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Piero: “Había orden de meterme una bala en la frente, por eso me tuve que exiliar”

Una conversación con el cantautor ítalo-argentino sobre cinco décadas de su álbum Sinfonía inconclusa en La mar —que nació en un contexto de violencia política—, la música como lenguaje universal y la idea de lo sagrado en lo cotidiano.

Paula Andrea Baracaldo Barón

07 de mayo de 2026 - 02:23 p. m.
Piero Antonio Franco De Benedictis, cantautor de música social, rock y trovas, también tiene nacionalidad colombiana.
Foto: Instagram @pierocantautor
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Hay algo tan difícil como hermoso en tratar de explicarle a un niño cómo comenzó el mundo. Yo no lo entendí nunca en los textos sagrados, sino en la voz de mi papá cantando una canción de Piero, que para mí era casi lo mismo.

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A los dos los une, sin proponérselo y sin conocerse, una misma biografía mínima: que quisieron ser sacerdotes en algún momento —intento que, por fortuna, no prosperó— y que hicieron de la música una forma de habitar este planeta. Por ellos, sin saberlo, entendí algo de lo Divino:

Todo era frío, sin vida y tenebroso

Cuando de pronto se oyó la voz de Dios

La luz rasgó con un trueno las tinieblas

Y el mundo entonces de la nada surgió

Ese fragmento pertenece a La creación, canción que hace parte de Sinfonía inconclusa en La mar, el álbum del cantautor ítalo-argentino que salió al aire hace cincuenta años y que, hasta el sol de hoy, sigue entrando en otras casas, en otras infancias, sin perder del todo su extrañeza y su ternura original.

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En los años setenta, cuando salió el álbum, Argentina atravesaba un contexto de persecución, de violencia política. Ha dicho antes que los militares “no querían sus canciones, sino que lo querían a usted”. ¿Qué tanto de justicia social hubo en dedicarle su música a los niños?

Fue un tiempo de mucha oscuridad para la Argentina, de crímenes espantosos, de mucho miedo, persecución, exilios y desaparecidos. La música social se convirtió en un canto de resistencia y de esperanza, y los milicos a eso le tenían miedo: a que la gente siguiera creyendo en su poder para cambiar las cosas.

A mí me quemaron todas las matrices de mis discos y había orden de meterme una bala en la frente, por eso me tuve que exiliar como muchos otros, como Mercedes Sosa, León Gieco… Pero cuando sacamos La Sinfonía, con la mayoría de temas escritos por el sacerdote de la corriente tercermundista, Alejandro Mayol, quisimos hacer algo “improhibible”, aunque no funcionó porque los militares sospechaban de todo y creían encontrar mensajes cifrados en las canciones. ¡Toda una locura!

Pero el disco sobrevivió y desde entonces ha acompañado a varias generaciones. ¡Ha sido mi disco más vendido! Y si entendemos el derecho a la esperanza como un acto de justicia, entonces sí, algo se ha logrado. Este disco en particular realiza ese derecho y la posibilidad de sanar a través de la música. Me lo han dicho varias veces: musicalmente, La Sinfonía ha dado alas a niñas y niños con síndrome de Down y a otros les ha sacado la tristeza del corazón.

Hablando de Sinfonía inconclusa, los protagonistas de la canción son animales del mar… Parece un detalle menor, pero no lo es: ¿por qué los eligió y cómo surgió el nombre que da título al álbum?

El fondo del mar siempre ha sido un misterio que nos cautiva. Hay una orquesta en la que cada animal cumple su rol para que siga la vida y se mantenga la armonía. Si te sientas en silencio en la arena de una playa silenciosa y prestas atención, reconocerás los sonidos del trombón, de los platillos, de la Sinfonía de La mar y la vida. Ahí está, en medio del ruido del mundo y de la mente: la Sinfonía Inconclusa en La mar...

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La paz, el amor, lo espiritual, la vida... no son totalizantes ni definitivos, algo que este álbum parece entender. ¿Qué cree que eso puede aportarle a Colombia a través de la música para niños que resulta siendo para todos?

En Colombia todos quieren la paz, lo difícil es llegar a un consenso sobre lo que es y cómo lograrla, encontrar unos mínimos esenciales, para aterrizar en la realidad de lo posible y que así deje de ser una utopía. Una vez vi un programa que se hizo en Caloto, Cauca, y le preguntaban a un pibe “¿qué es la guerra?”, y él la explicaba muy bien: “pum, pam”, todo a atronador. Pero cuando le preguntaban qué era la paz no sabía cómo explicarla, pues no la conocía.

Todo es parte de un todo, y ahí estamos los humanos con las demás criaturas de la creación. No somos sujetos aislados. Y todo lo que nos permita ubicarnos en esa espiral de la existencia nos lleva a defender y amar la vida. Ese es el milagro de la música, su capacidad para acercarnos, aunque seamos diferentes o busquemos cosas diferentes, y reconocer un sentido compartido, un sueño mayor que nos une.

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Entonces, ¿cómo dialoga La creación con el resto del disco, más allá de cualquier lectura religiosa que podamos hacer? ¿Qué es Dios para Piero?

La creación es el origen y matriz del álbum, la que da vida a la Sinfonía, la que permite que todo suceda en la tierra como en el agua; que haya una abuela que recuerda y cuenta, un trencito del oeste, unos indios pirulines, un Shorty, una aventura musical... El diálogo es natural como un río que sigue su curso hasta llegar al mar.

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Ahora, me preguntas qué es Dios para mí. Una pregunta sencilla y compleja a la vez, porque más allá de creencias religiosas, de nombres y usos, de pronunciar su nombre con enojo o esperanza, el Dios que he conocido me ha acompañado siempre, y puedo reconocerlo en esos grandes maestros de la vida, que son los niños, en la mirada de un perro o en un amanecer... Siempre está, lo sepamos o no.

Piero - La Creación [Canción Oficial] ®

Más que como concepto, hablándolo como esa forma de mirar, de jugar, de acercarse a las cosas al crear, ¿qué lugar ocupa “el niño interior” en usted como artista, como padre, como abuelo?

Cuando dejamos de ser niños y amordazamos esa parte de nosotros, estamos silenciando la voz del alma, perdemos la capacidad de asombro, de creer y dar sin temor, de amar sin condición.

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Lo que digo no es novedad, incluso la ciencia ya reconoce que sanar es más fácil cuando lo hacemos cantando, riendo, bailando, jugando, cuando nos permitimos esa libertad de la niñez, antes de ser castrada, y confiamos en nosotros, en ese instinto natural que nos recuerda que no estamos solos, que somos dioses asustados.

El repertorio del álbum proviene también de composiciones del entonces sacerdote Alejandro Mayol. ¿Cómo hizo esa curaduría del disco? ¿Qué tuvo en cuenta para incluirlas?

Cuando estuve en el seminario, a punto de ser cura por error, conocí a muchos sacerdotes muy alineados con la teología de la liberación, que hacían de la lucha contra la pobreza y la injusticia social su razón de ser en el apostolado. De ellos aprendí mucho y con Mayol pudimos visitar villas miseria y empujar cambios para y por la gente.

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Y en ese contexto de represión que vivíamos, de amigos que se iban y que ya no sabías si habían sobrevivido o no, surgió la necesidad de volver la mirada hacia adentro para transformar lo de afuera, y estas canciones hacían eso: despertaban la alegría, la esperanza y la confianza, que es justamente lo que necesitamos hoy día en medio de tanta locura.

Son 50 años de este álbum: ¿qué le produce saber que su música ha acompañado la vida de tantos niños —que tal vez ahora son adultos con hijos— durante este tiempo?

Es bonito sumar, ser parte de una historia que nos invita a renovarnos, a creer para crear... He tenido la oportunidad de cantar con los hijos de aquellos a quienes los milicos les habían prohibido escucharme o comprar mis discos, y es como una paradoja, ¿no? Aquí seguimos haciéndole el quite al miedo y al olvido.

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Por Paula Andrea Baracaldo Barón

Comunicadora social y periodista de último semestre de la Universidad Externado de Colombia.@conbdebaracaldopbaracaldo@elespectador.com
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