Opinión

11 Jun 2021 - 4:58 p. m.

Pequeño glosario de antintelectualismo: ciudadano de a pie

Si grita demasiado alto, si reclama con vehemencia o lanza una piedra, ya no es un ciudadano de a pie; es un vándalo. Pero, ¿cómo saber si el tal ciudadano de a pie en realidad existe?

William Díaz Villarreal* Jineth Ardila Ariza** / Especial para El Espectador

Entre los griegos, el ἰδιώτης (idiotes) era el individuo que decidía permanecer recluido en su dimensión privada, el que decidía no tomar parte de lo público. De ahí viene la palabra “idiota”, que correspondería hoy al ciudadano que opta por no ejercer su derecho de ciudadanía. Esta entrada del Pequeño glosario está dedicada a una expresión que nombra regularmente a un actor mudo pero central en la discusión pública: el “ciudadano de a pie”, cuyos derechos durante el paro nacional son defendidos con renacido entusiasmo.

Ciudadano de a pie

En 2005, el profesor español Fernando Pérez Borbujo publicó, en un periódico de Cádiz, una breve nota sobre el ciudadano de a pie en estos tiempos de multiculturalismo, ecologismo y tensiones sociales. “Entre tanta desgracia y calamidad, atento a los pequeños brotes de esperanza, el ciudadano de a pie ve cómo su vida se encamina, lenta pero inevitablemente, al desastre”, dice al comienzo. “Él no es ni gay ni lesbiana, es un pobre heterosexual, integrante de una familia tradicional, responsable de una prole confiada a su cuidado”. No es ecologista, y sin embargo debe aceptar que a sus “múltiples obligaciones” se sume ahora la de “discriminar su basura en productos orgánicos, papel o plástico, ayudando con su esfuerzo a que alguna empresa contaminante, que tiene empresas encubiertas para reciclar, siga forrándose a su costa”. No puede llevar a sus hijos a la escuela del barrio “porque no hay sitio, mientras que alguien intenta explicarle que el cupo especial que existe para hijos de inmigrantes está a favor de la integración”; y tampoco puede ser atendido en las urgencias del sistema de seguridad, porque están colapsadas. “Nuestro hombre de a pie” no entiende cómo él se mata trabajando “para sostener una Seguridad Social que prioriza a quien no trabaja”. Siente envidia de los animales abandonados y las especies protegidas, para los que los Verdes y ecologistas han creado hogares especializados, mientras él sufre para pagar la renta y medio vivir con un sueldo insuficiente. Al final, según el relato de Pérez Borbujo, este ciudadano de a pie se harta de su insatisfacción y toma su destino en sus manos: decide salir del país y luego regresar “como inmigrante ilegal para tener así más oportunidades en su propia tierra, porque eso de presentarse como gay o lesbiana, verde o ecologista, todavía le da vergüenza”.

No se sabe si Pérez Borbujo es irónico en esta nota, pero eso no es lo que importa: capta muy bien los rasgos esenciales de esa curiosa figura de la imaginación política que constituye el ciudadano de a pie. Periodistas, políticos, opinadores de oficio, twitteros y académicos acuden a él con una frecuencia tan obsesiva como sospechosa. “¡Olvidémonos del comité del paro, de izquierdas y derechas, y pensemos en el ciudadano de a pie, que tiene derecho a transportarse, a movilizarse y a ir a trabajar!”, decía por ejemplo un periodista afligido en un debate sobre los bloqueos de los medios de transporte durante el paro en Colombia. El ciudadano de a pie está atrapado entre la izquierda y la derecha, bloqueado entre las protestas y los dirigentes, entre los políticos y los intelectuales, entre las minorías y los poderosos. La expresión “ciudadanos de a pie” y todos sus sinónimos tienen una función retórica muy precisa: son instrumentos quirúrgicos que sirven para separar, como con un cuchillo afilado, a una masa pasiva y despolitizada de todos los poderes que la amenazan.

En un concierto, el cantante de reaggeton J. Balvin captaba involuntariamente, pero con agudeza envidiable, la sustancia retórica de la que está hecho el mítico ciudadano de a pie. “No soy de izquierda, no soy de derecha, pero voy derecho caminando siempre para adelante”, decía. Moviéndose hacia adelante y con anteojeras, él es la encarnación del justo medio, el lugar en el que nuestra conciencia moral se siente tan a gusto. El ciudadano de a pie es el recurso retórico por excelencia del centro, esa posición falsamente apolítica que supone que para huir del extremismo basta ubicarse en medio, como si éste estuviera al margen, de todas las posiciones políticas. Como J Balvin, el ciudadano de a pie está contento si lo dejan simplemente “ir hacia adelante”. Sólo rara vez hace presencia en alguna protesta callejera, bajo la condición, eso sí, de que sea “pacífica”. Y su color es el blanco, signo inmediato de la neutralidad. Si grita demasiado alto, si reclama con vehemencia o lanza una piedra, ya no es un ciudadano de a pie; es un vándalo. Pero, ¿cómo saber si el tal ciudadano de a pie en realidad existe? ¿No será más bien el espejismo de una mayoría imaginaria tras la que se atrincheran las opiniones personales de quienes lo invocan? En tal sentido se entiende por qué es el instrumento retórico por excelencia de todos los populistas, desde el del periodista que, en su nombre, le pide a un líder de izquierda que rechace categóricamente el vandalismo, hasta el de aquel que lo invoca para imponer el orden a sangre y fuego.

De ahí la enorme variedad de sus representaciones: se encarna en “el trabajador”, en “el ama de casa”, “el padre de familia”, “la gente común”, la “clase media” o “la ciudadanía”. Evoca, como sin querer, al “pueblo”, un tópico literario y político con una historia de dos siglos y medio por lo menos. De Rousseau y los románticos a finales del siglo XVIII viene la imagen de un espíritu popular alejado de las sofisticaciones y engaños de las clases cultas; un espíritu, por eso, también más ingenuo y apto para encarnar la idea de humanidad. Sobre esta imagen se han construido todas las representaciones políticas, literarias y artísticas de la gente simple y sencilla a lo largo de los siglos XIX y XX: de los campesinos de Millet o Tolstoi a los desposeídos de Rulfo o los indígenas de Arguedas. Huellas de esta representación sobreviven hoy, por ejemplo, en “el pueblo de a pie” del que hablaba Francia Márquez en un discurso reciente en Siloé, después de una de las masacres en el marco del paro nacional. El ciudadano de a pie vive parasitariamente de estas ideas asociadas a la imagen del “pueblo”, pero corroe su contenido político para hablar en favor de unos pocos. La imagen romántica del pueblo ganaba sentido político por su oposición a las élites y a sus prácticas que, en el fondo, son tan artificiales y arbitrarias como las razones que justifican su posición social. La gente simple y sencilla, desde los escritos de los románticos en el siglo XVIII hasta los discursos de Francia Márquez, existe como una fuerza política que, en cualquier momento, puede levantarse contra los poderes que la dominan. Es víctima, pero sólo porque es como una enorme masa de energía en reposo, que en cualquier momento puede desbordarse y demandar la existencia de un mundo justo, nuevo y diferente.

El ciudadano de a pie, en cambio, es una entidad pasiva, aparentemente despolitizada, encerrada en la pequeña esfera de sus intereses privados: mero statu quo embotellado. Su versión más clasista es, por supuesto, la “gente de bien”, una imagen tan simple y maniquea que es ya caricaturizable. “La gente buena o la gente de bien es la que sale todos los días a trabajar, a buscar solucionar los problemas de manera pacífica”, decía, por ejemplo, Christian Garcés, un político de derecha en Cali, la ciudad de la que más han hablado los medios durante el paro. La gente de bien es la que se para del lado del orden: “la gente que quiere su ciudad, la gente que respeta la Constitución y las leyes, la gente que no cree que para exigir sus derechos debe pasarse por encima de los derechos de los demás”. Esta enumeración de cualidades es notable por todo lo que implica. La expresión “querer a su ciudad”, por ejemplo, es ambigua: supone identificarse con ella, pero también considerarla una propiedad privada. “A mi Cali me la respetan”, decía Garcés, y la gente de bien lo sigue en ese amor sin barreras pero con límites. Pues parece que hay que pedirle permiso a la “gente de bien” para que los indígenas se manifiesten en la zona de la ciudad en la que viven. “Respetar la Constitución”, por otro lado, significa respetar la versión de la Constitución que la imaginaria gente de bien considera respetable. Sólo así se entiende el argumento de que los derechos de los demás representan un límite a la exigencia de la garantía de los derechos propios. La Constitución no es, como creen esos fanáticos de la “gente de bien” o del “ciudadano de a pie”, una lista de derechos contrapuestos y por lo tanto limitados entre sí. Los derechos son absolutos, y quien debe garantizar su ejercicio público es el Estado. El derecho a la protesta, por ejemplo, no se “opone” al derecho a la movilidad, a la alimentación o al trabajo: el Estado debe garantizarlos todos, y no puede restringir uno en nombre de los otros. La imagen de la “gente de bien” sirve para salvar moralmente a una mayoría imaginaria que, en el fondo, confunde la democracia con el mercado y los derechos con los intereses.

La calle, la plaza pública, el espacio público han sido desde siempre lugares de debate y expresión del malestar de cualquier ciudadano. La gente de bien y los fanáticos del orden sólo ven en ellos lugares de paso con funciones muy específicas: para el tránsito, para el consumo, para el ocio, o para la exhibición de símbolos y monumentos celebratorios, los cuales siempre hablan mucho de la élite que los erigió y muy poco de aquello que festejan. “Circulen, circulen”, ordena la autoridad; circular, por supuesto, es lo opuesto a movilizarse. Quizás por eso la moral del orden ha resignificado el sustantivo “movilización” en las últimas décadas: en su nuevo sentido positivo, equivale a “movilidad”, para la cual se crea toda una infraestructura física y administrativa; en su sentido negativo, equivale a bloqueo de vías y vandalismo. El ciudadano que se manifiesta, el que marcha, bajo esta nueva lógica implacable, ya no se “moviliza”; al contrario, detiene la movilidad. Es visto como alguien que no trabaja, ni estudia, ni produce, y en cambio amenaza el “derecho” a la movilidad de ese otro ciudadano pacíficamente productivo que anda hacia adelante con sus anteojeras bien puestas: el ciudadano de a pie. Sólo así se entiende que, a pesar de esto, siempre se le represente en movimiento: está atareado yendo al trabajo, ganándose la vida, luchando por la supervivencia, manteniéndose a flote. El ciudadano de a pie nunca descansa, pero su acción es siempre corporal y física, nunca política. Lo cual, a la larga, es muy conveniente para mantenerlo a raya: que se mueva mucho, pero que se quede quieto.

* Profesor del Departamento de Literatura de la Universidad Nacional de Colombia (wdiazv@unal.edu.co).

** Correctora de estilo, investigadora y docente ocasional del Departamento de Literatura de la Universidad Nacional de Colombia (jardilaar@unal.edu.co).

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