó bocetos previos, contó que se lanzó a crear directamente sobre la tela, experimentando sobre la marcha. Durante el proceso de dibujo se dio cuenta de que se sentía más libre “armando las composiciones de estos trípticos y polípticos”, mientras formaba las asociaciones de aquellas historias que estaba contando a través de sus personajes. “Cuando estaba pintando estos cuadros, estaba hablando con estos seres. Pasamos un tiempo juntos y se comenzaron a desarrollar estas conversaciones en las que encontraba relaciones familiares o de ancestros entre ellos”, comentó.
Aunque la obra de este artista caleño radicado en París se ha nutrido de las imágenes que ha apreciado a lo largo de su vida, y de la manera en la que la luz incide en la piel, su trayectoria ha sido una fuente de enseñanzas para su práctica actual. “Mi carrera ha sido muy diversa. Estudié bellas artes, hice un máster en video digital y trabajé en varias revistas como director creativo. Esa experiencia me ayudó a hacer la composición en los planos. Entre una cosa y otra pintaba. Cuando llegué a París, poco a poco me fui vinculando a casas de moda, pero en el área comercial leyendo contratos y haciendo negocios. Fue algo muy importante, porque era como si supiera trabajar con el lado derecho de mi cerebro y tuviera que aprender a trabajar con el izquierdo. Ese período me ayudó a estructurarme a mí y a mis proyectos, porque una exposición no es solo hacer cuadros, hay mucho más que eso”, concluyó.
“Naturaleza humana” estará abierta al público hasta el 31 de mayo en Alonso Garcés Galería (Cra. 5 #26B-92, Bogotá) Lunes - Viernes 10:00 a.m - 5:00 p.m. Sábados 10:00 a.m - 1:00 p.m - Entrada libre.