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Hay actores que envejecen y hay actores que maduran. Luis Brandoni pertenecía sin discusión a los segundos. Nacido en 1940 en Dock Sud, un barrio portuario y obrero al sur del Gran Buenos Aires, pasó más de seis décadas construyendo una de las trayectorias más vastas y consistentes de la cultura argentina. Debutó en el teatro en 1962, en la televisión en 1963, en el cine en 1966 y desde entonces no se detuvo. Pasó por “La Patagonia rebelde”, “La tregua” —candidata al Óscar—, “Esperando la carroza”, “La odisea de los giles”, “Mi obra maestra” y la serie “Nada” junto a Robert De Niro. Fue dirigente sindical, diputado nacional por la UCR, Ciudadano Ilustre de Buenos Aires. Un hombre que entendió siempre que el arte y la política son, en el fondo, dos maneras distintas de decir lo mismo: que la vida de los demás nos importa.
Murió el 20 de abril de 2026, a los 86 años, a causa de un hematoma subdural provocado por una caída en su casa. Su velatorio fue público y se realizó en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires. Carlos Rottemberg, su amigo y productor, lo despidió con una frase que resumía todo: “Con Beto se va el último primer actor de una generación inolvidable.” El último trabajo que estrenó en vida fue “Parque Lezama”, con Eduardo Blanco y dirección de Juan José Campanella. No pudo ser un cierre más digno.
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La obra es una adaptación de “I’m Not Rappaport”, escrita en 1985 por el dramaturgo estadounidense Herb Gardner. Nacido en Brooklyn en 1934 en el seno de una familia judía de inmigrantes europeos, Gardner pertenecía a esa generación de autores marcados por la diáspora, la vida urbana y la condición del extranjero que nunca termina de serlo del todo. Cuando escribió la pieza, Nueva York aún cargaba las secuelas de la crisis fiscal de los setenta, el aumento de la criminalidad y las tensiones raciales que habían sacudido a la ciudad, mientras comenzaban a asomar la gentrificación y la destrucción de los barrios tradicionales. La obra ganó el Premio Tony a la Mejor Obra en 1986 y fue adaptada al cine en 1996, con Walter Matthau en el papel del judío Nat Moyer y Ossie Davis como el portero afroamericano Midge Carter. Que Gardner eligiera a esos dos colosos del cine estadounidense para encarnar a sus personajes decía mucho sobre lo que la obra exigía: no actores, sino presencias; no interpretaciones, sino vidas.
La trama parece sencilla: dos hombres mayores se encuentran diariamente en un banco de un parque. Nat es un judío idealista, progresista, hablador, profundamente imaginativo. Midge es más pragmático y reservado. Provienen de mundos distintos, pero construyen una amistad sobre conversaciones interminables acerca de la vida, la política, el pasado y el futuro. Sin embargo, la verdadera historia no transcurre en el parque: ocurre en la memoria. Nat inventa historias, exagera sus hazañas y construye relatos que le permiten resistir la vejez, la soledad y la pérdida de relevancia social. Su célebre frase —“Yo no soy Rappaport”— surge como una negación de la identidad que otros intentan imponerle: la del viejo inofensivo, prescindible, ya sin historia propia. La obra interroga desde allí una pregunta profundamente humana: ¿quiénes somos cuando el mundo deja de prestarnos atención?
Aunque “I’m Not Rappaport” no es una obra religiosa ni gira explícitamente en torno al judaísmo, la identidad judía atraviesa buena parte de su ADN cultural. Nat Moyer pertenece a una tradición muy reconocible dentro de la literatura judía estadounidense: la del intelectual urbano, conversador compulsivo, idealista, irónico y nostálgico que aparece en Saul Bellow, Philip Roth, Bernard Malamud o Woody Allen. No se trata tanto de una identidad religiosa como de una forma particular de habitar la ciudad y la memoria. La experiencia judía en Nueva York estuvo marcada por la inmigración, la adaptación constante y la necesidad de reinventarse. Nat encarna precisamente esa capacidad de construir narrativas para sobrevivir. En cierto sentido, es un descendiente cultural de los millones de inmigrantes que llegaron a Ellis Island llevando consigo poco más que un idioma, algunos recuerdos y una enorme capacidad para contar historias.
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La genialidad de la adaptación argentina radica en haber comprendido que la historia podía trasladarse casi naturalmente de Manhattan a Buenos Aires, porque pocas ciudades fuera de Estados Unidos comparten tantos paralelismos con Nueva York. Ambas fueron moldeadas por la inmigración masiva y construyeron su identidad sobre la mezcla; ambas desarrollaron una vida intelectual intensa alrededor de cafés, periódicos y discusiones políticas; ambas albergaron algunas de las comunidades judías más importantes del continente. El Parque Lezama cumple la misma función simbólica que Central Park: un refugio frente al vértigo de la ciudad moderna, un espacio donde el tiempo parece ralentizarse lo suficiente para que todavía sea posible pensar. Cuando Campanella decide trasladar la acción a ese rincón del barrio de San Telmo, el cambio geográfico resulta casi imperceptible desde el punto de vista emocional.
En este contexto, Brandoni encontró en Nat Moyer uno de los personajes más adecuados de su carrera tardía y, quizás, el más honesto. Aceptar el rol implicaba también aceptar la comparación con Matthau, lo cual en sí mismo era una declaración de confianza. Lo que hace notable su interpretación no es la simpatía fácil del anciano entrañable, sino todo lo contrario: la resistencia. Brandoni construyó a Nat como un hombre que se niega a volverse decorativo. Hay en su dicción una urgencia —casi una agresividad contenida— que delata a alguien que todavía tiene cosas importantes que decir y teme que nadie las escuche. Esa tensión entre la vitalidad interior y la invisibilidad social es el verdadero motor de la obra, y Brandoni la sostuvo durante dos horas sin un solo instante de condescendencia hacia el personaje ni hacia el público. No es casual que un hombre que había sido actor, sindicalista y diputado —que había habitado siempre la esfera de lo público— encontrara en este personaje algo más que un rol: una declaración de principios sobre cómo envejecer sin rendirse.
Años antes de morir, Brandoni había reflexionado sobre su propio final con la misma serenidad con la que interpretaba a sus personajes. “Se vive con la esperanza de llegar a ser un recuerdo”, dijo en una entrevista. “No le tengo miedo a la muerte. Sé que a todos nos va a tocar, pero admito que irme me daría mucha lástima.” Esa lástima no era cobardía ni melancolía: era el signo de alguien que aún tenía ganas de estar, de conversar, de ser útil. La misma actitud que le daba vida a Nat Moyer desde un banco de parque.
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Herb Gardner escribió una obra profundamente neoyorquina, pero al hacerlo también escribió una obra universal. Hoy, con Brandoni muerto, “Parque Lezama” adquiere una dimensión adicional que ningún crítico habría podido anticipar cuando se estrenó. Esas conversaciones sobre la vejez, la soledad, la amistad y el miedo a volverse invisible no eran sólo las de Nat Moyer. Eran también, en alguna medida, las de un actor de 86 años que subía al escenario cada noche sabiendo que el tiempo es finito y que la única respuesta posible frente a esa verdad es seguir hablando. Seguir siendo escuchado. Seguir existiendo.
Nueva York ha cambiado. Buenos Aires también. Pero hay preguntas que ninguna ciudad logra responder, y frente a ellas sólo cabe lo que Brandoni hizo toda su vida: sentarse, abrir la boca y no callarse.