El Magazín Cultural

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28 Nov 2021 - 2:23 a. m.

Piedad Bonnett y una casa que se desmorona entre el silencio

“Qué hacer con estos pedazos”, la reciente novela de Piedad Bonnett, profundiza sobre los vínculos humanos, el envejecimiento y la violencia de género. Entrevista con la autora.
María Paula  Lizarazo

María Paula Lizarazo

Periodista de Amazonia y Ambiente
Piedad Bonnett es autora de “Donde nadie me espere”, “Lo que no tiene nombre”, “Explicaciones no pedidas”, “El prestigio de la belleza”, entre otros libros.
Piedad Bonnett es autora de “Donde nadie me espere”, “Lo que no tiene nombre”, “Explicaciones no pedidas”, “El prestigio de la belleza”, entre otros libros.
Foto: Gustavo Torrijos Zuluaga

A los quince años Piedad Bonnett ya sabía que quería ser escritora. La obra de Dostoievski fue una de sus lecturas esenciales, de esas que traen más y más. En su casa, en ese entonces, había una biblioteca pequeña, llena de poesía: León de Greiff, José Asunción Silva, el Cancionero español.

“Uno lee para encontrarse” -dice-. “Lo que más feliz me hace en la vida es leer. Ni siquiera viajar me hace tan feliz, pero es porque la lectura es un camino de penetración de una realidad super amplia que es el universo, entonces a veces estás entrando en tu propia vida y a veces estás entrando en vidas que no conoces, en mundos inéditos”.

¿Y qué ocurre con la escritura?

-Bueno, escribir sí que es un esfuerzo… Aunque la poesía da mucho placer porque te abandonas a un tipo de pensamiento que no es el habitual y tu subconsciente trabaja con una intensidad brutal y logras decir cosas que ni te imaginabas que podías decir. En cambio, en la novela tienes que llevar las riendas super cogidas.

En Qué hacer con estos pedazos, Emilia, una periodista recién jubilada, regresa a una cotidianidad intensa con su marido, mientras la cocina de la casa está siendo remodelada. La situación es tensa. Las riendas están bien tomadas. Parece que algo va a pasar. Ella constantemente vuelve la mirada hacia atrás, revisa en su memoria y sus vínculos, y en esa contemplación vuelve y se descubre a sí misma, a su propio silencio. No habla para evitar conflictos, pero ese silencio es el lugar en el que estos se posan y persisten.

“Es una mujer que tiene poder de introspección. La circunstancia de la cocina de pronto le hace ver que su vida es como la cocina: como un montón de cosas destrozadas. Y también es cierto que cuando la cocina se instaura, de pronto se pregunta qué sentido tiene esa cocina, la vida de ella no tiene ese brillo que tiene la cocina”. Es como si con la cocina Emilia buscara deshacer las fisuras de su vida: “Hay algo con los objetos que de pronto las relaciones humanas se trasponen o se proyectan”, agrega Bonnett.

Mientras la remodelación significa una catástrofe al interior de la casa -que pareciera que se desmoronara- y un espejismo de la propia Emilia, afuera hay un estallido social, ruidos, voces que añoran que algunas cosas cambien. Y mientras Emilia, pese a la jubilación, continúa escribiendo sobre casos de violencias contra mujeres, su casa es también el lugar de una violencia acallada, obviada, sutil: entonces lo que escribe resulta ser, de cierta forma, una evidencia o un susurro de su propia situación.

“A mí en esta novela me interesó desde el comienzo hablar de la violencia contra la mujer y de esa violencia de la que los periódicos no pueden hablar. Te hablan de aquella a la que le echaron ácido o a la que mataron, pero no te hablan de lo que pasa en el mundo laboral, o lo que pasa dentro de las casas, que además la gente lo mantiene en silencio. Lo que intenté hacer en esta novela no fue un violencia declarada sino una violencia que nace de la irritación y del agotamiento de una relación, por eso no hay sino dos peleas en toda la novela, porque Emilia no quiere el conflicto, no le conviene, entonces ella está metida en su mundo, tratando de huir de aquello que no le gusta”.

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Emilia suscita una tensión sobre los vínculos humanos, que se mueve como un péndulo: el precio de la libertad pareciera ser la soledad y el precio que se paga por la compañía sería, en palabras de Bonnett, “un cerco a la libertad”, al espacio, al movimiento.

“Fíjate que esta novela es una novela donde no pasan cosas. Y a mí la literatura que más me gusta es la literatura en la que no pasa nada, donde las tensiones son soterradas, donde lo que hay es -como dijo Giuseppe Caputo- una inminencia, como que algo va a pasar: ¿se va a morir el padre?, ¿va a haber un conflicto de frente con la hija?, ¿va esta mujer a ir a timbrar a la casa del que fue el amante? Todo eso se le presenta al lector, pero no son grandes cosas, lo que está pasando es por dentro. Las novelas que más me gustan son las novelas en las que en el alma de los personajes están pasando cosas muy conflictivas”.

El infierno de Emilia, citando a Sartre, son los otros. Tiene al marido con ella y eso, le dice una divorciada, es siempre mejor que estar sola. Tiene una hermana que en este (ese) momento de la vida todavía la manda. Un padre a punto de morir. Un hermano desentendido de la enfermedad del padre. Y una hija que la evita.

¿Cómo piensa los vínculos entre mujeres?

-Yo creo que teóricamente las mujeres somos solidarias, sobre todo ahora en la época del me too. Podemos entender todo el oprobio de esta sociedad machista por donde quiera que la mires. Pero en las relaciones con las mujeres, hay unas amistades muy fuertes -por eso yo en todos mis libros salvo la amistad, porque me parece que la amistad es lo que nos salva-, pero también es un mundo de grandes rivalidades: cuando a uno no le gusta una mujer, lo que le suscita es una cosa mucho más horrible que lo que le puede suscitar un hombre porque es como una traición al género. Ahora, hay otro tipo de relación que es la madre con la hija o la de las hermanas: esas relaciones son siempre problemáticas; la que creo que es más problemática es la de la madre: las hijas somos profundamente críticas de las madres. En Colombia hay una cosa que a mí me llama profundamente la atención y es que está romantizada la relación de la mamá con los hijos y debajo están los resquebrajamientos, y es una sociedad donde hay muchas cosas que no se hablan, como los conflictos, y a las madres no les perdonamos los errores: el padre también puede ser un monstruo, pero es un ser más lejano, entonces se le perdona más.

La literatura ha sido el pilar de la vida de Bonnett. En su obra ha reflexionado sobre la infancia, la casa, los vínculos, los desencuentros, la belleza. “Dicen que un escritor escribe siempre el mismo libro, de muchas maneras. Y sí, porque un escritor tiene unas obsesiones y unas fijaciones. Es como un mismo mundo, pero uno va cerrando cosas y abriendo otras”.

El tema del paso del tiempo y el envejecimiento empezó a rondar por su mente, es “esta consciencia del envejecimiento que empieza a funcionar en la cabeza de uno mucho antes que uno sea viejo de verdad. Y ahí de pronto apareció esa historia, ese personaje”.

Emilia cuestiona su presente aun sabiendo que la posibilidad de una vida distinta ya no existe, y aunque esa vida la encuentre en libros que incluso la conflictúan, son, al fin y al cabo, tan sólo posibilidades de imaginarse diferente, imaginarse y nada más. “La literatura permite tramitar cosas: vives la vida dos veces y la vives a veces solo para escribirla, es una cosa muy loca la que pasa con los escritores, todo lo que estás viviendo es susceptible de ser escrito, todo lo que observas, lo que lees, es como llenando un tanque. Siempre leer es una relación con el mundo, pero que vuelve siempre como referencia a uno: sales de la vida cotidiana, te liberas, pero para volver a comprender el mundo”, para volver y entonces revelarse que las preguntas por los propios pedazos son irresolubles.

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